Florencio Juntas Molviedro: Mi viaje a Sierra Leona, "un renovado bautismo" africano.
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Florencio Juntas, sacerdote agustino recoleto nacido en Viana (Navarra, España), lleva dedicado cerca de cuarenta años a la educación en los colegios de su Orden, aunque su dinamismo le ha llevado a involucrarse en otros trabajos pastorales. Actualmente reside en el colegio San Agustín de Chiclana (Cádiz). Durante el mes de agosto último estuvo en Sierra Leona una temporada. A Florencio, al decir de una feligresa, “se le ha quedado un trozo del corazón en Sierra Leona”. Florencio relata algunas de sus experiencias en la misión sierraleonesa de Kamabai, Makeni.




- Padre, a usted se le ha quedado un trozo del corazón en Sierra Leona.

Cuando al concluir la eucaristía del domingo pasado en las monjas Agustinas Recoletas de Chiclana de la Frontera (Cádiz), las dos postulantes africanas me dijeron: "padre, a usted se le ha quedado un trozo del corazón en Sierra Leona", sentí como un escalofrío que recorría todo mi cuerpo. Recordaba con mucho cariño la eucaristía del día 9 de agosto con toda la feligresía chiclanera habitual y los cuatro que me acompañaron en el viaje justo antes de nuestra partida a Sierra Leona.

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Comiendo arroz con la mano.
El 6 de septiembre intentaba transmitirles en la homilía mi vivencia de esos quince días en nuestra misión de Kamabai y procuraba hacerles ver que todos los pobres de los que hablaban las lecturas de la misa, tomadas de Isaías, Santiago y Marcos, quedaban ampliamente reflejados en aquellas gentes de Makeni, Kamabai, Bumbandain... El duro contraste entre un paisaje paradisíaco y una pobreza que sobrecoge.

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Florencio y José Luis con el jefe de un poblado.
Hace dos años, en el día misional que cada año se celebra en Chiclana se recaudaron 42.000 € con destino a Sierra Leona para construir una escuela y una iglesia. Por otra parte, en el colegio San Agustín de Chiclana se habían recaudado 5.000 € para un pozo.

Cuando José Luis Garayoa, conocido misionero en Kamabai, estuvo el año pasado en Chiclana, me insistió en la importancia de que alguien de Chiclana acudiera a las inauguraciones de la escuela, la iglesia y el pozo. Para esto invité al alcalde, que declinó la invitación por razones familiares y cierto miedo. Al final se animaron a acompañarme Juani, Anita, Lidia y Ángel Luis.

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Escuela de Chiclana.

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Bendición de la escuela.
El viaje de Chiclana a Tarifa lo hicimos en coche; cruzamos en barco hasta Tánger, Marruecos, donde la policía marroquí nos requisó un bolsón de medicinas. Por carretera seguimos hasta Casablanca, donde tomamos el avión para aterrizar en el aeropuerto internacional de Lungi, junto a Freetown. Desde aquí, de nuevo por una carretera infernal, viajamos hasta Kamabai, el centro de la misión.

Encontramos a Manuel Lipardo, un misionero agustino recoleto filipino, con malaria. La casa de acogida estaba muy bien acomodada. Yo me alojé en la casa de los frailes. Era tiempo de lluvias y la habitación estaba muy húmeda, pero parecía muy lujosa si se la comparaba con las chozas donde viven ellos y que pude ver.

Los días sucesivos José Luis nos llevó a visitar varios poblados. Me impresionó la cantidad de niños que había en todas las aldeas: Su mirada, cómo se te acercaban, cómo te rodeaban, cómo te pedían; la idea de que el blanco es el que tiene… Visitamos también la escuela de Viana, construida con la ayuda del ayuntamiento de esta población navarra.

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En la casa de acogida de las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta.
En nuestra primera visita a Makeni conocimos al señor obispo, Giorgio Biguzzi. Me pareció muy amable. Pero el primer golpetazo se produjo en nuestra visita a la casa de acogida que tienen las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Me impresionó la gran labor de las Hermanas y, sobre todo, lo que allí había: enfermos de sida, de malaria, de tifus, niños sin padres, una gran fila de personas esperando un plato de comida… Como reacción… vello erizado y algunas lágrimas. Es una de las imágenes duras que se me han quedado grabadas.

- Todo en Sierra Leona me ha resultado impactante; ha sido un renovado bautismo a mis más de 60 años.

En las calles de Makeni reinaba el caos: ciegos con su lazarillo que se acercaban pidiendo limosna; la gran cantidad de gentes, pequeños y mayores, deambulando sin un  rumbo fijo; puestecillos sin que nadie compre… calles llenas de barro, muchos perros…

Pude comprobar que, dentro de su pobreza, son muy generosos y comparten lo poco que tienen.

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Yamasita, Florencio, Dayana (mi ahijada) y Dora.
Uno de los días fuimos invitados a comer a casa de Yamasita, una joven sierraleonesa que ha podido cursar estudios superiores en España, becada por algunos bienhechores españoles. Le habíamos llevado a la familia un saco de arroz. En agradecimiento me regalaron un chivo que lo sacrificamos para compartirlo en la comida. Hice de cocinero: arroz con pollo y chivo. A la hora de comer éramos más de treinta. Allí estaba toda la familia y los vecinos. Había una señora ya mayor y ciega. Estaba junto a mí. Yo no acertaba con la cuchara. Ellos, al igual que los niños, comieron con la mano. No exagero. Algunos se comían hasta los huesos.

- La higiene, la sanidad, la educación son temas candentes.

Todo en Sierra Leona me ha resultado impactante; ha sido un renovado bautismo a mis más de 60 años. No obstante, voy a compartir sólo algunos episodios de especial emoción, que difícilmente van a borrárseme de la memoria.

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Bendición del pozo.

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Repartiendo caramelos.

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Al concluir la inauguración de la iglesia nos pusieron el traje africano.

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Entrega del bastón de mando.
Llegaron los días de las inauguraciones. El día 15 de agosto, fiesta de la Asunción: Bendición e inauguración del pozo en Kamankontekeh. Para ellos un pozo es vida. Una gran fiesta para todo el pueblo. Después de la bendición, bailes y danzas del brujo del poblado. Tuvimos que unirnos al baile. Me regalaron otro chivo. Y al regreso hacia la misión, en un poblado nos regalaron la única piña que tenían, piña sabrosísima, por cierto.

Día 22 de agosto: Bendición e inauguración de la escuela Saint Joseph’s Chiclana (San José de Chiclana), en Bumbandain. Esta escuela acogerá a 350 niños y niñas de 10 poblados. La fiesta fue preciosa, con asistencia de diversas autoridades. De nuevo brilló la generosidad del pueblo sierraleonés. Para la comida de las autoridades (también nos incluyeron a nosotros) trajeron un cocinero de Freetown, y sacrificaron y nos sirvieron la carne de una ternerilla. Nos vistieron con el traje africano y al padre (en este caso a mí) le hicieron entrega del bastón de mando del poblado.

El día 23 de agosto se tuvo la bendición e inauguración de la iglesia en Magbonso, dedicada a la Virgen del Carmen. Llevamos la imagen desde España, donada por la capilla del Pino, de Chiclana. La Eucaristía duró tres horas. No se hizo nada pesada. Lo cantaban todo y todos, y sin prisas. Como decía José Luis, "después de la misa no van a tomar el vermouth ni tienen que preparar la comida". Antes de despedirnos de ellos nos ofrecieron varios obsequios y la comida. Fue todo muy emotivo.

Dos detalles más, que hablan más que mil discursos. Un muchacho apadrinado por otro muchacho del colegio San Agustín de Chiclana, caminó 10 kilómetros para traer una carta de agradecimiento para su padrino. Llegó sin comer y con mucha hambre. Habíamos cocinado espaguetis para comer. Se le sirvió un buen plato que se lo comió sin respirar; y otros 10 kilómetros  de vuelta.

Una madre con dos niñas nos pidió y rogó insistentemente para que nos trajésemos sus dos hijas pequeñas a España.

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Los cinco de africanos.
Y tantas cosas más que se podrían contar. Y no es el contarlo, sino el vivirlo. Tuve una fuerte infección de garganta, pero es más duro el dolor que uno siente en el alma viendo situaciones tan duras. La higiene, la sanidad, la educación son temas candentes. Posiblemente allí raramente morirán del corazón y los psiquiatras no tendrían trabajo; pero sí que se mueren de hambre. Como me decía uno de ellos: "en una cosa les ganamos, en que a nosotros nos sobra el tiempo".

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Los cinco con el jefe del poblado.
Y no sería justo si, antes de terminar de contar mi experiencia, no destacase el generoso trabajo de Manuel Lipardo y José Luis Garayoa. La gente los quiere. Sería una pena que esa misión no se tratara con mimo y llegara a perderse. Ante este riesgo, habría, entonces, que plantearse que fuese una misión encomendada a toda la Orden de Agustinos Recoletos.




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