José Asunción Sánchez Mendoza: “Una conversión. Eso es Lábrea para mí”.
Veinticuatro años cuenta José Asunción Sánchez Mendoza, alias Chon. Mexicano del estado de Querétaro, agustino recoleto y estudiante de teología. Sensible ante la belleza y amante de las artes, sobre todo de la música. Este verano ha estado dos meses en la misión de Lábrea, Amazonas brasileño, junto con Tomás, compañero de formación en la Casa de Formación San Agustín de Las Rozas. Chon relata a continuación su experiencia veraniega.
Llegada a Lábrea.
Lábrea, una misión, una experiencia de fe
Una conversión. Eso es Lábrea para mí. Y, a decir verdad, no puedo dar otra respuesta, ya que la sinceridad y la transparencia concretan más y más cada una de mis palabras. Aquella ciudad, de la cual yo decía: "una más de las que están en la selva amazónica, justo a las orillas del río Purús", resultó ser un horizonte existencial de treinta días, un tiempo de vivir mi fe en Cristo Jesús, un espacio en donde mi identidad de agustino recoleto quedo expuesta a la realidad, a una realidad concreta, justamente para que allí, entre la gente de las comunidades labreenses, fuera tomando forma, figura, brillo y color.
Por eso, Brasil es para mí más que un recuerdo, es una repetición de aquella “mi primera vez con Cristo”, es esa energía de la cual estoy seguro que es fruto del Espíritu. Es una experiencia, íntima y comunitaria, una experiencia de fe.
En el río Purús.
En el río Purús y por el río Purús
Y tuve la oportunidad de experimentar el sabor de lo que los misioneros agustinos recoletos llaman "desobriga": aquellas visitas que uno de los frailes realiza a las comunidades ribereñas, una vez por año, celebrando los sacramentos, evangelizando y pastoreando aquella comunidad eclesial, que, con frecuencia, aparece en los libros de teología.
Me acogieron con lo mejor que tienen: con su sencillez y su corazón.
Fueron diez días por el río Purús. Cada día visitábamos una comunidad o una zona distinta. De esos días hay mucho que narrar: Batallas campales contra los mosquitos y cuanto bicho raro me saliera al paso, comidas exóticas pero deliciosas, animales que sólo conocía por el zoo, una selva de esas que se narran en las novelas latinoamericanas de principio del siglo XX, un río inmenso, con una variedad de peces increíbles, un río que, dicho sea de paso, es la posibilidad de la vida y de la muerte, porque gracias a él la gente tiene qué comer y a causa de su peligrosidad mucha gente muere.
Indígenas.
Julho Desobriga.
Hay mucho que decir, pero sólo me limito a decir que fue una experiencia de comunidad, tanto por las personas que me acompañaron –fray Miguel Ángel Peralta, fray Tomás Ortega…–, como por los ribereños que me acogieron con lo mejor que tienen: con su sencillez y su corazón. Y pese a las dificultades del lenguaje, cada noche, reunidos con las personas de las comunidades, fray Miguel nos pedía a fray Tomás y a mí que compartiéramos la historia de nuestra vida. Fue algo enriquecedor, no sólo por el hecho de compartir parte de mi intimidad, sino porque cada noche me miraba a mí mismo, inserto en mi historia, historia de salvación, historia de una llamada a la vida agustino-recoleta. Recuerdo que después de esas reuniones nocturnas yo quedaba sorprendido de la acción de Dios en la dinámica de mi vida, en la sencillez de mi vida, y justo en esos momentos era capaz de llorar o de reír con la misma intensidad y con la misma alegría, por causa de esa necesidad de decirle a Dios "¡gracias!". En esa gente que mora a las orillas del Purús, sobre todo en su sencillez, en su inocencia, en sus dificultades y en sus frustraciones, escuchaba un "ven y sígueme", un "toma y lee", una llamada a volver a lo central de mi vida de consagrado, pero no una llamada aislada, sino una llamada renovada y continua, a veces ensordecedora...
Centro Esperanza.
En el centro "Esperanza"
También tuve la oportunidad de trabajar en el Centro Esperanza, donde los frailes agustinos recoletos, con la ayuda de algunas ONG’s de España, trabajan con adolescentes y jóvenes para prevenirlos de los peligros que atentan contra su dignidad, peligros que no son pocos y que están a la orden del día. En el centro Esperanza respiré vida, ganas de vivir; no en vano utilizan el color verde en su escudo, ese color de la vida, ese color que, más que un fenómeno de luz, es la manera propia de ver el mundo y de enfrentarlo. El verde es algo más que el color de la selva, es propiamente la identidad de los "meninos" del Centro. Es vida. Y Cristo es la Vida.
Julho Desobriga.
Recuerdo perfectamente aquellos momentos en que los chicos me preguntaban por el "porqué" de mi opción a la vida agustino-recoleta. Recuerdo la dificultad que viví cuando intenté ponerle nombre a esa parte de mi vida, de mi vocación, que siempre queda sin palabras. Recuerdo cómo los chicos, con sus miradas penetrantes, me miraban con asombro y extrañeza y se decían: "Un joven de 24 años, que no es brasileño, ¿está consagrado a Dios y que, precisamente por eso, trabaja en el Centro Esperanza de Lábrea, con nosotros, para nosotros?". Al ver esas miradas no me quedaba otra cosa que decirles que no era yo el que hacía posibles las cosas, sino Cristo por medio de la Recolección Agustiniana… En esos niños, en su cariño desbordante, a veces empalagoso para mi carácter, reafirmé la centralidad de Cristo Hombre en mi vida. De hecho, mi oración de todos los días se resumía en una plegaria sencilla: "Cristo Hombre, Cristo Jesús, tú eres el Centro, Tú siempre en el centro". Realmente es una oración con un poder increíble, no sólo porque me ayuda a no sobreponer mi persona a la centralidad de Cristo, sino porque la centralidad de Cristo hace nuevas todas las cosas, incluyendo mi ser todo, hasta mantenerlo en un estado de realización personal.
Julho Desobriga.
El trabajo en el centro Esperanza
El principal trabajo que yo realizaba en el centro era a través de mi presencia, acompañando a los chicos, conversando con ellos, regalándoles mi confianza, aceptando la que ellos depositaban en mí; más de alguno me pidió ayuda; sí, de esa ayuda existencial que sólo se encuentra en Dios. No suelo ser tan cursi, pero ahora mismo tengo que reconocer una especie de enamoramiento, estoy enamorado de esos niños, de ese trabajo en el centro Esperanza, de mi vida consagrada, de Cristo. El enamoramiento ya existía, pero ahora es evidente y escandaloso. Gracias al centro Esperanza.
El principal trabajo que yo realizaba en el centro era a través de mi presencia.
Al principio no sabía qué cosa tenían esos chicos que tan rápido me conquistaron, que se ganaron mi amor a tal grado de sentirme un tanto irresponsable cuando no les atendía debidamente. Ahora, al hacer balance sobre mi estancia en Brasil, sé qué cosa es aquello que esos niños tienen y que enamora, es la posibilidad de amar al prójimo y la posibilidad de ser amado como prójimo, de amar y ser amados por Dios, y no me refiero a ese amor de púlpito ni a ese que se queda en palabras, sino a ese amor real, del día a día, inserto en el servicio, ese amor que es tan real que a veces hace pasar malos ratos y muchos cansancios con dolores de cabeza.
Visita a enfermos.
Pastoral del niño, enfermos…
Pero en Lábrea no todo fue el Centro Esperanza, también tuve la oportunidad de participar en algunas de las pastorales: Pastoral del Niño, del bautismo, Legión de María, visita a los enfermos… Todo el trabajo que los agustinos recoletos realizan contempla a la persona en su totalidad; es por eso por lo que cualquier trabajo exige una entrega absoluta, una entrega que, a nivel personal, veía recompensada y renovada en cada una de las celebraciones en las que participé, de las eucaristías y las adoraciones eucarísticas, fundamentalmente; allí mi fe alcanzaba un verdadera expresión, pero también en las calles de Lábrea, por las que solía pasear, en donde la gente que me conocía me gritaba: "Oi, frei!, tudo bem? " (¡Hola Fray! ¿Todo bien?). Me gustaba mucho la palabra "frei"; y eso que no soy muy dado a los nombres honoríficos ni a nada que se le parezca, pero esa palabra, cada vez que penetraba en mis oídos, me hacía consciente de mi identidad.
Boa Vista.
La despedida
Otra cosa impactante que viví en el Centro fue la despedida, o más que despedida ese "hasta pronto" a la hora de partir de Lábrea. Fue un poco amargo aquel día. Me endulzaba la satisfacción de haberles dado todo, pero al ver aquellas miradas a punto de estallar en lágrimas, no sólo de los chicos, sino de los orientadores que les imparten los talleres, me entristecí un poco. De nuevo me vi enfrentado a ese reto, con todo el malestar que conlleva, de decir "me voy", ese "me voy" que ya va incluido y asumido en la disponibilidad de mi consagración. Hubo personas que incluso me acompañaron al barco en el que íbamos a viajar fray Tomás y yo hacia Tapauá. Me sentí sobrecogido cuando vi cómo hay gente que todavía estaba allí, ¡conmigo!, hasta el final… Y me fui de Lábrea con un nudo en la garganta, de esos que me hacen pensar en mi vida hecha servicio y entrega, evangelio y fe.
En bicicleta.
Adiós a Lábrea
Salí de Lábrea renovado, aunque con esa sensación de haber dejado algo y con la certeza de haberme llevado algo más grande que lo que dejé; fue más lo que recibí que lo que di. Estoy seguro de ello, y mucho se lo debo a mis hermanos agustinos recoletos de Lábrea, fray Claudio y fray Miguel, quienes desde el principio me hicieron sentirme como en casa, y con quien compartí una de las mejores experiencias que hasta hora tengo vividas como religioso agustino recoleto. También estoy agradecido a los frailes de Pauiní, Tapauá y Manaus, que, a pesar de que no conviví mucho tiempo con ellos, siempre me animaban con muchos de sus comentarios, charlas y consejos, aunque quizá ellos no se daban cuenta.
Lo mejor que me llevo de Brasil es esa experiencia de fe y de formación, porque más que aventuras viví una conversión, sí, de esa que muchos llaman continua.