Fernando Martín Esteban
Si tuviera que resumir en una palabra toda mi vida cristiana esa sería normalidad. Repasando lo que he ido viviendo y sintiendo durante toda mi vida no hay nada que pueda sentir cualquier otro joven.

Nací el año 1976 en Valladolid, España, en una familia de clase media; soy el mayor de dos hermanos. Desde pequeño hasta la universidad estudié en el colegio San Agustín de mi ciudad natal, dirigido por los Agustinos Recoletos. No hay nada especial que resaltar en esta época más que el ambiente familiar era religioso, pero sin ningún compromiso serio; que hice la primera comunión en dicho colegio, la confirmación en mi parroquia y que participaba en los grupos juveniles cristianos del colegio.

Fue en el último año de este periodo, antes de ir a la universidad, cuando mi cabeza se empezó a alborotar y a llenarse de dudas. Tenía que decidir qué carrera estudiar. Entre las distintas posibilidades también contemplaba la de ser religioso, pero ésta me parecía que no estaba bien madurada y, como en mi casa había algún que otro problemilla familiar, me pareció que podía ser una decisión muy precipitada y que era mejor dejarla aparcada por un tiempo, pero sin dejarla olvidada. Mientras tanto decidí empezar a dar catequesis y participar en todas las actividades que ello conllevaba. Era una forma de seguir viviendo mi fe y a la vez ir conociendo más cosas de la vida religiosa.

Empecé a estudiar ingeniería. Los primeros años estuve a gusto, tuve la suerte de formar un grupo de gente maravillosa, trabajadora y con valores. El problema vino a partir del tercer curso cuando mis compañeros asistían con alegría y entusiasmo a conferencias, exposiciones, visitas a fábricas… y yo no. Y no era que yo les tuviera envidia sino que en el fondo no me sentía realizado y satisfecho. Yo sabía, por mucho que me quisiera engañar, que yo no iba a ser feliz trabajando en una empresa dirigiendo una cadena de producción, diseñando o haciendo controles de calidad. Sí eran cosas que me gustaban, pero no era lo que yo quería para mí. Mi búsqueda, o mejor dicho mi pregunta clave, era cómo ser feliz y dar sentido a mi vida.

Durante este periodo no dejé de vivir mi compromiso cristiano sino que poco a poco lo fui aumentando y viviendo de otra forma. En estos pequeños pasos que iba dando me ayudó mucho un camino de Santiago que hice con mis amigos. Ese ir esforzándome día a día sin saber si lograría alcanzar la meta –Santiago– con todo el cansancio que acumulaba, lo comparaba con mi vida real y fue entonces cuando me di cuenta de cómo Dios nos va ayudando y que al final ¡NOS PERDONA! También me ayudó el testimonio de algunos frailes, unos por su manera silenciosa de trabajar y ser fieles a su vocación y otros por sus ganas de luchar y comunicar vida a los demás.

Algo especial o llamativo, si así se puede llamar, es que por un encuentro fortuito y casual pude conocer que existía el voluntariado cristiano en las cárceles y sin pensarlo me apunté. He de reconocer que en mi motivación inicial se mezclaba el morbillo por conocer esa realidad y el poder trabajar en un ambiente y con un tipo de gente marginada y desconocida para mí. Ahora, después de unos cuantos años, tengo que dar infinitas gracias a Dios por haberme dado la posibilidad de conocer ese mundo. Todos y cada uno de los días salía con el corazón encogido por esa otra realidad tan necesitada de humanidad que está a nuestro lado y que damos la espalda.

Aquí fue donde otra pregunta empezó a cuestionar mi vida. Fue un interno el que me preguntó: “Oye, ¿tú por qué vienes un sábado por la mañana (madrugar el fin de semana y acostarse pronto el viernes), vienes aquí para estar con nosotros, siendo lo que somos, y encima sin cobrar nada?” Serán casualidades de la vida, o no, pero ésta y la otra pregunta de querer ser feliz son de la misma época y es a partir de ahí cuando ya definitivamente me doy cuenta de lo que verdaderamente me da la felicidad interior que yo busco: Entregar mi vida a Dios y a los demás.

Se me pasaron por la mente tres opciones: sacerdote diocesano –cura–, religioso o monje de clausura. He elegido religioso por dos motivos: en primer lugar porque fue con los Agustinos Recoletos donde viví todo mi crecimiento y maduración cristiana y son parte importante de mi historia. Y, sobre todo, porque me siento identificado con esta opción de vida en la que la oración-contemplación (vivir en el amor de Dios) vivida en comunidad nos lleva al servicio-apostolado (vivir amando a los hermanos), todo ello vivido con sencillez.

Como ya indiqué al inicio mi vocación no es algo espectacular sino consecuencia de ir viviendo mi SÍ de cristiano e ir haciéndolo cada día un poco más grande a través del compromiso y de la relación personal con Dios. O dicho de otra manera y en términos escultóricos: al principio yo era un trozo de madera amorfo con múltiples esculturas encerradas en mi interior que a base de pequeños golpes con la gubia y el martillo he ido descartando unas para ir esbozando mi verdadera escultura (por cierto, algunos de los golpes los he dado fiándome de los demás y sobre todo de DIOS).

Monteagudo, diciembre de 2003




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