Leonardo Agustín Reyes Jiménez: “El recuerdo de Dios invadía mi mente de forma constante así como el impulso de querer hacer el bien a los demás”
Leonardo Agustín Reyes Jiménez: “El recuerdo de Dios invadía mi mente de forma constante así como el impulso de querer hacer el bien a los demás” Leonardo Agustín Reyes el día de su baustimo
Agustín Reyes, dominicano de 24 años, nació en Santo Domingo en una familia con tres hijos. En su ciudad natal estudió, se formó y pasó la mayor parte de su todavía corta vida, pero los cambios que sufrió en su adolescencia le llevaron a iniciar un nuevo camino, como discípulo de Jesús, lo que le ha supuesto dejar su propia patria y seguir el proceso de formación primero en Guatemala y, ahora, en España, en la casa-noviciado de Monteagudo, Navarra. A continuación el mismo Agustín relata su propia historia.



Una historia de amor

Son muchas las cosas que me han sucedido en esta historia de amor que comenzó hace casi siete años. Y en esta relación entre Dios y yo ha habido de todo. A veces he correspondido a su amor absoluto e incondicional, la mayoría de las veces me he quedado muy corto. En las líneas que siguen quisiera contar algunos de los acontecimientos que han ido configurando esta historia que Dios inició con una llamada y a la que yo respondí ayudado por su gracia y su gran misericordia.


Los vaivenes de la adolescencia-juventud primera

Cuando terminé el bachillerato no tenía muy claro qué haría con mi vida, hacia dónde me dirigiría. Prácticamente esos años de estudio los había vivido con gran dispersión, haciendo las cosas porque tocaba hacerlas, de modo que al verme con la posibilidad de iniciar una carrera universitaria me agarró algo desprevenido. Sin embargo, había decidido estudiar algo donde pudiera desarrollar mis mayores aptitudes que siempre han sido leer y escribir.

Por otro lado, emocionalmente me sentía algo hastiado. No sé, sentía que había desperdiciado mi tiempo y que ninguna de las cosas que hasta entonces había hecho daba sentido a mi vida. No tenía mucha esperanza sobre mi futuro. Lo único que quería era aprovechar el tiempo en algo que valiera la pena, en algo que unificara mi corazón y mi mente.

Antes de entrar en la universidad quise hacer un breve curso técnico. Lo hice pensando emplear mis vacaciones en algo útil. No me pasaba por la cabeza que esa simple decisión cambiaría el rumbo de mi vida. Allí conocí a una religiosa. Yo hasta entonces no tenía ni la más mínima idea de ese mundo. Mi madre no es católica y mi padre, aunque lo es, no participa activamente en la Iglesia. De pequeño mi madre nos llevaba a mi hermano y hermana y a mí –mis hermanos son mayores que yo– a las reuniones de la comunidad cristiana a la que ella iba. Primero mis hermanos y después yo, por diversos motivos, entrando en la adolescencia dejamos de asistir. Dejé de ir a partir de los quince años y, por mi modo de ver las cosas, consideré alejarme de manera definitiva del mundo religioso. Dios era para mí una idea o, a lo más, alguien a quien yo no interesaba. No obstante, he de decir que permanecía en mí cierta inquietud, cierto deseo de plenitud, que yo entonces intuía que no encontraría dejando de lado la vida espiritual.


Un encuentro de gracia

Aquella religiosa y yo empezamos a tratar temas propios de lo que estudiábamos, pero a mí no me pasaban desapercibidas muchas cosas: su sencillo hábito azul que siempre llevaba, su calidez de trato y, sobre todo, su paz; hasta entonces, nunca había conocido a alguien que al hablar transmitiera tanta paz, era una paz que salía de su espíritu y se volcaba en todo lo que ella decía o hacía. No pasó mucho tiempo hasta que el tema religioso fue parte de nuestra conversación; al principio tímidamente, abiertamente después. Ella me habló de su estilo de vida, de lo que era y hacía, y recuerdo que me quedé impresionado. Me llamó mucho la atención saber que existen personas que consagran toda su vida a Dios y a los demás en un espacio de soledad y de paz.

Yo le conté que había leído algunas frases de un santo de la Iglesia llamado Agustín y que me habían causado muy buena impresión. Al saber esto, ella puso en mis manos una breve biografía de san Agustín para que yo la leyera y después le dijera qué tal me había parecido. Cuando empecé a leer no pude parar; veía en la vida de ese hombre, tan distante de mí en el tiempo, todo lo que yo estaba viviendo: la desorientación, la búsqueda de sentido, el deseo de amar y de ser amado, la sed por la sabiduría, el peso de sus debilidades. Y que después de muchas fatigas, había encontrado el descanso de su corazón en algo más grande que él mismo; en Dios precisamente, en ese Dios que yo había decidido olvidar, pero que inconscientemente buscaba.

No satisfecho con los pocos datos que me daba aquella biografía, quise leer las Confesiones,ese itinerario vital a modo de oración que el mismo Agustín escribió. La vida de Agustín me interpeló y me animó mucho. Poco a poco empecé también a leer los evangelios y las cartas de los Apóstoles. El recuerdo de Dios invadía mi mente constantemente así como el impulso de querer hacer el bien a los demás. Cristo dejaba de ser para mí una idea, un simple nombre carente de significado, y se iba convirtiendo en Alguien que me prometía colmar de sentido mi vida, en Alguien a quien yo empezaba a amar. Y había en mí una inmensa alegría, recuerdo aquellos días como unos de los más felices de mi vida.


Un nuevo camino en la vida

Un nuevo proyecto, un nuevo camino, mucho mejor que cualquier otro, se me iba abriendo paso. Sentía que se me estaba dando una nueva oportunidad. Mi vida empezaba a ser distinta. La oración empezó a formar parte de mi jornada, mi relación con los demás comenzó a inspirarse en los criterios del Evangelio y muchos aspectos concretos de mi vida que no se ajustaban a lo que iba descubriendo fueron desechados.

Le confesé a Marie –así se llamaba aquella religiosa–, que quería ser religioso. Y sin duda que yo era el primero que estaba impresionado de aquella determinación, pues ni siquiera era cristiano. Sorprendentemente ella vio con buenos ojos mi deseo y me motivó a conocer alguna congregación. A la vez me animó a que iniciara el proceso de iniciación cristiana.


De la mano de los Agustinos Recoletos a la fe en Cristo y a…

Al poco tiempo comencé a ir a la catequesis y también empecé un proceso para ser acompañado e ingresar en la Orden de Agustinos Recoletos. De esta Orden me atrajo el ambiente de fraternidad y la paz que encontré en la comunidad a la que acudía. Y también otro punto importante que me animó a hacer un discernimiento con ellos fue el hecho de que aquella familia religiosa conservaba el patrimonio de san Agustín para la Iglesia, ese santo que tanto me había ayudado a descubrir mi camino espiritual y a poder irlo poco a poco recorriendo.

Para mi sorpresa, tanto mi familia como mis amigos me dieron su apoyo; yo imaginaba lo contrario. Cierto, al principio mis padres se extrañaron mucho, pero luego, conforme pasaba el tiempo e iban viendo el cambio que se estaba produciendo en mí, fueron asimilándolo y se pusieron de mi parte.

Después de un año de catecumenado llegó la fecha de mi bautismo, el 26 de septiembre de 2010. Lo recibí con absoluto convencimiento de lo que hacía y con grandísima emoción. En él me acompañaron muchos amigos así como algunos familiares, incluidos mis padres y hermanos. Al mes, recibí la primera comunión y la confirmación. Paralelamente a estos acontecimientos, se dio mi entrada en la Orden. También fue un acontecimiento muy emotivo para mí. Sentía que una nueva aventura comenzaba. Y, en efecto, así ha sido.

En la actualidad voy en la tercera etapa, y la más importante, de las necesarias para la incorporación a la Orden, el noviciado, que termina con la profesión de los votos temporales. Mi etapa anterior, el postulantado, fue valiosísima para mí, pues me permitió crecer en muchos aspectos. Pude conocer muchos lugares y culturas distintas de la mía, y a la vez compartí con muchísimas personas. Avancé en el conocimiento de mí mismo y de Dios. Abrí mi mente y mi visión crítica a través del estudio constante y reflexivo.Cultivé mis talentos y realicé cosas que nunca soñé que haría.

Las dificultades, desde el principio, no han faltado: la vida comunitaria, siendo una gran riqueza, es algo que requiere tiempo y sacrificio; la frustración de expectativas me ha acompañado siempre; y la atracción de las cosas de fuera a veces se hace sentir con fuerza. Así y todo, tanto en las partes llanas como en las escarpadas, he recorrido un buen camino con la certeza de que Él siempre va conmigo. Y puedo afirmar con san Pablo que olvidando lo que he dejado atrás, me lanzo de lleno a la consecución de lo que está por delante y corro hacia la meta, hacia el premio al que Dios me llama por medio de Cristo Jesús.




¿Y tú que opinas?