Agustinas Descalzas: unas hermanas desconocidas. “Entregamos la vida por vosotros aunque no nos conozcáis”
Agustinas Descalzas: unas hermanas desconocidas. “Entregamos la vida por vosotros aunque no nos conozcáis” Agustinas Descalzas del convento de Benigánim, Valencia, España.
La Federación de Monjas Agustinas Descalzas de San Juan de Ribera son dos conventos situados en la región mediterránea española: el convento del Corpus Christi de Murcia y el de La Purísima Concepción y la Beata Inés de Benigánim (Valencia). Con una historia y tradición propias, estas 22 monjas de clausura son miembros de la Familia Agustino-Recoleta y tienen una especial vocación que tres de ellas nos cuentan en primera persona.



Aurora

Mi nombre es Juani Navarro, nací en Alcoy (Alicante, España) en 1957. Mis padres eran humildes trabajadores, cristianos pero no practicantes. Yo soy la menor de tres hermanas.

Mi vocación empezó cuando tenía 17 años. En aquel tiempo salía con un chico. Cierto día, después de una reunión de los scouts, me dirigía hacia casa cuando me encontré con una amiga. Sentí en ese momento un vuelco en el corazón, que pienso fue “la primera llamada”, le pregunté a dónde iba y ella me respondió que “a las Siervas de María”.

Le pregunté si podía ir con ella y me dijo que sí. Las Siervas de María se dedican a cuidar enfermos por la noche en los domicilios. Me gustaba, pero no me llenaba del todo, así que continué con el chico que salía y dejé aquello de lado.

Otro día me dijo aquella misma amiga: “He llamado a las monjas de clausura y el domingo los haremos una visita”. Yo le contesté que estaba bien y quería ir también. Entramos en el locutorio y salieron dos o tres hermanas. Desde ese momento me dije: “De aquí tengo que ser”.

Era una fuerza irresistible, así que esa misma tarde le dije al chico con el que salía: “Me voy monja, ¿lo tienes claro?”. Desde ese momento dejé de salir con él y empecé a ir a misa. En aquel tiempo solo sabía rezar el padrenuestro y el avemaría, no era practicante, pero el Señor se fijó en mí, me llamó y le dije “Sí” sin titubeos.

Había un sacerdote encargado de las vocaciones en Alcoy y, nada más enterarse, me llamó ya que quería que me formara antes de entrar en el monasterio. Habló con la madre priora y le dijo que yo no estaba preparada para iniciar esa vocación.

La priora le respondió: “¿Y qué mejor que la formemos aquí?”. Aún así el sacerdote insistió y me reunió para hablar sobre el asunto. Dijo que hasta que él no hablara con el obispo yo no entraría al monasterio, y yo sin más le dije: “A mí ningún tío me prohibirá entrar monja”.

¡Madre mía, qué había dicho! Me llevó al Arzobispado para hablar con el Delegado de la Vida Contemplativa, y cuando terminamos le dijo: “Déjala entrar, no lo impidas, si es de Dios irá adelante y si no es de Dios se saldrá”.“A mí ningún tío me prohibirá entrar monja”

De esto hace ya 40 años y soy la persona más feliz del mundo con mi vocación, el regalo más grande que el Señor me hecho. No se es monja porque se te antoje serlo, sino que es por “vocación”, llamada de Dios, don de Dios, regalo de Dios. ¡Ah! Eso sí, a esa llamada hay que responder con generosidad, serle fiel, y cumplir con lo que le prometes: vivir en pobreza, castidad y obediencia, compartiendo en fraternidad, no teniendo nada propio, todo en común. Y os puedo decir que Él lo llena todo, vale la pena seguir a Cristo.

Sabed que podéis contar con nosotras, sabed que estamos con vosotros, no lo dudéis nunca. Nuestra oración es universal, llega a todos los lugares de la tierra, a todos los hogares, a todos los corazones; a todos os tenemos presentes.

Sois nuestros hijos, entregamos la vida por vosotros, aunque no nos conozcáis; vuestros problemas son nuestros, vuestras inquietudes son nuestras; hacemos nuestro todo vuestro sufrimiento, vuestras alegrías también. Os acompañamos con nuestra oración y sacrificio. Siempre que necesitéis algo, acudid a un monasterio, pedid oraciones.Os puedo decir que Él lo llena todo, vale la pena seguir a Cristo.

Responded con amor a quien por amor se ha entregado a vosotros.


Ana

Nací en 1959 en Alcoy, esta ciudad entre montañas del interior de la provincia de Alicante, en una familia cristiana y numerosa; soy la quinta de seis hermanos.

Mis padres me enseñaron y educaron a vivir en la fe y el amor a Dios y al prójimo y me transmitieron fiel y eficazmente lo que ellos, a su vez, habían recibido de sus progenitores. Me llevaron a colegios religiosos, por lo que los cimientos que tenía puestos se consolidaron más.

Mi infancia, adolescencia y juventud transcurrieron muy felizmente. Pertenecía a grupos de jóvenes en los que compartíamos la fe, nos adentrábamos en la Sagrada Escritura, participábamos en encuentros y convivencias…

Todo contribuyó a que Dios Padre se adentrara en mi vida de un modo especial, y en mi interior sentía que Dios me quería para Él. “Me sedujiste Señor y yo me dejé seducir”.

Un hecho significativo y acontecido en el colegio cuando tenía diecisiete años fue la prueba clara y evidente de que lo que yo pensaba, que no eran cosas mías, sino la confirmación de que realmente mi vida tenía que ser consagrada a Dios.“Ana, ellas son los pararrayos de la Iglesia”

Me atraía el mundo misionero, el darme a los demás, el “hacer”… En ningún momento pensaba en la vida contemplativa. De hecho, cuando con mi madre pasábamos por delante del convento de clausura de las Agustinas Descalzas enclavado en el centro mismo de la ciudad, yo le decía a mi madre: “¿Qué hacen ellas ahí? Que se vayan a las Misiones, o a cuidar a los ancianos”… Y mi querida madre, serena y dulcemente me respondía: “Ana, ellas son los pararrayos de la Iglesia”.

Pero los planes de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Y la muerte repentina de mi padre, cuando yo tenía diecinueve años recién cumplidos, hizo que me volcara totalmente en mi madre. Ésa era ahora mi vocación, sin dejar mis prácticas cristianas y mi relación con el Señor.

Los años iban pasando, pero Dios me iba preparando de una manera discreta y amorosa con sucesos y hechos normales, sin nada de extraordinario. Pero cuando me detenía a profundizar en lo ocurrido —pues desde bien joven me preguntaba: “Señor ¿qué me quieres decir a través de esto?”—, me daba cuenta de que ahí estaba Su Mano por algo, y pronto o tarde Él me lo hacía descubrir.

Esa relación con el Señor se iba afianzando y le ofrecía cosas como mi tiempo para utilizarlo en bien de los demás, pero el consagrarme al Señor en algún lugar estaba totalmente aparcado, como dormido dentro de mí; lo dejaba para cuando mi madre ya no estuviera.

Lo tenía todo: era muy feliz, y disfrutaba de cada cosa que Él permitía que aconteciera en mi vida. Estaba totalmente volcada en mi madre y hacíamos viajes maravillosos. Tenía muy buenas amistades; un trabajo estable que me daba cierta libertad económica, sin derroches pero también sin privaciones. Salía los domingos en bici con unos buenos amigos que el Señor me puso en el camino; tenía coche, moto… Vivía en una casa con jardín y piscina. No me faltaba nada.Cuando llegara el momento, el Señor me lo manifestaría

En julio de 1997, mi madre y yo viajamos a Lisieux por el centenario de la muerte de santa Teresita del Niño Jesús, y ahí Dios me sorprendió. Al entrar en el Carmelo, comprendí que el Señor me quería para la clausura. Pero lo conservé en mi corazón, sin decir nada; y no me preocupaba, sabía que, cuando llegara el momento, el Señor me lo manifestaría.

Y ese momento llegó cuando descubrí que Él ya no quería mis cosas, ni mi tiempo, que Él me quería a mí. Y mi corazón empezó a inquietarse.

No me faltaron dificultades: separación matrimonial y enfermedad grave de un hermano que, durante tres años, nos mantuvo a todos unidos en torno a él. Muchas operaciones, viajes continuos a Valencia, noches de Hospital que entre los hermanos nos turnábamos… y Dios siempre estuvo ahí, en ningún momento sentí su ausencia.

Y Dios dio un giro a mi vida. Lo que yo pensaba, Él lo tenía dispuesto de otra manera y quiso que mi madre fuera partícipe de mi felicidad y de lo que iba a ser mi vida, y así llegó la hora que Él tenía prevista para yo dejarlo todo y empezar una nueva vida.Él lo tenía dispuesto de otra manera

Para los demás no era el momento más adecuado, pero Él lo quiso así, me lo hizo ver así, y sin dramatismos de ninguna clase (los apóstoles siguieron al Señor cuando les llamó, dejándolo todo y sin excusas), lo dejé todo para ganar al TODO con mayúscula.

Sí, yo entré al convento cuando Él quiso, en el año 2000; pues cuando yo ponía fecha, una nueva operación quirúrgica surgía con mi hermano, tal como ocurrió en varias ocasiones. Pero era Su Voluntad y esa espera la veía como un tiempo de gracia para demostrarle al Señor mi fidelidad.

Han pasado quince años y me encuentro muy feliz y agradecida a Dios, pues la llamada siempre es una iniciativa divina. ¡Me siento afortunada! Estoy donde el Señor quiere que esté, viviendo y practicando en el silencio del claustro y en comunidad, los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, y mediante la oración, ofrendas y sacrificios pongo ante el Señor las necesidades de la Iglesia y de todos los hombres, sin olvidar a los que me ha puesto en el camino a lo largo de mi vida, todos: personas maravillosas que han contribuido a que yo sea lo que soy ahora.Dios no resta nada, al contrario: Él lo da todo.

He de decir que, aunque sea contemplativa, he tenido la gran dicha, gracias a Dios y a la comunidad, de llevar a cabo el “deber filial” de atender a mi madre anciana e impedida en sus últimos años de vida, porque Dios no resta nada, al contrario: Él lo da todo.

La confianza y el abandono en Dios han estado y están siempre presentes, Él es el que lleva el timón de mi vida, y no hay que ponerle impedimentos para que Su Voluntad se cumpla en mí.

Como la parábola de los trabajadores de la viña, que a unos llama a primera hora, a otros al mediodía y a otros al final de la jornada, a mí me llamó a mitad de la tarde para trabajar de un modo más pleno y eficaz en su viña.


Dolores

Tuve la suerte de nacer en una familia numerosa y unos padres cristianos; soy la cuarta de ocho hermanos.

Siempre he querido ser religiosa de vida activa para poder ayudar a los demás, como veía lo hacían las Hermanitas de los Pobres y entregarme de ese modo al Señor. Pero Dios tenía otros planes sobre mi vida; lo que me hace ver claro que es Él quien nos llama y escoge llevando la iniciativa de nuestra vida.

A través de una compañera, oí hablar de las monjas de clausura, pero estaba convencida de que eso no era lo mío. Me invitó a conocerlas y no quise ir, pues me decía: “¿Siempre rezando y estar en un convento? ¡Me moriría de rabia!”. Esa misma compañera un día me comunicó que había decidido ser monja y le dije que estaba loca; pero que por nuestra amistad y por curiosidad la acompañaría en el día de su entrada.“¿Siempre rezando y estar en un convento? ¡Me moriría de rabia!”

Aquel día, nada más abrir las puertas del monasterio, habían dos filas de monjas con un gran crucifijo en el centro; al mirarlo sentí interiormente, más que si me hablara físicamente: “Te quiero aquí”. Sentí una gran paz y a partir de ahí ya no podía vivir sin pensar en el convento.

Después de cinco meses y haber leído la Historia de un alma de santa Teresita del Niño Jesús ingresé en el monasterio, con 18 años de edad. Ya llevo 41 años en la vida contemplativa y me siento la persona más feliz y dichosa del mundo.Jesús ha llenado mi vida de felicidad. Me siento la persona más feliz y dichosa del mundo

Jesús ha llenado mi vida de felicidad, y estoy convencida del poder de la oración y de que sin salir de los muros del convento estoy ayudando a todos los hombres, mis hermanos, con mi vida de oración e intercesión.

Vivo con mucha paz y alegría junto con mis hermanas de comunidad, que son un regalo del Señor. Si me decidí a ser monja de clausura es porque Jesús me llamó para esta vida, a la que yo, por ignorancia, ni valoraba ni quería.

Con toda sinceridad diría a las jóvenes que sientan cierta inquietud por saber cuál es su vocación que no tengan ningún temor de acercarse a nuestros monasterios, para que no les pase como a mí: ¡Venid y lo veréis!


¿Y tú que opinas?

Aurora.Aurora.
Aurora.
Aurora.Aurora.
Aurora.
Ana.Ana.
Ana.
Ana.Ana.
Ana.
Ana.Ana.
Ana.
Dolores.Dolores.
Dolores.
Dolores.Dolores.
Dolores.
Dolores.Dolores.
Dolores.
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