Una joven granadina: de la universidad al monasterio Corpus Christi de agustinas recoletas
Una joven granadina: de la universidad al monasterio Corpus Christi de agustinas recoletas Alicia Correa
Afirma Alicia Correa, monja agustina recoleta contemplativa: “Quiero comunicar la alegría de haber encontrado mi lugar”, para lo cual, además de desempeñar el cargo de priora de la comunidad y responder de las actividades del convento como cualquier otra hermana, escribe sus vivencias espirituales que enriquece con sus propias ilustraciones. Son ya dos los libros editados que recogen su producción artístico-literaria. Es la misma Alicia la que ofrece un relato de su vida.



Presentación

Me llamo Alicia Correa Fernández. Soy granadina y nací el año 1972. Soy la mayor de las dos hijas que tuvieron mis benditos padres y creo que el fruto del deseo frustrado de ambos. Mi padre ingresó en el noviciado con los Salesianos, pero vio que ese no era su camino; y mi madre, tras haber acabado su carrera de magisterio quiso dar clase como misionera en tierras de África, pero sus padres no se lo permitieron.

Cursé los estudios en mi tierra natal con las dominicas durante doce años y después del bachillerato ingresé en la facultad de Derecho, pero sólo por dos años, pues siempre digo que empecé Derecho, pero me “torcí”. Creo que para mejorar mi vida, por supuesto.

Actualmente soy monja de clausura desde hace 23 años en el monasterio del Santísimo Corpus Christi de la ciudad de Granada, al sur de España. Estoy plenamente feliz de haber sido elegida por Dios para dejarlo todo y encerrarme tras estas rejas y muros desde donde puedo vivir plenamente la vocación recibida.

En la comunidad estoy desempeñando el servicio de madre priora, es decir, me toca ser la coordinadora y responsable principal de la marcha del monasterio.


Relato vocacional

Lo difícil fue discernir mi propia vocación dentro de la Iglesia.Desde pequeña sentía una gran inclinación hacia todo lo que suponía oración y el darme a los demás. Lo difícil fue discernir mi propia vocación dentro de la Iglesia. Lo primero que hice fue una “determinada determinación” como santa Teresa de Jesús, de decidirme por entregarme al Señor y solo al Señor con todo lo que era y tenía. Pero ¿cómo? Solo contaba con eso, con mi deseo de ser totalmente de Dios, pero siempre la misma pregunta durante años: ¿dónde?

Esa forma era la vida de entrega, de oración y oblación dentro de la vida de un monasterio de clausura.Para ello me puse manos a la obra y me involucré en una vorágine de actividades en mi parroquia, en catequesis en otras parroquias, en obras de caridad con los más desfavorecidos de mi ciudad… No me quedaba tiempo para nada, pero llegó un momento en que tuve que parar porque me di cuenta que todo aquello lo que me hacía era desligarme cada vez más, distanciarme de forma brusca de la verdadera llamada que Dios me pedía: darme de forma incondicional a todos y llegar de una nueva forma a todos sin que ninguna actividad se perdiera, y esa forma era la vida de entrega, de oración y oblación dentro de la vida de un monasterio de clausura.

Eso para mí significaba pertenecer totalmente al Señor, pues le ofrecía hasta la delimitación del espacio donde vivir. Comencé entonces a buscar y conocí a una comunidad de hermanas clarisas muy cerca de mi casa, las visité, las frecuenté y a los 18 años pedí hacer una experiencia vocacional con ellas. Me gustó mucho su vida; allí aprendí lo que es oración y el dedicarte de manera total a la intercesión y a la vida fraterna pero… tuve que salir para proseguir mis estudios.


Monja Agustina recoleta

Creo que me decidí por esta vida debido a la sencillez de las hermanas y la acogida fraterna e incondicional que me prestaban cuando las visitabaProvidencialmente años más tarde mis padres conocieron a las agustinas recoletas, monasterio que ni yo misma sabía que existía y así las conocí yo también porque me invitaron a algunos eventos como tomas de hábito y profesiones de varias hermanas que hubo en el monasterio. En ellas me cautivó su receptividad y su trato. Creo que me decidí por esta vida debido a la sencillez de las hermanas y la acogida fraterna e incondicional que me prestaban cuando las visitaba. Sean cuales sean las circunstancias y las personas de las que se valió el Señor para hacerme ver que mi vocación era la contemplativa, veo que, en definitiva, son caminos que nos llevan siempre a lo que Dios quiere de nosotros.

Yo era como un pequeño AgustínYo no conocía el carisma agustiniano, pero ahora puedo decir que yo era como un pequeño Agustín que andaba con el corazón inquieto por buscar la verdad, esa Verdad que nos habita dentro y que deseamos y necesitamos descubrir. Yo andaba fuera de mí, pero Él me esperaba dentro.

Permitidme compartir con vosotr@s mi vocación a la vida contemplativa desde una forma orante, con un fragmento de mi primer libro titulado: Tu LUZ en mi barro.

“Rema mar adentro,porque te invito a orar"

"Siempre es hermoso acariciar la idea de compartir con vosotras un regalo, EL REGALO MÁS GRANDE DE MI VIDA, de nuestra vida, nuestra propia vocación dentro de la Iglesia como monjas contemplativas en el carisma agustino recoleto, porque la que eligió contemplar, eligió vivir.

Siempre el protagonista de nuestra vida es Dios.Como el amor fiel es el que se hace nuevo a cada momento, al rememorarlo no quiero que solamente este don tan precioso que Dios me otorgó -nos otorgó-, sea para mí sola, que permanezca en mi mente, sino que vaya bajando paulatinamente a mi corazón y que desde allí, como buena contemplativa, pueda transformarlo en acción de gracias y en oración para que cale hasta lo más profundo del vuestro…, pues siempre el protagonista de nuestra vida es Dios y solamente lo que se conoce, se ama y lo que se comparte, se hace grande…¡Ahí está mi tesoro!

Siempre he sentido una gran atracción por el mar. Me sobrecoge su inmensidad, su majestuosidad y la pequeñez que se experimenta al contemplarlo. Somos como un puntito en medio de tanta grandeza… Y mi llamada, la llamada que Jesús me hizo, puedo asemejarla a la invitación a adentrarme en ese inmenso mar, a abismarme en lo profundo del misterio humano para llegar a descubrir mi auténtico ser y mi verdadera vocación; misterio, que sin yo sospecharlo, me estaba esperando para anegarme y vivir perdida en él…

Mi vida cambió cuando en esa búsqueda descubrí que ALGUIEN, con mayúsculas, me estaba habitando y me interpelaba.Cuando mi vida transcurría en la orilla de la playa, Jesús paseaba siempre conmigo, estaba siempre conmigo, aunque yo no lo sabía. Muchas veces la brisa me acariciaba, todo me sonreía, sentía la seguridad de estar pisando firme en mis propias convicciones, mis huellas se dibujaban en la arena siguiendo la búsqueda de un camino que no me satisfacía, pero mi vida cambió cuando en esa búsqueda descubrí que ALGUIEN, con mayúsculas, me estaba habitando y me interpelaba. Ya no vivía sola, ni estaba sola.

La melódica cadencia del vaivén de las olas me inducía constantemente a levantar la vista y no mirar ya la realidad inmediata de las cosas. Era un susurro que desde dentro me animaba a levantar la mirada hacia el vasto horizonte y sentir en cada momento lo que despacio me repetías: “rema mar adentro, rema mar adentro…” (Lc 5,4).

Querías encaminar mis pasos hacia donde quedan borrados: el inmenso mar. Era tu llamada hacia una misión concreta: remar mar adentro para ser entre los hombres la manifestación de tu presencia que renueva y salva. No era una sensación, una mera intuición, sino la seguridad de una PRESENCIA que acababa de entrar en mi vida; ALGUIEN había irrumpido en mi mundo, era alguien que ya tenía un nombre, JESÚS, y me invitaba con su dulce y cálida voz a dejar sobre la arena mi trajín, mis proyectos, mis preocupaciones, a desdibujar mis pasos en la arena y a fiarme enteramente de su palabra; me impulsaba a soltar amarras; a lanzarme a la maravillosa aventura que me esperaba en medio de ese mar sin orillas que me descubriría más tarde, que Él iba a convertirse en el Señor de mi vida, ya para siempre…

La plenitud se alcanza por la donación total, sin reserva.A menudo nos resulta más fácil creer que lo que hacemos es más importante que lo que somos, pero la fuerza de la llamada del Amor que rompe toda barrera quebró el mío que, presuroso, recogió las pocas redes que poseía, pensando que la plenitud se alcanza por la donación total, sin reservas. Tú me buscabas a mí y yo me dejé encontrar por ti. Era el comienzo de una historia tejida con tu fidelidad inquebrantable y mi debilidad enamorada. Me invitas a subir a mi barca, desplegando las velas, remando mar adentro, remando mar adentro… Borraste las huellas de mi camino y las cambiaste por la singladura que va marcando el tuyo cuando tomaste el timón de mi vida.

Fue ahí cuando comprendí lo que significaba para mí ese “rema mar adentro”, encontrar la vida de contemplación lejos de la orilla para sólo escucharte a ti y en ti ir viviendo paso a paso tu inhabitación, que se transforma en un diálogo carente de palabras en donde lejos del mundanal ruido, dejando la playa atrás, nos adentramos en las aguas profundas de un misterio tres veces santo

Susurrarle al oído las necesidades de toda persona que vive en su corazón de Padre.Desde ahí, ya no vivo sólo para mí, vivo en el ministerio sublime de arrancar del corazón de Dios. como de las cuerdas de un arpa, la bella melodía de su amor para transmitirlo a los hombres a través de mi presencia…; de susurrarle al oído las necesidades de toda persona que vive en su corazón de Padre, de escuchar sus latidos que hablan de amor al hombre; en definitiva, de dejar a Jesús subir a nuestra barca para que pueda con toda libertad, vaciarla de los trastos inútiles, esos que no le dejan ocuparla del todo, de irnos adentrando poco a poco en las aguas transparentes del diálogo con el Señor, dejándonos empapar suavemente, como la esponja, por su Palabra, por su mirada; y nuestra vida se irá transformando paulatinamente en oración, en súplica, en acción de gracias, en alabanza ininterrumpida al Dios que hace maravillas.

¡No tengamos miedo! Jesús me pidió la barca y se quedó con mi vida. Eso constituye la dicha más grande porque Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28, 20). ¡Gloria al Señor!


Y… uno puede pensar: ¿Cómo puede ser uno feliz encerrado entre estos muros?

Ciertamente, nuestra vida, la vida contemplativa agustino-recoleta, está sujeta a una gran disciplina. Se desarrolla a toque de campana, que es la que va marcando el ritmo del día consagrado a Dios. Pero en el monasterio se vive la paradoja de ser libre en un espacio concreto del que solamente se sale en caso de necesidad. Las rejas, los muros, la separación respecto al mundo de fuera son simples signos, símbolos que no nos aíslan; al contrario, se viven como una ayuda, sabiendo que son el medio que se nos ofrece para dedicarnos de manera más intensa a la vocación recibida.

Tenemos el cometido maravilloso de hablar a Dios de los hombres.Estamos alejadas del mundo, pero no desentendidas de él, vivimos intensamente sus problemas y preocupaciones. Tenemos el cometido maravilloso de hablar a Dios de los hombres, presentarles sus necesidades y agobios de hoy, desde un silencio impregnado de amor al hermano.


Otra pregunta que se hace la gente: ¿Y a qué se dedica una monja?

Quiero poner al servicio del lector lo que yo he recibido gratis: toda una visión del mundo, del hombre y de las cosas bajo el prisma de Dios y de san Agustín.A quehaceres muy variados, los más vienen dictados por la vida comunitaria y las circunstancias de cada convento. Pero prefiero hablar de mi caso: además de las tareas monásticas -o conventuales- en las que me ocupo a diario como son los ratos marcados de oración, de trabajo, de estudio, compagino una bella actividad que me encanta, y es escribir libros. Precisamente, con su edición y divulgación lo que quiero mostrar es otra visión totalmente distinta de la que muchos tienen de la vida contemplativa. Creo que aún hoy día es muy desconocida. Las monjas no sólo nos dedicamos, por ejemplo, a hacer dulces o a cualquier otro trabajo. También cabe la posibilidad de dar testimonio alegre de una vida plena y fecunda, y hacerlo editando un libro de espiritualidad. En mi caso, quiero poner al servicio del lector lo que yo he recibido gratis: toda una visión del mundo, del hombre y de las cosas bajo el prisma de Dios y de san Agustín. Quiero comunicar la alegría de haber encontrado mi lugar, y quiero que esto llegue a muchos.

Ahora mismo tengo editados dos libros: Tu luz en mi barro y Peregrinando hacia el Amor. En éste presento la vida como una peregrinación. Todos somos peregrinos de una u otra forma y nuestra meta es el Amor con mayúsculas, Dios. En el libro presento paisajes del alma por los que todos pasamos en nuestra vida diaria. Los describo apoyándome mucho en los fenómenos de la naturaleza. Dios se manifiesta en la grandeza de la creación, en un bello paisaje, en el mar que tanto me gusta, y también en la sencillez de una flor o en la pequeñez de una gota de agua. Me dirijo a lectores contemplativos, que busquen un oasis de silencio para sentarse a su vez y contemplar a Dios.


Ilustradora de los propios libros

Al texto le acompañan una serie de ilustraciones sencillas, también de mi mano, que expresan una forma diferente de orar. He pretendido que el dibujo hable por sí solo, confirmando lo que el texto describe.

Lo que más me atrae de él es que fue un santo humano, el santo del corazón.Tanto en éste como como en el primerono paro de citar a san Agustín. Cuando entré monja, san Agustín era para mí un auténtico desconocido, pero con el correr del tiempo me fui adentrando en el conocimiento de su persona y obras, y me fui dando cuenta de que, lejos de ser un personaje que pertenezca al pasado, es un padre que sigue vivo en medio de sus hijos. Lo que más me atrae de él es que fue un santo humano, el santo del corazón; y desde el corazón es desde donde se conoce a la persona.

En mis libros no pretendo hacer un discurso teológico, sino que escribo desde mi experiencia orante, desde lo que inmerecidamente recibo cada día en la vivencia de mi propia vocación contemplativa. Soy bien consciente de que lo que he recibido no es para mí sola, sino también para quien quiera acercarse a su lectura. Quiero compartir los bienes espirituales de los que Dios me colma en mi pobreza.

Creo que dentro de algún tiempo, saldrá un tercero. Ya estoy trabajando en él en los ratos que mis ocupaciones monásticas me dejan. Incluso tengo ya pensado el título. Querría llamarlo Remanso de paz, e iría en la misma línea que los anteriores.

Me gustaría, para terminar mi relato, que los lectores vieran en las monjas contemplativas a personas felices, que disfrutan de una alegría y una paz de forma diferente a tanta gente, que oran por las necesidades de la humanidad. La vida contemplativa es muy bella.




¿Y tú que opinas?