“Sabía que con mi oración y el ofrecimiento de mi vida podía llegar muy lejos: ser misionera”, afirma sor María del Amor
“Sabía que con mi oración y el ofrecimiento de mi vida podía llegar muy lejos: ser misionera”, afirma sor María del Amor María del Amor
La monja agustina recoleta del monasterio de Santa Isabel la Real, cuyo nombre civil es Cecilia, ofrece su testimonio de vida como monja contemplativa. Hija única. Profesa a los 24 años en 1960. Dinámica, decidida y abierta a los cambios que la sociedad y la misma vida contemplativa han sufrido a lo largo de los cerca de sesenta años que lleva sor María del Amor en el monasterio. Ante la enfermedad y ancianidad de sus padres tuvo que salir del monasterio para atenderlos temporalmente.



¿Alguna palabra especial por su parte antes de que le plantee ninguna pregunta?

Desde el principio quiero decir que, si el tiempo retrocediera y me encontrara de nuevo en la circunstancia de decidir sobre el futuro de mi vida, volvería a ser agustina recoleta en el convento de Santa Isabel.


Con una afirmación así, casi sobran ya las preguntas. Pero creo que es bueno que la gente conozca un poco de su historia personal, ya desde niña
.

Soy hija única nacida en Zorita, un pueblecito de la provincia de Cáceres, España, ya hace muchos años, casi ochenta. Tuve el privilegio de frecuentar muy pronto un colegio de religiosas Franciscanas de la Divina Pastora. De mi época de niña tengo más recuerdos del colegio que de mi casa. Me enseñaron algo que nunca olvidé: "Amar a Dios sobre todas las cosas".

En aquel tiempo la vida social giraba alrededor de la Iglesia. Todos los días el rosario, la misa mayor de los domingos, las devociones tradicionales, las procesiones, las romerías... Creo que en mi caso se trataba más de seguir una costumbre que de una devoción. Tuvimos un párroco muy celoso que cuidaba muy bien de la formación de las jóvenes. Mucho aprendimos y practicamos con los Círculos de Acción Católica. Trabajé con gusto como catequista y me gustaba la atención a los pobres.


Pero adolescentes-jóvenes con estos comportamientos eran en aquel tiempo muy comunes.

Ciertamente, pero casi insensiblemente, poco a poco me iba comprometiendo cada vez más en un género de vida, voy a decir, más devoto. Mi primer paso en una vida de piedad fue el comprometerme con la Asociación de los Jueves Eucarísticos. Me invitaron y acepté sin gran entusiasmo, pero allí aprendí el trato personal con el Señorallí aprendí el trato personal con el Señor. Todas las semanas participaba en la Eucaristía comulgando y a la tarde teníamos un acto eucarístico con exposición y unas pláticas que fueron sembrando en mi corazón el deseo de Dios, y me aficioné a los ratos de oración cerca del sagrario y a solas con mi Señor en aquella capilla donde aprendí a rezar. Pero no pensaba en una entrega total a Dios. Me parecía que esas cosas no eran para mí.


¿Cuándo prendió en usted el deseo de ser monja, la vocación religiosa?

Cuando terminé mis estudios de magisterio el Señor respetó mi libertad, pero me regaló una inquietud, unas ganas de una entrega grande, de ofrecerle toda mi vida, mis ilusiones y mis gustos... Deseaba vivir sólo para Él y de una forma muy radical, sin términos medios. ¿Donde mejor que en un monasterio de clausura? Me asustaba semejante proyecto, pero sentía tan cerca la fuerza de Dios... Me asustaba semejante proyecto, pero sentía tan cerca la fuerza de Dios. Cuando se lo dije a mi confesor o a algunas personas muy cercanas se quedaban sorprendidas y no me animaban.


Y ¿qué sabía usted de monjas?

Los únicos conocimientos que tenía acerca de las monjas provenían de la lectura de "Historia de un alma", de santa Teresa del Niño Jesús. Unos días antes de venir al convento un amigo me llevó al locutorio de unas clarisas que él conocía y pude ver unas rejas, pero las que encontré aquí eran mucho más cerradas.

Siempre he tenido la certeza de que el Señor me marcó el camino. He conocido gente tan estupenda en valores humanos y sobrenaturales, que desearon una entrega semejante y no lo consiguieron. Siempre me he sentido libre, pero el Señor permite unas circunstancias que te condicionan. Te impulsan a seguir adelante.


Los primeros momentos en un cambio de vida tan radical siempre quedan grabados.

Tengo muy clara en mi imaginación la llegada a este convento, el primer saludo de la comunidad, el cambio de ropa y la primera noche. El recuerdo de mi madre me partía el corazón, pero no aparecieron las lágrimas en ningún momento. El recuerdo de mi madre me partía el corazón, pero no aparecieron las lágrimas en ningún momento.

Formábamos el noviciado cinco postulantes, dos profesas de votos simples y una maestra de novicias bastante joven. Poca idea tenía yo de la vida en una comunidad contemplativa: Silencio, soledad en la celda, pobreza, frío, mucho tiempo de oración y rezos en comunidad.

No conocía a san Agustín. Nada de la historia de nuestra Orden. Solamente tenía la seguridad de la cercanía del Señor. ¡Cuántas cosas tenía que aprender!

Tuve la suerte de convivir durante bastantes años con las hermanas que conocieron la guerra civil, la destrucción de la casa, vivir en otros conventos, volver, refugiarse en la casa de los capellanes y perseverar en su vocación en unas condiciones muy difíciles. Nos enseñaron a confiar en la Providencia, luchar sin desánimo y salir adelante como mujeres fuertesNos enseñaron a confiar en la Providencia, luchar sin desánimo y salir adelante como mujeres fuertes. ¡Qué hermosa experiencia es vencer las dificultades compartiendo con todas las hermanas! En más de una ocasión he podido comprobar que nos convertíamos en "una ciudad amurallada".

Nuestra primera formación la recibimos a través del buen ejemplo de las hermanas.

La Providencia amorosa de Dios fue haciendo el resto, sembrando en mí los ideales de nuestro padre san Agustín.


Unos principios duros y difíciles, ¿no?

En los primeros tiempos, en los momentos de desánimo, me sostenía el deseo de vivir cada día más cerca del SeñorEn los primeros tiempos, en los momentos de desánimo, me sostenía el deseo de vivir cada día más cerca del Señor. Me costaba la convivencia, me aburría en los recreos porque tenía otros gustos, otros intereses. Tuve que amar más y mejor. Pero aprendí a gozar de la compañía de las hermanas.

Debido a la destrucción del convento, que fue incendiado, habían desaparecido las cosas más elementales. Las hermanas reconstruyeron la casa sin medios suficientes y estaba completamente ruinosa.

Teníamos pocos libros porque la biblioteca había desaparecido. Afortunadamente la madre priora pudo salvar el libro de profesiones, que es nuestra carta de identidad, por donde podemos demostrar que fuimos fundadas como agustinas recoletas. No podíamos disponer de un ejemplar de la Regla y Constituciones para cada hermana. Recuerdo que en el noviciado teníamos el preciado libro, todos los días leíamos un párrafo y lo comentábamos con la madre maestra.

Aprendíamos escuchando. Muchas veces comentábamos los comienzos de nuestra comunidad. Es bueno tener un conocimiento cierto de los orígenes de la propia comunidad: fuimos fundadas por san Alonso de Orozco, agustino y muy partidario de la Recolección, el cual, aunque no fue recoleto, fundó el primer monasterio de Agustinas Recoletas sin protección real. Una casa muy pobre, monjas muy desamparadas... Cuando el agustino recoleto Teodoro Calvo nos proporcionó un ejemplar de Esclarecido Solar de las religiosas recoletas de nuestro padre San Agustín, del agustino Alonso de Villerino, disfrutamos comprobando que nuestros pensamientos se ajustaban a la realidad.


La gente tiene la idea de que una monja es una mujer que no sabe desenvolverse, que las monjas son de cortas miras, al estar encerradas. ¿Es así?

Pienso que esa forma de pensar es un error, por generalizar. Si acudo a mi currículo y al de otras monjas que conozco, nada más lejos de una “pobre mujer”, sino que una monja es una cristiana tocada especialmente por el amor de Dios que quiere seguir a Jesús en una vida de intensa oración y retiro.

No obstante, tengo que confesar que en mis primeros años de agustina recoleta tenía un horizonte muy pequeño, pero sabía que con mi oración y el ofrecimiento de mi vida podía llegar muy lejos: ser misionerasabía que con mi oración y el ofrecimiento de mi vida podía llegar muy lejos: ser misionera. Pero mis conocimientos y mis intereses estaban muy centrados en mi comunidad. Apenas teníamos relación con otras comunidades.

Pero yendo a mi caso concreto he de decir que las circunstancias me han hecho ampliar horizontes. Así, bien joven, sin haber hecho la profesión solemne, me enviaron a Motril (Granada, España), pues aquí las Agustinas Recoletas Nazarenas abrieron un colegio y necesitaban ayuda. Acudieron a mí, porque tenía el título de magisterio. Era lo último que me podía imaginar. El padre asistente me insistió, las respectivas prioras de los dos monasterios se pusieron de acuerdo y estuve allí siete años. No intervine en el traslado y esto me hacía pensar que había sido cosa de Dios [Estas hermanas son Agustinas Recoletas Nazarenas con unas normas específicas incorporadas a nuestras constituciones. Su carisma está muy orientado por la Pasión del Señor]. Cuando marché me faltaban unos meses para mi profesión solemne y, como era muy joven, mi formación se completó allí. Trabajamos mucho, me sentí aceptada desde el primer momento. Para mí son muy hermanas.

En este tiempo también pude tratar en varias ocasiones a las hermanas agustinas recoletas de los conventos del Corpus Christi y de Santo Tomas de Villanueva, ambos en Granada. Y mi horizonte se hizo más grande. Creo que me sirvió para no acostumbrarme a "mi ser", sino a aceptar con ánimo de servir aquello que nos presenta la vida.


En esta apertura de horizontes, tanto en el caso de las monjas como de todos los sectores de la Iglesia, el concilio Vaticano II contribuyó de forma singular.

Efectivamente, la reforma conciliar de la liturgia fue una bendición para las monjas. Rezar y cantar la liturgia entendiendo lo que decíamos. Abrir las rejas para participar mejor en la Eucaristía. Tener el Santísimo en el coro y hacer nosotras la exposición... Son auténticos regalos. Mejoró la formación, nos sentimos más integradas en nuestra Orden, más atención por parte de los Agustinos Recoletos. Yo me sentí mucho más hermana y comencé a conocer de cerca sus ministerios. Algunos hermanos serán recordados siempre con inmenso agradecimiento.


Además, creo que usted formó parte del consejo de la Federación española de monjas agustinas recoletas. ¿Ha sido beneficiosa la creación de la Federación?

Tuve la oportunidad de formar parte del Consejo de la Federación durante dieciocho años. Fue una experiencia muy positiva. Acompañé a la presidenta federal en algunas visitas a las comunidades y, a pesar de nuestras debilidades, manifestamos el carisma de la unidad en el amor. También visitamos los monasterios de monjas agustinas recoletas de México. A las hermanas mexicanas las siento muy cercanas en mi afecto fraterno y agradecimiento.

La fundación de la Federación ha contribuido también a la formación y a la fraternidad entre las comunidades. La fundación de la Federación ha contribuido también a la formación y a la fraternidad entre las comunidades.Las Asambleas han servido para conocernos y vivir la unión en caridad. Pienso además que hay otros asuntos que la Federación podría estudiar y hacer propuestas a los diversos monasterios, porque, como estos gozan de autonomía jurídica, que, en ocasiones, resulta excesiva, no pueden establecer normas obligatorias en muchos campos.


En casi sesenta años de monja habrá pasado por puestos de responsabilidad en la comunidad.

En distintos periodos me encomendaron la tarea de servir a la comunidad como madre priora. Siempre me sentí apoyada por mis hermanas con las que, a pesar de mis limitaciones, he procurado practicar la misericordia y animarlas a la unidad y el amor fraterno.

He sido también formadora de vocaciones extranjeras, algunas jóvenes de Kerala, India que ahora son monjas de votos solemnes; varias forman parte de la comunidad de este monasterio; algunas viven en otros monasterios. La formación de estas jóvenes fue una tarea entrañable y con la ayuda de Dios salimos adelanteLa formación de estas jóvenes fue una tarea entrañable y con la ayuda de Dios salimos adelante. Hoy están muy integradas, llevan el peso de esta comunidad y una de ellas, María Teresa, es la priora actual.


¿Ha vivido algún acontecimiento dentro de la historia del monasterio, que le haya impactado?

La celebración del IV Centenario de la Recolección fue muy importante para nosotras. Nuestro convento de la Visitación, primero de agustinas recoletas, se fundó en 1589 al igual que el primero de los Recoletos en Talavera. Las celebraciones se hicieron seguidas. Publicamos una historia de nuestra comunidad, "Santa Isabel la Real", escrita por el padre José Luis Sáenz, agustino recoleto.

Otro acontecimiento muy entrañable que nos tocó vivir a seis hermanas, entre ellas las cuatro jóvenes indias que eran profesas, fue la canonización de nuestro padre san Alonso de Orozco en Roma.

Tanto el IV centenario como la canonización fueron dos celebraciones muy hermosas porque vivimos de verdad la fraternidad agustiniana. En ambos acontecimientos participamos frailes y monjas agustinos y agustinos recoletos.


Veo que la divina Providencia la lleva muy dentro del corazón. ¿Siente alguna otra devoción especial?

Si hablamos de nuestros santos, incluidos los que no están canonizados, mis preferencias están en mis dos padres: san Agustín y san Alonso de Orozco. Siento además una veneración muy especial por el grupo de las fundadoras del convento de la Visitación y las que conocieron el traslado de la comunidad a Santa Isabel. También admiro a las hermanas que sufrieron la destrucción del convento y supieron perseverar en medio de tantos sufrimientos. De ellas he aprendido a fiarme del Amor Providente de Dios.


¿Una palabra última?

Estoy orgullosa de mi familia agustino-recoleta y dispuesta a no poner obstáculos a la obra del Espíritu para convertir mi vida en un servicio a la caridad.




¿Y tú que opinas?