Marisa, misionera agustina recoleta: “Pido ser signo de esperanza para los que han perdido todo, saber acompañarlos e incentivarlos”.
Marisa, misionera agustina recoleta: “Pido ser signo de esperanza para los que han perdido todo, saber acompañarlos e incentivarlos”. En Taiwán, acompañando a dos pequeños a un encuentro.
Marisa es argentina y nació el 22 de enero de 1969. A sus 45 años, cuenta por qué se hizo Misionera Agustina Recoleta hace 17 años y su experiencia de encuentro con Dios en todos aquellos lugares donde ha servido especialmente a los más desfavorecidos en Brasil, Argentina, España o Taiwán.



Hola, soy Marisa y hace 17 años que soy hermana Misionera Agustina Recoleta. Soy de Santa Fe, Argentina. Fui bautizada y me crié como mis cuatro hermanos en la Parroquia San José y en la escuela Niño Jesús, de los Agustinos Recoletos. Allí me empapé desde chiquita del carisma agustino recoleto; por eso, cuando sentí el llamado vocacional me di cuenta que ese era mi carisma, porque lo había recibido desde pequeña.



Cuando tenía 23 años y casi terminando la universidad, descubrí que Dios me estaba llamando a ser religiosa, y, aunque no quería y no entendía muy bien lo que eso significaría en mi vida, le dije que sí. ¿Por qué? Porque creo que es imposible escuchar la llamada de Dios y no decirle que sí, porque la felicidad que él nos regala es inmensa y no podemos no decirle sí a su proyecto de amor para con nosotros; porque el sueño que Dios soñó para mí me hace plenamente feliz y me impulsa a compartir mi felicidad con los demás...Creo que es imposible escuchar la llamada de Dios y no decirle que sí

Por eso, para mí la felicidad fue descubrir el sueño de Dios para mi vida, que está en sintonía con el sueño de Dios para la humanidad. Para hacer realidad ese sueño puse todo mi ser, toda mi vida al servicio de los demás, así como soy, barro y aliento divino, confiada en que Él puede obrar grandes cosas a través de mi pequeñez, de mis pobrezas, y hasta de mis miedos...

A lo largo de estos 20 años, desde que inicié este camino como misionera agustina recoleta, he sentido fuerte la experiencia del amor de Dios, sobre todo en el encuentro con las personas más desfavorecidas, menos tenidas en cuenta. Muy fuerte fue la experiencia en Lábrea, Amazonas (Brasil) con personas muy carentes que te comparten todo lo que tienen. Allí, cuando era novicia, tuve la oportunidad de visitar las comunidades a lo largo del río Purús; comunidades que celebran su fe y su confianza en la Providencia cada domingo, a pesar de que el sacerdote sólo pueda llegar una o dos veces al año para celebrar con ellos los sacramentos.

También en los barrios marginados del gran Buenos Aires, acompañando las realidades de familias destrozadas por el alcohol, la droga, la violencia familiar, la falta de condiciones mínimas de higiene, vivienda y alimentación, pero que siguen confiando en el Dios de la vida, compartiendo con sus vecinos lo poquito que tienes y consiguen.En los barrios del gran Buenos Aires viví las realidades de familias destrozadas por el alcohol, la droga, la violencia familiar, la falta de condiciones mínimas de higiene, vivienda y alimentación

Descubrí también a Dios en Itabuna, sur del estado de Bahía (Brasil), visitando a los encarcelados y acompañando a sus familias, descubriendo junto con ellos la misericordia de Dios que nunca nos abandona. Y lo encontré buscando para los encarcelados condiciones más dignas, más humanas, mientras esperan ser juzgados.

Esta experiencia de acompañar a los privados de la libertad en Itabuna fue para mí tan fuerte que, cuando me destinaron a Taiwán, a pesar de no saber hablar ni el mandarín ni el taiwanés, sentí muy profundo el llamado a acompañar a los miembros de la pastoral penitenciaria en las visitas a las mujeres de la cárcel que quedaba muy cerca de nuestra comunidad.

La gran mayoría de las 1.200 mujeres que allí estaban no conocían nada o casi nada de Jesucristo, de lo que significa ser cristiano, ni nada de lo que para nosotros, en Occidente, es tan natural; aunque muchos aquí se llamen agnósticos o ateos.En Taiwán acompañaba a las presas con mi sola presencia, porque de mi boca no podían escuchar más que “hola”, “adiós” y “muchas gracias”…

Sin embargo, un pequeño grupo de jóvenes había decidido participar todos los viernes en el grupo bíblico y allí estaban, compartiendo sus vidas a la luz de la Palabra de Dios, y allí los acompañaba con mi sola presencia, porque de mi boca no podían escuchar más que hola, adiós y muchas gracias…

Hace tres años que vivo en Madrid, en el barrio de san Blas, y desde que llegué me pidieron para participar de la acogida parroquial en Cáritas. Para mí ha sido una experiencia totalmente nueva, que me hace salir permanentemente de mis fronteras para encontrarme con la realidad de tantos hermanos que lo están pasando mal porque han perdido su trabajo, su casa, su ilusión.

Le pido a Jesús cada día, y sobre todo cada martes que tenemos la acogida, que pueda ser signo de esperanza para los que la han perdido o están a punto de perderla, y que nos muestre cuál es la mejor forma de acompañarlos, de incentivarlos para salir adelante en medio de la crisis que esta sociedad española está viviendo.

Una frase de Agustín que me impactó cuando estaba descubriendo el llamado de Dios, fue: el dardo de tu Palabra atravesó mi corazón y te amé. Para mí siempre ha sido muy fuerte el llamado de volver al corazón, porque allí puedo encontrarme con Dios, conmigo misma y con mis hermanos.

En el corazón puedo descubrir una y otra vez ese sueño de Dios para mi vida y para la humanidad y volver a entregarme a Él por entero. El sí al llamado de Dios se renueva cada día, cada mañana confirmamos nuestra vocación y nuestro sí. Y esa es mi experiencia de recolección: volver cada día al corazón en el silencio, en la oración, redescubrir ese sueño y renovar mi sí, para volver a entregarmea los demás como Dios me pide.Una frase de Agustín me impactó: “el dardo de tu Palabra atravesó mi corazón y te amé

Agradezco infinitamente a Dios el regalo precioso de esta vocación que llevo en vasija de barro y le pido que siga llamando a much@s jóvenes, descubriéndoles lo que sueña para cada un@ y fortaleciéndol@s con su Espíritu para que no tengan miedo de decir, como María y como tant@s consagrad@s, su Sí a su Proyecto de Amor.


¿Y tú que opinas?