Danilo: “He podido constatar, mirando a todas las personas que me acompañaban, que la vocación no es cosa de uno, sino de toda la comunidad-Iglesia”
Danilo: “He podido constatar, mirando a todas las personas que me acompañaban, que la vocación no es cosa de uno, sino de toda la comunidad-Iglesia”
Danilo José Janegitz es un joven brasileño de 27 años, agustino recoleto, residente en Madrid, en la Parroquia de Nuestra Señora de Loreto del pueblo de Barajas. Hace un par de años concluyó la licenciatura en Teología por la Facultad de Granada y actualmente estudia el máster-licencia en Teología de Vida Religiosa en el ITUR de la Universidad Pontificia de Salamanca, en Madrid.



¿Dónde pasaste tu infancia? ¿En qué ambiente te desenvolviste?

Mi infancia la pasé en mi ciudad natal, Paraguaçu Paulista, en el interior del estado de São Paulo (Brasil). Allí viví hasta que cumplí 18 años de edad, en un ambiente que ha sido muy importante para mi vida posterior. Fue una infancia tranquila, algo enfermiza, pero dentro de la normalidad.

Mis padres fueron la causa de mis primeros pasos en la Iglesia Católica; fueron sin duda mis primeros catequistas. Aunque no desarrollaban ningún trabajo pastoral en la Iglesia, he podido vivir en casa una espiritualidad muy fecunda. Desde muy pronto empecé a participar en diversas actividades de la parroquia: grupo de monaguillos, catequesis y coro de niños. Mis padres fueron sin duda mis primeros catequistas


¿Qué experiencia de Dios has tenido en tu vida? ¿Cómo te ha salido al paso?

La experiencia de Dios en mi vida la vinculo a mi nacimiento. Soy prematuro y mi madre tuvo una preeclampsia, una complicación grave durante el embarazo. Fue un parto muy complejo. Estuve ingresado en una incubadora neonatal durante 22 días, con pocas perspectivas de vida.

Mi familia y yo hemos visto siempre este hecho como una experiencia de Dios muy intensa, puesto que acercó a mi familia a Dios y pudimos valorar la vida como un regalo, como un don. Luego tuve con el tiempo la certeza de que el Señor me había llamado desde el vientre materno, como al profeta Jeremías: “Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré” (Jr 1,5).

Considero que Dios fue poco a poco tornándose un amigo, un confidente y un compañero de todas las horas. Desde niño he aprendido a tener una vida de oración que con mi edad y con el andar de la vida puedo decir que fue y sigue madurando.

La vida es un regalo, un don. Tener pocas perspectivas de vida me ha hecho vincular la experiencia de Dios a mi propia vidaNo recuerdo ninguna experiencia particularmente especial de encuentro con Dios; creo que en mi caso fue algo natural, al ritmo de la vida. Eso sí, tengo presentes un conjunto de experiencias que fueron forjando esa única experiencia: la de sentirme amado y alcanzado por Él.

Hay días en los que uno se siente también algo desconectado de Dios, pero esta experiencia fundante hace retomar el camino continuamente. He encontrado a Dios, o mejor, he sido encontrado por Él en la soledad y en la comunidad, por muy paradójico que pueda parecer.


¿Y tu historia vocacional?

Mi historia vocacional empezó concretamente con la llamada de un amigo, hoy fraile de la Orden de san Agustín, a participar de los encuentros vocacionales que los agustinos recoletos estaban promoviendo en mi ciudad natal.

La verdad es que no tenía muchas ganas de ir, pero fui a conocer aquello. De pronto empecé a sentirme muy inquieto, a hacer muchas preguntas sobre mi vida y mi historia, algo primordial en mi proceso vocacional. En este período yo me preparaba para el sacramento de la confirmación, y fue cuando me sentí interpelado más directamente por Dios a consagrarme a Él.

Pero esta experiencia en el hervor de la adolescencia quedó aparcada; tenía otros sueños y otras ilusiones; para poder acoger la llamada de Dios tenía que poner primero los pies en la tierra y dejarme de fantasías. Este proceso fue algo conflictivo para mí, pues a mis búsquedas e inquietudes se sumó el enamoramiento y el noviazgo.

Por fin, con 18 años, después de un acompañamiento, decidí dar el paso y entrar en el seminario de los Agustinos Recoletos en Maringá, en otro Estado diferente, a unos 300 kilómetros de mi ciudad. Mi familia me ha apoyado incondicionalmente, aunque mi madre me aconsejaba que cursara primero una carrera universitaria, ya que acababa de aprobar la selectividad para estudiar psicología.Una vez tomada la decisión, fui sin miedo al seminario. Mi familia me ha apoyado incondicionalmente

Una vez tomada la decisión, fui sin miedo al seminario, pues lo que veía como algo nuevo y como una oportunidad de ver más de cerca lo que Dios quería para mí. En Maringá estuve casi tres años, en el postulantado.

Cursé filosofía y a la vez hice un proceso más serio de acompañamiento que me proporcionó herramientas importantes para el autoconocimiento y para la vida agustino-recoleta desde la psicología, filosofía y espiritualidad.


La continuación de ese proceso te trajo hasta España…

En el año 2007 vine a España para el noviciado en Monachil (Granada). Fue una experiencia única, en la que se me abrieron los ojos y pude ver que el carisma agustino recoleto era vivido por mucha gente en diferentes países y desde todas las edades.

El 4 de octubre de 2008 hice los votos simples y enseguida empecé a estudiar teología juntamente con los compañeros profesos. Por algunos problemas personales, decidí pasar un tiempo fuera, junto a mi familia. Tuve un buen puesto de trabajo en mi ciudad, empecé a estudiar psicología, pero sentía que Dios me seguía llamando a la vida agustino-recoleta.

Fue cuando pedí a los superiores regresar. Y en un año estaba otra vez en España, viviendo el proyecto de Dios. Profesé nuevamente en el año 2012, y tuve la oportunidad de hacer el mes de preparación para la profesión solemne, el momento de ese sí definitivo para consagrarme a Dios en la familia agustino-recoleta.


¿Ha sido un punto y final en tu proceso?

Creo que estoy aproximándome a la cúspide del proceso formativo inicial, pero considero que la formación en la vida consagrada debe ser continuada, es un proceso que dura toda la vida. Aunque el primer sí debe ser definitivo, todos los días tenemos que dar respuesta a la llamada de Dios.

El mismo Dios que me llamó hace unos años, me sigue llamando hoy, mañana, pasado-mañana… La formación me ayuda a ir configurando con Dios esa existencia desde la experiencia concreta y personal de cada día, ya que Dios es siempre novedad. La formación en la vida consagrada debe ser continuada, dura toda la vida. Dios es siempre novedad.

En realidad siento que estoy empezando. Considero mi proceso como la construcción de un edificio, y diría que ya están puestas las columnas y las bases. El reto es seguir la construcción, teniendo en cuenta las palabras del salmista: “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”.

Espero llegar al final y decir como el apóstol: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora m aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su manifestación” (2Tim 4, 7-8).


¿Qué supuso para ti esa preparación especial antes de la profesión solemne?

Supuso identificarme aún más con el carisma agustino recoleto. Me ayudó a tener una visión más amplia de la Orden, conocer hermanos de otros países y continentes. Ha sido una experiencia de dejarme moldear por Dios.

El hecho de haber escuchado a los hermanos que nos preceden en la vida religiosa me ha enriquecido mucho. Y uno de los mayores aprendizajes ha sido ver que cada hermano puede aportar su carisma personal dentro del carisma agustiniano.

Los dones personales actualizan el carisma, le dan fuerza y vitalidad. He aprendido a no soñar solo, hay un proyecto comunitario que nos está abriendo las ventanas para que el Espíritu Santo pueda renovarnos como comunidad carismática.


¿Y qué ha supuesto para ti la profesión solemne?

Haber hecho la profesión solemne, los votos permanentes, ha supuesto ver toda mi vida en clave vocacional.

En el día de la profesión, se me acercó un chico de aquí de la Parroquia que me preguntó cómo me sentía. Yo instintivamente contesté que estaba alegre, porque al fin y al cabo sentía que estaba haciendo lo que Dios quería, seguridad “por estar dónde uno tiene que estar”. Y un hermano que participaba del diálogo interpeló preguntando “¿Acaso no se ve la felicidad estampada en su rostro?”

Creo que es eso. Supuso dar un paso definitivo en mi vida, sabiendo que mucho me ha regalado el Señor y que también mucho me pedirá. He podido constatar, mirando a todas las personas que me acompañaban, que la vocación no es cosa de uno, sino de toda la comunidad-Iglesia.¿Acaso no se ve la felicidad estampada en su rostro?, decían el día de la profesión solemne.

He visto pasar como una película de mi vida. Intuía que los acontecimientos de mi historia personal estaban de alguna manera conectados tejiendo mi proceso vocacional. Ahora me supone seguir ratificando este sí a lo largo de mi vida desde la perseverancia, que es más cosa de Dios que de uno mismo. Pido a Dios el don de la perseverancia para que mi vida sea una entrega a él y a los hermanos y hermanas.


¿Qué expectativas tienes como parte de la familia de los agustinos recoletos para toda la vida?

Espero responder a la altura de lo que la familia de los agustinos recoletos me ha proporcionado en estos años de formación inicial. He aprendido mucho con su paciencia, con su dedicación, cuidado y también con los fallos humanos, que existen en todos los grupos formados por personas de carne y hueso.

Deseo vivir mi consagración en la vida común desde la espiritualidad agustiniana. Espero ser un hombre abierto a mi entorno, persona de interioridad, comunión, fraternidad y misión.

Por fin, diría que lo que más me motiva es poder entregar mi vida a Dios por medio de esta familia ya que ella me ayudó a encontrarme como persona, me ha dado el sentido de mi vida y la alegría del discipulado. Pero no quiero hacer grandes ideales, quiero apenas responder día a día a cada necesidad particular y a cada circunstancia concreta; “¡He aquí tu siervo, Señor!”, quiero decir cada día como María.


¿Cómo dirías a alguien de la calle qué es eso de la vocación?

Solamente diría que la vocación es como una semilla que Dios planta en nuestro corazón. Esta semilla crecerá y dará fruto en la medida en que la cuidemos. En su crecimiento podrá encontrar obstáculos, piedras, mucho frío o calor, pero el cuidado para que desarrolle, le hará fuerte ante las adversidades.No hay vocación sin cuidado. Una semilla crece y da fruto en la medida en que la cuidemos.

No hay vocación sin cuidado; somos llamados a la fecundidad espiritual. La relación personal con Dios nos transforma para que demos vida a los demás en la comunidad-fraterna.


¿Y tú que opinas?