Cleusa, testimonio y escuela de vida para las misioneras de hoy
Cleusa, testimonio y escuela de vida para las misioneras de hoy Agustina, Juliana y Francisca, novicias misioneras agustinas recoletas, en Bogotá.
Las Misioneras Agustinas Recoletas (MAR) es una congregación femenina de vida activa nacida en el seno de la Familia Agustino-Recoleta. Una de sus figuras clave de finales del siglo XX fue Cleusa, religiosa que murió asesinada en 1985 por su viva defensa de los derechos de los pueblos indígenas. Casi 30 años después, su testimonio sigue marcando la vida de otras personas. Tres jóvenes novicias MAR (Francisca, Juliana y María Agustina) relatan en primera persona lo que la figura de Cleusa representa para ellas.



La misionera agustina recoleta Cleusa Carolina Rody Coelho nació en Cachoeiro de Itapemirim, (Espíritu Santo, Brasil) en 1933. Tras estudiar Magisterio en la universidad, sintió la vocación misionera y en 1958 acabó su formación como religiosa MAR emitiendo los votos perpetuos. Dedicó su vida a diversos apostolados: enfermera, catequista, profesora, educadora, misionera, comunidades eclesiales de base. Estuvo junto a aquellos que casi nadie quería estar: presidiaros, enfermos de lepra, familias sumidas en la miseria y pueblos indígenas.

Con estos últimos trabaja de manera especial desde 1982 y casi en exclusiva desde 1984. Eran tiempos duros en la lucha de los derechos de los pueblos indígenas en Brasil. Hasta 1988 la Constitución brasileña no reconoció la demarcación de tierras. La década previa a ese hito histórico se caracterizó por la constitución de organizaciones informales, políticamente activas pero poco institucionalizadas, que reivindicaban los derechos territoriales y asistenciales mediante la acción de líderes carismáticos y de algunos líderes tradicionales de las aldeas.

En aquellos años se comenzó a idealizar la Unión de Naciones Indígenas (UNI), con jóvenes indígenas estudiantes apoyados por sectores progresistas del mundo de la Enseñanza, por la Iglesia Católica y por ONGs, que desencadenaron un proceso decisivo de movilización de las comunidades indígenas a favor de sus derechos, de su tierra, de la valorización de la cultura propia y de la lucha contra los prejuicios y discriminación social.

Cleusa fue una de estas líderes carismáticas: por conciencia, carisma y determinación individual, pero también por vocación religiosa y por asumirlo como su misión a petición del Señor y de su propia Congregación, tuvo cierto protagonismo y una gran responsabilidad en la lucha indígena en la región del medio y alto Purús. Algo que a la larga le llevó a la muerte, como a muchos otros de estos luchadores de la dignidad humana.

Entre 1993 y 1998 hubo más de 194 homicidios y 300 tentativas en Brasil por los mismos motivos que fue asesinada Cleusa; también masacres, como la de la etnia Tikuna en 1988 o de los Yanomami en 1993.Cleusa fue una de estas líderes carismáticas: por conciencia, carisma y determinación individual, pero también por vocación religiosa y por asumirlo como su misión

Cleusa se compromete con todas sus consecuencias en la defensa de los indígenas de la región. Los visita, orienta, evangeliza con respeto de su cultura, los defiende y acompaña. Estas actitudes van creando hostilidad hacia ella. Surgen amenazas de muerte, primero camufladas, poco a poco más descaradas. Y la van cercando, hasta que el 28 de abril de 1985 es asesinada en el río Passiá, en el municipio de Lábrea, en el Amazonas brasileño.

Cleusa ha sido un motivo de inspiración para muchas personas ya en vida y también tras entregar ésta por los demás. Tres jóvenes novicias misioneras agustinas recoletas de diferentes lugares nos explican por qué para ellas la figura de Cleusa es un testimonio de primer orden en su vida diaria y su motivación vocacional.


Francisca

Soy Francisca Braga, y nací en 1992 en la comunidad de Novo Brasil, un área rural de la selva amazónica dentro del municipio de Lábrea. Mis padres, Abrahim y Raimunda, son agricultores y pescadores. Tengo nueve hermanos.

Mis primeras inquietudes vocacionales fueron direccionadas por el testimonio de vida de la hermana Cleusa. A lo largo del acompañamiento y formación, estas inquietudes fueron dando lugar a motivaciones más concretas: en un inicio, he sido arrastrada por el servicio y la donación total hasta el extremo; luego este deseo profundo de la salir de mí e ir hacia quien encuentro como razón de mi ser: el proprio Cristo.

Jesús es, pues, mi mayor motivación. La pasión y el deseo de ser en, para y como Él me hace vibrar, me llena de gozo, me motiva a vivir en comunidad, a amar sin medida, a donarme, a cargar con mi cruz, a renunciar a mí misma, a encontrarme íntimamente con Dios en la oración, a impulsarme y jugarme la vida por Dios, porque él antes se la jugó por mí

Hoy soy novicia misionera agustina recoleta, y con el pequeño orgullo de haber nacido y crecido en Lábrea, donde mi hermana Cleusa entregó su vida al Señor con total despojo, hasta la última gota de sangre en el martirio. Su vida ejemplar siempre me impactó. Todo el pueblo de Lábrea la venera, y esta veneración también llegó hasta mi casa. Me acuerdo siempre haber escuchado de mi madre y mis tías algo sobre una “hermana” que fue asesinada por defender a los indígenas.

Comentarios así poco a poco iban cayendo en mi corazón, causándome muchos interrogantes… Hasta que un día, durante la celebración de los 25 años del martirio de Cleusa, la Iglesia de Lábrea organiza un gran triduo recalcando su entrega generosa a Dios que se culmina en el martirio.Hoy soy novicia misionera agustina recoleta, y con el pequeño orgullo de haber nacido y crecido en Lábrea, donde mi hermana Cleusa entregó su vida al Señor

Entonces me predispuse para conocerla de cerca. La sorpresa fue grande... “Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos”. Me cuestioné: ¿qué clase de amor es ese? ¿Cómo puede llegarse tan lejos?

En la catequesis aprendí que Jesús murió por nosotros porque nos amaba; pero esta afirmación me era muy lejana y no me causaba ningún efecto, era como algo “lógico”, escuchado desde siempre, de alguien aún desconocido. Pero ahora, en este momento, yo tenía delante de mí una persona mucho más cercana en el tiempo, compañera de camino del “ribeirinhode la selva, como yo era, que había hecho lo mismo que Jesús: “entregó su vida por aquellos que amaba”.

En ninguna otra persona veía más expreso el rostro amoroso de Dios, aun desconociendo su amor, que en aquella mujer sencilla y humilde que murió amando a Alguien que la impulsaba a salir de sí y entregarse a los demás, a los que la necesitaban.

Y llegué a decirme en mi interior: ¡Quiero ser como ella! Detrás de Cleusa iba dándome cuenta de que existía algo mucho mayor y mejor de lo que mis ojos podían captar. Empecé a disponerme para buscar y a la vez dejarme ser encontrada y contagiada por esta misma fuerza que resplandecía en aquella mujer que, a pesar de una muerte cruel, permanecía viva en la memoria de las personas y de una manera u otra continuaba dando testimonio de Aquel que condujo su vida…Y llegué a decirme en mi interior: ¡Quiero ser como ella!

Cleusa amó hasta el extremo, “dando solo a Dios el Honor y la Gloria”, el lema de la congregación de las Misioneras Agustinas Recoletas. Proclamó y extendió el Reino de Dios a los predilectos de él: a los encarcelados, pobres, despreciados, enfermos, injuriados…

“Alimentó al hambriento, dio de beber al sediento, hospedó al forastero, vistió al desnudo, visitó al enfermo y a los encarcelados…”. Amar a Cristo y servirle en la persona del hermano fue su decisión e imitando al Maestro entrega su vida libremente por Aquel y aquellos que amó.

En la sencillez, la humildad, el despojamiento y en el amor, Cleusa exhaló el buen aroma de Cristo, virtudes que a lo largo de su vida resplandecieron… En Cleusa veo que el Reino de Dios está sucediendo en medio del mundo y que yo también estoy llamada a extenderlo y darlo a conocer.


Juliana

Soy Juliana Lima, nací en Vitoria (Espíritu Santo, Brasil) en 1985, hija de Leny y Denilton. A los tres años, por dificultades económicas, pasé a vivir con mis tíos en otra ciudad más pequeña y rural, fuera de la capital del estado, hasta los catorce años. Son ellos quienes me educaron en la vida y en la fe, en un ambiente religioso en que he podido conocer a Dios y a la persona de Jesús, que cambiaría toda mi vida. Ellos sembraron las semillas de mi vocación.

Desde niña participé de una comunidad eclesial de base organizada y animada que me incentivó en el estudio de la Palabra y en la vivencia comunitaria. Desde ahí nació mi gran amor por la música, que está muy entremezclada con la espiritualidad. Crecí como cualquier chica, traviesa, sonriente y saludable.

A los catorce años volví a vivir con mi madre en Vitoria, la capital del Estado. Ella se había casado con Valdemar, un buen hombre que hizo para mí una figura de padre. Cuando empecé el proceso de la catequesis de confirmación volví a participar en algunos servicios pastorales, en el coro polifónico o con las operarias de la Sagrada Familia, que hacían trabajos manuales y mantenían una farmacia accesible a los más pobres.

Durante unos cinco años visité enfermos en su domicilio o en los hospitales, residencias de personas mayores o de discapacitados, todo con gran pasión y sensibilidad, sin medir el tiempo. También participé del grupo de jóvenes, de círculos bíblicos y otros, muy involucrada en las actividades de mi parroquia, la Sagrada Familia del Jardín Camburi, en Vitoria.

Sin embargo, llegó un proceso de alejamiento gradual, y finalmente de completo abandono de toda actividad en la Iglesia y hasta de avergonzarme de decir que creía en Dios. Hasta que el año 2010, un 13 de enero, sentí una moción muy fuerte y una alegría inexplicable. Primero sentí una llamada de volver al seno de mi comunidad parroquial, y allá escuché con más claridad lo que me decía el Señor.

Empecé una búsqueda hacia a adentro. Tomé la decisión de escuchar mi corazón y, al escucharlo, descubrir a Dios palpitando dentro de mí. Y al buscarlo me encontré a mí misma. Fue un momento muy gozoso que llenó todo el vacío que tenía adentro. Empecé a hacer una revisión de mi vida y a descubrir lo que verdaderamente le daba sentido. Una vez más descubrí a Dios en mi historia, así como sus innúmeras llamadas.Tomé la decisión de escuchar mi corazón y, al escucharlo, descubrir a Dios palpitando dentro de mí.

Yo antes de este momento ya había sentido un impulso fuerte y atrayente, pero tenía un mal concepto de la vida religiosa y tampoco hab
resirio,esehistesente en medio del pueblo y llamando a tantos hombres y mujeres a seguirlo.ue de lepra y los inda. Y como recolía dado mucha atención a lo que sentía. El proceso de formación me ha ayudado a aprender a oír mis verdaderas necesidades y a centrar mi vida y mi búsqueda en la persona de Jesús. Sentía de modo irresistible querer consagrar mi vida a Dios. Ya no había miedo o límites. Mi gran preocupación era mi mamá, dejarla sola, pero ella fue muy generosa con Dios y conmigo, y es uno de los mayores apoyos que recibo a mi vocación.

Entre las congregaciones que conocí me he identificado con las Misioneras Agustinas Recoletas. Desde el primer momento sentí que era mi lugar y empecé el acompañamiento vocacional con una de las hermanas. Luego conocí la vida de madre Ángeles, una de las fundadoras, y de la hermana Cleusa, que fue muy importante en el proceso vocacional.

Cuando las Misioneras Agustinas Recoletas celebraban los 25 años de su martirio, decidí contar a mi madre que deseaba entregar mi vida a Dios a su ejemplo. A lo largo del proceso encontré algunas dificultades, pero sobre la gracia de Dios a cada día se va confirmando mi elección. Tuve el regalo de pasar una semana en la comunidad noviciado en Belo Horizonte, que confirmó mi deseo. Desde marzo de 2011 vivo en comunidades MAR y actualmente resido en la casa noviciado de Bogotá, en Colombia, como novicia.

En 2010 me presentaron la vida de Cleusa, cuando yo estaba en un periodo de discernimiento vocacional. Su vida me impactó, como mujer que vivió el evangelio, con radicalidad en su consagración, siempre en profunda y constante oración. Era una vida inmersa en Dios, totalmente entregada a él en su causa: los pobres, los excluidos, los marginalizados, con ese riesgo vital hasta el fin. Con su vida, Cleusa fue defensora de la vida.

La vida de Cleusa me impactó, como mujer que vivió el evangelio, con radicalidad en su consagración, siempre en profunda y constante oraciónPara mí y para muchos, Cleusa es una marca de la vida de Dios presente en medio de su pueblo. ¿Quién arriesgaría su vida defendiendo a los otros? Solo quien vivió entregada al verdadero amor y se dejó modelar por el maestro. Quien sigue sus pasos y se enamora de su causa; esa era Cleusa, que ilumina ahora mi vida y fortalece mi vocación, por ser modelo de consagración y de seguimiento de Jesús. La vida de Cleusa me hace enamorarme más de Cristo y su causa.

Cleusa fue una mujer libre que no conoció límites para sembrar el amor de Dios entre todos, a quienes trataba y amaba como hermanos. Cleusa encarnó ese carisma de la congregación como gran misionera, arriesgada, disponible, apasionada, alegre, viendo y sirviendo a Dios en cada rostro. Como agustina era una verdadera hermana para sus hermanas, preocupada y atenta a las demás. Fue obediente a las superiores, no tuvo miedo de defender la verdad del evangelio, su mayor regla y ley de vida. Y como recoleta se entregó a una vida de oración y recogimiento, atenta a la voz de Jesús que le llevaba a salir de si misma y servirlo en los más necesitados.

Pienso en Cleusa como ese pan que dio la vida, esa profeta que dio la voz a tantos excluidos, especialmente los enfermos de lepra y los indígenas. La considero una santa y una mártir de nuestra iglesia en pleno siglo XXI, porque los santos no son cosa del pasado, sino que Dios continua presente en medio del pueblo y llamando a muchos hombres y mujeres a seguirlo.


María Agustina

Soy María Agustina Rodríguez y nací en la Ciudad de Santa Fe (Argentina) en 1981, hija de José Miguel y Estela Guadalupe. Soy novicia de las Misioneras Agustinas Recoletas. Cuando en el año 2000 conocí a las hermanas Misioneras Agustinas Recoletas, escuché por primera vez sobre el martirio que había vivió la hermana Cleusa.

Durante mi formación tuve la gracia de leer el libro de su vida, que me impactó por su gran entrega al proyecto de Dios. Hablar de Cleusa es, para mí, hablar de una gran mujer, que se vació por completo de sí misma para dejarse llenar del amor de Dios y hacer que "Él reine", en su vida y en la vida de todo el pueblo de Lábrea.

Su peregrinar por esta vida lo vivió desde una radicalidad y entrega muy grandes, sin medir esfuerzos, ayudando a las personas marginadas, a los pobres, niños abandonados y personas enfermas.Cleusa se vació por completo de sí misma para dejarse llenar del amor de Dios y hacer que "Él reine"

Cleusa fue una mujer libre y sincera que vivió con gran simplicidad la vida misionera, que a lo largo de los años, fue descubriendo su meta, en cada paso que fue dando cargado de esperanza, ilusiones y mucho amor. Cleusa amó verdaderamente; y así, fue dejando gran parte de su vida entre los que amó y entre los que la conocieron.

Cleusa fue una mujer con un gran dinamismo misionero que la llevó a recorrer lugares inhóspitos, dejándose impulsar por Dios y entregándose sin reservarse nada. Vivió con su corazón inquieto, andando por caminos acuáticos en canoa frágil, en busca de almas sedientas de Dios; sin miedo a arriesgarse, llevando siempre mensajes de esperanza a los indios apurinã.

Ella misma decía que "comprometerse con el indio, el más pobre, despreciado, es asumir firme el caminar, confiando en un futuro cierto y que ya se va tornando presente en las pequeñas luchas y victorias, reconociendo los propios valores y derechos, buscando la unión".

Siento que esa pasión por que Él reine la hizo vivir de manera muy coherente, dedicándose por completo a la oración-misión. Viviendo una pobreza radical, en total despojo de cosas, lugares y personas. En sus escritos también se puede ver cómo vivió como Misionera Agustina Recoleta. Ordenaba su vida de tal manera que no sintió ninguna dicotomía entre la vida comunitaria y la misionera.Cleusa, secreto de Dios, Escucha sincera de la voz del Señor. Cleusa, palabra de Dios, Mensaje escrito con letras de amor.

Cleusa: tu gran corazón e inquietud te llevó hasta el martirio, pero permaneces viva en el corazón de todo el pueblo de Lábrea y en las Misioneras Agustinas Recoletas. Para mí, esa voz profética de tantos excluidos, a pesar de los años, sigue siendo signo vivo. Por tu vida donada y por tu muerte, eres nuestra mártir y santa de nuestra iglesia.

Doy gracias a Dios por habernos regalado a nuestra hermana Cleusa. Gracias a Cleusa porque su "Sí" me hace confirmar que "vale la pena arriesgarse" por el Reino.




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