La Palabra en la Eucaristía dominical: Domingo V de Cuaresma
13-03-2018
Jr 31,31-34: Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados. Sal 50,3-4.12-13.14-15: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Hb 5,7-9: Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna. Jn 12,20-33: Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.
Jn 12,20-33: Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.


Ha llegado la hora de la glorificación de Jesús; de la ejecución de su obra salvadora, de su triunfo, que a todos nos beneficia; a través de su muerte y resurrección. Será también la glorificación del Padre y, con ello, la glorificación de la creación entera. Lo llamábamos antes Domingo de Pasión. Hemos de meditar en este acontecimiento y seguir en él a Jesús con devoción. La imagen del grano que muere para multiplicar la vida es una brillante y elocuente comparación; la muerte de Jesús resulta ser fuente de vida, de vida eterna; gigante paradoja, ¡divina!, ante los ojos de la fe. Así es la de Jesús. Glorificación del Padre, glorificación del Hijo, y glorificación para todo creyente, y aun del mundo entero. El pasaje, pues, nos coloca de lleno en el misterio de la pasión y muerte de Jesús, en su momento real de la entrega de Jesús al cumplimiento de la voluntad del Padre. ¿Quién no percibe en el relato la sonoridad de los relatos de la Pasión según los otros evangelistas, en especial el momento de la Oración del Huerto? Disfrútelos el lector u oyente con la pasión de un enamorado de Jesús. La imagen del grano que muere, aplicado a Jesús, ha de aplicarse también a todo el misterio de la Iglesia, cuerpo vivo del Señor.


Hb 5,7-9: Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna.


La Carta a los Hebreos, segunda lectura, se detiene expresamente en ese momento y nos invita a considerar el valor salvador de la “obediencia” de Cristo, expresada en la humillación dolorosa de su persona para ser exaltado a “salvador” de la humanidad. La muerte, el dolor, la humillación y la sujeción a la limitación humana y el padecimiento ante las embestidas del Maligno, poseen en el cristiano, como en Cristo, valor salvador. “Si morimos con Cristo, viviremos con él …” no asegura Pablo en una de sus cartas. Hemos de tenerlo en cuenta, pues es algo que podemos fácilmente olvidar. No solemos apreciar el valor salvífico de la muerte cristiana - ¡encuentro con el Padre! -, ni el de las contrariedades de la vida.


Jr 31,31-34: Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados. 


Desde atrás, y esta vez es Jeremías, viene Dios asegurándonos no solo el perdón de los pecados, sino también el cambio radical de la relación del hombre con él. No era cuestión de cambiar las normas, sino el corazón del hombre. Será el nuevo “compromiso” de Dios, la Alianza nueva. Alianza con incidencia en la vida eterna. Hemos de tener fe en ello y esperanza también. Cristo Jesús, en su misterio pascual, es la realización perfecta de tal proyecto de Dios. ¿No dice Jesús, en la institución de la Eucaristía, “¿Sangre de la Nueva Alianza” o, de otra manera, la “Nueva Alianza en mi sangre”? ¿Y qué otra cosa puede sugerirnos el término “sangre” que no sea su muerte redentora? La Cuaresma nos invita a centrar nuestra atención en los misterios salvadores de Jesús: su muerte y resurrección salvadoras.


José Antonio Ciordia, St. Nicholas of Tolentine Monastery,  Union City NJ



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