Domingo VI del tiempo ordinario: Valientes y disponibles
11-02-2018
«La pretensión de Jesús no fue otra que reclamar y defender la dignidad de todas las personas. Esta opción liberadora le condujo irremediablemente a la muerte. Tenemos que asumir con fuerza la tarea, sirviendo al hombre y a la sociedad para contribuir a la construcción de una sociedad mucho más humana».

Ante los problemas podemos reaccionar afrontándolos a la primera o bien sublimándolos y escondiéndolos poniéndonos un máscara, aunque no sea carnaval. Cierto es que la única forma de solucionar los problemas es afrontarlos en primera persona y, si la solución nos supera, o no somos capaces de ver el camino que conduce hacia ella, hemos de pedir ayuda venciendo todos nuestros prejuicios y nuestra autosuficiencia.

Y hablando de romper fronteras y prejuicios situémonos en el evangelio de hoy. La primera lectura describe muy bien cuál era la situación de los que eran considerados impuros. Pero el leproso reconoce en Jesús la posibilidad de quedar sanado y en vez de anunciar su impureza, incumple la ley y se acerca a Jesús, que no reniega sino que se compadece y libera de la enfermedad. Aquí tenemos una contraposición más entre el mensaje de Jesús y el prescrito por los caciques de la época. Frente a quienes estaban obsesionados por mantenerse inmaculados y puros, las manos de Jesús rompen las distancias rituales y convierten el cuerpo en lugar de salvación. Si tocar hace a unos impuros, Jesús toca y transforma dejando a la impureza sin poder de contagio.

La misericordia de Dios para con todos, y especialmente con los más débiles queda demostrada una vez más. Los cuerpos llenos de culpa se convierten en auténticos espejos del amor de un Dios que tiene permanentemente abierta la mano de la ternura. El amor, la libertad, la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Tendríamos que dar este paso si de verdad queremos seguir a Jesús con honestidad.

Amar al hermano es conmoverse, hacerse próximo, abajarse, concretar el amor en gestos. La pretensión de Jesús no fue otra que reclamar y defender la dignidad de todas las personas. Esta opción liberadora le condujo irremediablemente a la muerte. Tenemos que asumir con fuerza la tarea, sirviendo al hombre y a la sociedad para contribuir a la construcción de una sociedad mucho más humana, que encuentra su concreción en la solidaridad con los empobrecidos y marginados que están entre nosotros y más allá de nuestras fronteras. Sin este compromiso honrado difícilmente podremos pronunciar la palabra “Dios” sin que se nos retuerza nuestro egoísmo y se nos trabe la lengua, pues no dejará de ser una palabra hueca.

No vale ya la solidaridad del sofá. No vale la lágrima compasiva que dura un telediario. No vale tranquilizar la conciencia a base de dinero; ni tampoco quedarnos sólo en la oración si está en nuestra mano hacer algo más. Nuestro compromiso cristiano tiene que pedirnos más. No tiene que ser un compromiso intermitente, a ritmo de tragedia o de telemaratón, o de fervorín, sino constante y consciente.

Cada uno con nuestros problemas a cuestas pero que no sean los prejuicios ni las normas absurdas las que nos impidan estar disponibles para que otros puedan encontrar en nosotros un rayo de esperanza. De igual manera, jamás tengamos miedo a buscar un remedio, una mano abierta que nos ayude a salir del charco, por muy grande y profundo que nos parezca. Lo más probable es que quedemos “limpios, sanos y curados”.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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