Domingo IV del tiempo ordinario: Hablar con la vida
28-01-2018 Punto de vista
«Si como seguidores de Jesús queremos que todo el mundo comparta nuestro modo de vida debemos actuar con coherencia y hacer que nuestra vida respalde nuestra palabra. No se necesitan, ni se han necesitado nunca, creyentes perfectos e intachables sino personas capaces de convivir con sus luces y sombras».

Vivimos sumergidos en un mar de palabras y mensajes de todo tipo. Y, aunque parezca que se han extinguido los viejos charlatanes, siguen existiendo, pero ahora actúan de otra manera, aprovechando las nuevas tecnologías.

Jesús llamaba la atención porque era un maestro diferente; no era como los demás porque enseñaba con autoridad, con frescura. Respecto a lo que eran los maestros de la época la diferencia fundamental está en que ellos fundamentaban su autoridad en citas de la Escritura, de la que eran exegetas, mientras que Jesús acompañaba su enseñanza con acciones, cosa que los otros no podían hacer. Esa la fuente de su autoridad. Y todo ello gracias a que poseía el Espíritu Santo de forma que su palabra era ni más ni menos que palabra de Dios, llana y accesible. No lo hacía mediante discursos eruditos y alambicados, sino de forma que su mensaje lo pudiese entender la gente sencilla. El Espíritu de Dios, el espíritu de la verdad vence al espíritu inmundo, que bebía de las fuentes de los letrados y maestros de la ley que adocenaban a la gente cercenando su espíritu crítico por miedo a no sé cuantos castigos divinos. Ante la enseñanza de Jesús el “objetor” se da por vencido y la gente comienza a atisbar en Jesús un Mesías, un verdadero profeta que trae un mensaje de vida y libertad, de igualdad, sin perderse en un bla, bla, bla sin fin y, lo que es más grave, sin coherencia, a pesar de la aparente verdad.

Si como seguidores de Jesús queremos que todo el mundo comparta nuestro modo de vida, debemos actuar con coherencia y hacer que nuestra vida respalde nuestra palabra. No se necesitan, ni se han necesitado nunca, creyentes perfectos e intachables sino personas capaces de convivir con sus luces y sombras. A lo largo de la historia se nos ha llenado la boca de hablar de moral, de síes y noes, de puros e impuros. El disco de los mandamientos se nos ha rayado de tanto insistir en el sexto sin ser conscientes de que la vida se juega entre el primero y el segundo. No es más cristiano y mejor seguidor el que más cumple, el que tiene la camisa más limpia, el que conquista medallas sacramentales, que el analfabeto de leyes y preceptos, pero que lleva una vida sencilla intentando que los demás sean, por lo menos, tan felices como él. Quizá lo que nos cuesta en esta sociedad plural es marcar el camino hacia la experiencia del Dios de la vida, del Dios de la libertad. Tenemos demasiados miedos y apretamos los cinturones de la ortodoxia silenciando profetas como si en eso nos fuese la vida.

Como dice una canción de Brotes de Olivo, Si no vivo lo que pienso, ¿para qué pensar? Si no vivo lo que escribo, ¿para qué escribir? Si no vivo lo que canto, ¿para qué cantar? Si no vivo lo que siento, ¿para qué sentir? Ojalá todos seamos capaces de escuchar la Palabra de Dios para que modele nuestros corazones y vivir de la mejor forma posible aquello que celebramos. Ese será nuestro sincero y honrado testimonio de cristianos, nuestra experiencia del Dios de la vida frente a los falsos profetas y los agoreros y los papagayos. Así anunciaremos al Señor con nuestra vida.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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