Domingo III del tiempo ordinario: Salir del laberinto
21-01-2018
«Tenemos que ver el seguimiento con gafas de optimismo y no con lupa de rigorismo o de una austeridad esforzada que se nos impone. Mejor desde el evangelio, que nos plantea buenas noticias, que desde el calabozo de las leyes. Desde el don que desde la ascesis heroica; desde la llamada y la invitación y no desde el mérito por haber respondido».

El laberinto Dole Plantatión, situado en Hawai es, según el libro de Records Guinnes, el más grande del mundo. Aventureros y curiosos se “sumergen” en los pasillos que forman las catorce mil plantas que lo forman con el fin de “perderse” y encontrar después la salida.

La experiencia del laberinto aparece de vez en cuando en nuestras vidas sin necesidad de ir a un parque o un jardín. Muchas veces cuando metemos la pata nuestra cabeza comienza a dar vueltas hasta que nos atrevemos a dirigirnos a quien hemos ofendido y, si nos perdona, respiramos aliviados porque, por fin, hemos encontrado la “salida” a nuestro laberinto particular.

Los ninivitas eran la gran potencia militar de la época y habían cometido toda clase desmanes y abusos. Por ello veían casi imposible encontrar el perdón de Dios. Jonás, en contra de todos sus principios, les da un ultimátum de parte de Dios. Ellos, asustados por la amenaza de destrucción, lo toman en serio y se convierten. En la cabeza de Jonás, como en la de tantos que se dicen seguidores de Jesús, no cabe que la idea de que Dios sea tan misericordioso.

El evangelio nos presenta el que va a ser a partir de ahora su enseñanza y proyecto: Convertíos y creed en la Buena Noticia. La conversión significa un cambio total en la forma de vivir, en lo que se ha hecho hasta ahora. Y eso no es algo que pueda hacerse de la noche a la mañana. Jesús pedía un cambio de vida necesario porque el Reino había llegado. No les dice que hagan penitencia ni que se sometan a sacrificios absurdos. Lo que les pide es que abran sus mentes a lo nuevo, al mensaje del Reino.

La escena principal del evangelio evoca la del domingo pasado. Seguir a Jesús no es cumplir normas, ni recibir sacramentos con la misma emoción y entusiasmo que quien recibe un premio de consolación, sino asumir su modo de vida dispuestos a no mirarnos ya a nosotros mismos sino a los otros. El objetivo no es la perfección individual sino el servicio al otro. Sobran demasiados imitadores de Jesús interesados en la santidad de su ombligo, convencidos de que el favor de Dios se gana en el reclinatorio pero, que curioso, a Jesús no le gustaban ni los reclinatorios ni los pelotas. Pasa junto al lago y llama a los primeros discípulos para convertirlos en pescadores de hombres. El mar se consideraba un lugar desconocido que encerraba peligros y tinieblas. Ellos van a ser los encargados de “pescar”, de rescatar a los hombres de esos peligros para conducirlos a la vida, que brota del mensaje del Reino.

Pensémoslo fríamente, Jesús pasa delante de nuestros lagos y nos llama a ser pescadores, rescatadores, mensajeros de felicidad. ¿Por qué tenemos la tentación de mirar para otro lado y no nos convertimos y creemos? O ¿Por qué como Jonás nos reconcome que algunos se conviertan? En este domingo Jesús también nos llama a nosotros a la conversión, a cambiar de mentalidad, a mover el timón de nuestra vida, a virar buscando los vientos favorables no sólo de nuestros intereses sino los que más convengan. Hace falta audacia para explorar nuevos mares, para abrir nuevas rutas. Vivimos tiempos de carestía. Hacen falta pescadores que sepan dar lo mejor de sí, que por su modo de vida hagan atractivo el mensaje que portan. No se trata ni mucho menos de engañar a nadie pero, nos gusté o no, nuestro mensaje no es atractivo, nos falta gancho, imaginación… Tenemos que ver el seguimiento con gafas de optimismo y no con lupa de rigorismo o de una austeridad esforzada que se nos impone. Mejor desde el evangelio, que nos plantea buenas noticias, que desde el calabozo de las leyes. Desde el don que desde la ascesis heroica; desde la llamada y la invitación y no desde el mérito por haber respondido.

Pescadores de hombres, alegría y felicidad en los vericuetos y laberintos de la vida. Puede que todavía no estemos preparados para asumir esa responsabilidad, que todavía necesitemos conversión. No basta ni el estar bautizado, ni ser creyente, ni ser practicante. La conversión es entrar en un proceso que debe durar toda la vida. Sin un cambio en la estructura interior de la persona, nunca se producirá el cambio en la sociedad que todos esperamos. Es hora de ponerse en camino y buscar la salida.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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