Domingo IV de Adviento: Junto a María
24-12-2017 Punto de vista
«¡Cómo Dios puede nacer en un mujer que no supo de joyas ni peluquerías, ni de terciopelo! Se nos demuestra que la riqueza, no está en los adornos, está en la sencillez de saber que la vida de cada uno está al servicio de los demás. En este caso, al servicio de Dios».

Cuando uno es sencillo bien en su manera de hablar, o de actuar, corre el riesgo de ser tomado por tonto, por ingenuo, por elemental. Sin embargo existen personas que hacen de la sencillez su bandera abriendo sin prejuicios las puertas de su vida y ayudándonos a la vez a que abramos la nuestra. Frente a éstos, existen mandones, caciques y caudillos, personajes que mandan más o que mandan menos, empeñados en trazar bien las fronteras de sus actuaciones y en dirigir sin escrúpulo la vida del otro. Amantes de lo ajeno y de lo propio. Sencillez o soberbia, manos abiertas o cerradas. Dejar que Dios haga en nosotros o querer nosotros modelar a Dios.

En esta misma línea, en las lecturas de hoy destaca el contraste entre la actitud de David, que después de hacerse un palacio, decide hacer un favor a Dios, construyéndole un templo para que habite; y la actitud de María que ve sólo la gratuidad de Dios para con ella. La humildad de María hace posible el acercamiento a Dios. La soberbia de David, aleja de Él. La lección es clara: nosotros no podemos hacer nada por Dios, es Él el que lo hace todo por nosotros. Ni siquiera tenemos que comprar su voluntad a partir de sacrificios y oraciones. Él se nos da totalmente antes de que nosotros hayamos llegado a ser. Pensándolo fríamente no resulta muy difícil de comprender pero en la práctica en la vida real no resulta tan fácil la tentación de intentar comprar a Dios, de intentar convertirlo en una marioneta a nuestro antojo.

Aunque el pasaje de la anunciación lo leíamos hace muy poco, el día de la Inmaculada, me gustaría que nos centrásemos de nuevo en la figura de María. De nuevo hay que partir de una idea no siempre aceptada o digerida: María era una mujer de su época, normal y corriente, que estaba desposada con José. Va siendo hora ya de que miremos a María cara a cara y nos convenzamos de que la encarnación de Dios no depende de la perfección de la persona en que se encarna. Hemos insistido tanto en los privilegios de María como preparación para la encarnación, que hemos convertido en impensable la encarnación de Dios en alguien, que no sea perfecto. Desde luego que con nuestros criterios nos puede quizá parecer impensable que todo un Dios se fije en una mujer de pueblo, y no en una señorita de la “jet set” hija de un ricachón. ¡Cómo Dios puede nacer en un mujer que no supo de joyas ni peluquerías, ni de terciopelo! Se nos demuestra que la riqueza, no está en los adornos, está en la sencillez de saber que la vida de cada uno está al servicio de los demás. En este caso, al servicio de Dios.

Además, en mi opinión, tampoco hemos comprendido del todo, cómo el Dios que en el Antiguo Testamento se manifiesta como el invencible, todopoderoso, grande y terrible… que no deja que le hagan casa alguna, pide ahora el consentimiento a una humilde muchacha para dar comienzo a su encarnación. Tristemente, nos sentimos más cómodos con un Dios que nos mira con recelo, que con otro que se deshace en ternura. No queremos comprender que Dios se hace presente en los acontecimientos más sencillos. Seguimos esperando portentos y milagros en los que se manifieste el Dios que nos hemos fabricado. Al contrario, en cualquier acontecimiento por sencillo que sea, podemos descubrirlo. Somos nosotros los que ponemos a Dios allí donde lo vemos.

Hoy, a pocas horas para que nazca el Niño, debemos volver nuestros ojos a María, y meditar sobre su figura desde el realismo y la valentía. María es una de las nuestras. María deja a Dios ser Dios en su vida. Ahí está la grandeza, la sencillez. “Aquí estoy, haz lo que quieras, de Ti, me fío”. Que Dios nazca en nuestro interior no sólo depende del ansia, del deseo con que le esperemos. Depende también de que abramos nuestro corazón para que encuentre acomodo, en dejar que sea Dios en nosotros. No tenemos que cerrar nuestros oídos a la voz de Dios ni pretender metérnoslo en el bolsillo a fuerza de sacrificios y coacciones porque nos pasará como a David. Ser sencillo no es elegir por vocación multiplicarse por cero. Es saber que la vida no es sólo nuestra. María es un ejemplo a seguir. David es una tentación a evitar.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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