Domingo II de Adviento: Como un taxi por desierto
10-12-2017 Punto de vista
«Para sentir la fuerza del mensaje de Isaías tenemos que ponernos en la situación del pueblo de Israel cuando recibe un mensaje de alegría, de luz, por boca del profeta a quien se le ha encargado que hable al corazón del pueblo para hacerle razonar e indicarle que el destierro está a punto de concluir, que llega el momento de emprender el viaje de regreso, y la ruta de vuelta, que hay que allanar abajando montes y elevando valles, no es otra que la jalonada por el modo de vida derivado del cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios. La única apisonadora capaz de convertir los montes de la soberbia y los valles de la dejadez en un verdadero “camino”».

«Errante como un taxi por el desierto, quemado como el cielo de Chernovil, solo como un poeta en el aeropuerto… así estoy yo, así estoy yo, sin ti». De esta forma cantaba su soledad Joaquín Sabina hace unos años en su canción Así estoy yo sin ti. Coloquémonos en el desierto, sí, en el desierto a bordo de ese taxi errante, entonando esta canción. Estaríamos justamente en el extremo contrario de lo que suele ser nuestra vida, llena de ruidos y ajetreos. En el desierto no hay lugar para los ruidos sino que el silencio y la soledad hacen que nos encontramos con lo que somos.


El desierto es el lugar del futuro esperado, del nuevo comienzo escatológico y de la   conversión. La nuestra es una espiritualidad del desierto, la salvación no brota del templo de Jerusalén sino que es medio de la nada donde surge el gran grito, la gran voz por boca del Bautista que nos despierta de la monotonía y el agarbanzamiento, y enciende la lámpara de nuestra esperanza: ¡Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos!; pero mucho antes en el desierto ha resonado la voz imperativa del Padre misericordioso dirigiéndose a los profetas: Consolad, consolad a mi pueblo.

Para sentir la fuerza del mensaje de Isaías tenemos que ponernos en la situación del pueblo de Israel cuando recibe un mensaje de alegría, de luz, por boca del profeta a quien se le ha encargado que hable al corazón del pueblo para hacerle razonar e indicarle que el destierro está a punto de concluir, que llega el momento de emprender el viaje de regreso, y la ruta de vuelta, que hay que allanar abajando montes y elevando valles, no es otra que la jalonada por el modo de vida derivado del cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios. La única apisonadora capaz de convertir los montes de la soberbia y los valles de la dejadez en un verdadero “camino”. De esta manera la gloria de Dios se revelará a todas las naciones; Dios va a hacerse presente pese a todo lo ocurrido y por ello el profeta debe gritar todas sus fuerzas el nuevo tiempo que va a acontecer donde las penurias se dejan atrás porque Dios ha actuado.

Trasladando el mensaje a nuestra vida, una actitud de Adviento es esperar a este Dios consolador, que no es indiferente a los sufrimientos de su pueblo. Consolar significa estar con el que se halla solo, aliviar la carga, calmar la inquietud, fortalecer la fragilidad, suavizar la angustia, para que pueda vivir en plenitud y lleno de confianza. El consuelo no sustituye el dolor pero sí ensancha la esperanza y fortalece el coraje para afrontarlo. La situación de desolación que vive el pueblo de Israel provoca que Dios tome partido de una vez para siempre, de forma que recuperen su territorio y se restaure el orden establecido. Dios se coloca al frente del rebaño como un pastor amoroso. Esto no se queda en un bla, bla, bla…; de fervorín o de monserga. El consuelo va acompañado de acciones. El texto nos lo describe muy bien: los montes se abajan, los valles se levantan y Dios mismo se pone al frente. Las acciones orientan y abren caminos. El consuelo nos habla al oído en el presente y nos infunde una esperanza.

En este tiempo de Adviento, de esperanza gozosa y nerviosa tenemos que prepararnos para acoger el consuelo de Dios que se nos hace presente. La soledad acongojada de Sabina, si también es la nuestra, pronto encontrará un consuelo definitivo. Además, hemos de ser capaces también de ir anulando las barreras, de ir abajando los montes y elevando los valles. Que la inminente llegada del Mesías la vivamos de verdad como una auténtica oportunidad de liberación de nuestras esclavitudes, que seamos capaces de detectar nuestros desiertos para que Dios pueda, de una vez por todas romper nuestros ruidoso silencio con el eco alegre del anuncio de su venida. Ya nos queda menos. Los pasos de cebra, los semáforos en rojo en medio del desierto dejémoselos a aquellos que no han salido todavía del desierto, que no han vivido ni un Adviento ni una Navidad, porque no han sabido ver en Dios el verdadero Consuelo, porque viven aún apegados a sus prácticas rutinarias, hundidos en las dunas de lo rancio, cargados de preceptos. Como diría Sabina, Más triste[s] que un torero al otro lado del telón de acero.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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