Tiempo de vigilancia gozosa
09-12-2017 Hoy celebramos…
La Iglesia con su liturgia, entrega a todo creyente un itinerario espiritual a realizar, siguiendo los pasos del Señor Jesús en las diversas celebraciones de su vida a lo largo del año. No está de más recordar que estos itinerarios están llenos de la presencia misericordiosa y salvífica de Dios, que nos hace participes de su misma vida.

El Adviento, que es el tiempo de preparación para la celebración del Nacimiento de Cristo, posee unas características bien definidas, y están ahí para que todo cristiano pueda asimilarlas y vivirlas en su vida cotidiana.
 
Así podemos decir que el Adviento es el tiempo de la espera vigilante y gozosa, el talante que caracteriza a la Iglesia y al mismo cristiano, porque el Dios de la revelación, que poco a poco va desvelando su rostro, es el Dios de la promesa que en Cristo manifiesta toda su fidelidad al hombre; puesto que, en su Hijo, Dios da su “sí” a todas las promesas hechas (2 Corintios 1, 20).

Una hermosa imagen bíblica para los creyentes es la de las vírgenes prudentes que, con sus lámparas encendidas y llenas de aceite, esperan al Novio. La tradición interpreta el aceite como las buenas obras de la caridad, por lo que esta espera vigilante y gozosa debe estar empapada de obras concretas para con los hermanos más necesitados, de tal modo que hagan resplandecer la luz de Cristo, a quien esperamos con alegría.
 
Nosotros, como cristianos, es decir, pertenecientes a Cristo, no esperamos al Mesías, ¡él ya ha venido! Jesús es el Cristo, es el Emmanuel, que permanece con sus discípulos hasta el fin del mundo (Mateo 28,20); hoy nosotros aguardamos jubilosos la plena manifestación de esta realidad que está en Jesucristo, el Hijo del Dios vivo (Mateo 16,16); de ahí la constante exclamación de la Iglesia en su oración de Adviento: “Maranathá: Ven, Señor Jesús” (Apocalipsis 22,17.20). Este grito-oración hace despertar la conciencia del creyente que se pone en camino para salir, con el ánimo pronto y bien dispuesto, a encontrarse con Cristo, con el que nos ofrece, en el hoy de nuestra existencia, vida en abundancia (Juan 10,10).

José María Naranjo Venegas,
Agustino Recoleto,
Las Rozas (Madrid)




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