Solmenidad de Jesucristo Rey del Universo: Entrega de calificaciones en la Escuela del amor
26-11-2017 Punto de vista
«¿Cómo llevar a cabo el cursillo de amor? Basándonos en el Reino, es nuestra responsabilidad, como cristianos, implicarnos sin descanso en la tarea de expandirlo, de intentar que nuestra vida se parezca más al que Jesús intentó instaurar. Nuestra espiritualidad del seguimiento sólo es auténtica en la medida en que es fiel al proyecto del Reino y eso significa estar atentos y colaborar en que se respete la vida de los seres humanos, su seguridad, su dignidad, sus derechos y su felicidad».

Leyendo la sección de anuncios del periódico encontró el siguiente anuncio: Aprenda a amar. Matrícula gratuita. Duración desde el primer día hasta el último de vida. El inquieto lector no dudó en llamar al teléfono indicado. Un contestador le respondió diciendo: “Todos necesitamos aprender a amar con un amor sin ansias posesivas, que fluya abundantemente, que fascine a los demás y dé un nuevo sabor a la vida. Cree en el amor que llevas dentro. Cree por igual en el amor que das y en el que recibes, déjate guiar por él hasta lo más profundo. Te deseo que tu amor no se enfríe sino que crezca y se desborde. Llame a este número cada vez que se desanime en la tarea”.

Al final del curso suelen darse las calificaciones. Parece que en el evangelio de hoy se dan las calificaciones de esta escuela de amor en la que la asignatura no es otra que la caridad. En ningún momento se habla de pecado o de incumplimiento de algún mandamiento sino del interés o desinterés que se ha tenido ante la situación del prójimo: el hambre, la sed, la extranjería, la desnudez, la enfermedad, la falta de libertad. Lo que importa no es el comportamiento del hombre con Dios sino del hombre con el hombre, como único medio de amar a Dios, a ese Dios, buen pastor, que describe Ezequiel, que está fundido totalmente con el ser humano de forma que lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos a mí me lo hicisteis. La clave de la relación con Dios no está en las rúbricas ni en los cumplimientos sino en la honradez, la sinceridad y la transparencia con toda persona, en la intensidad con que nuestro corazón late ante el sufrimiento ajeno sea de la clase que sea. En resumen, la caridad ha de informar y conformar nuestra vida. Lo demás son cuentos poco honrados que empañan la vivencia del evangelio, acartonándola y empobreciéndola a manos llenas. En el precioso documento La Caridad de Cristo nos apremia, afirman los obispos españoles: “El anuncio del Evangelio es la primera forma de la caridad. Pero sin el testimonio de la caridad, dicho anuncio corre el peligro de ser incomprendido o de quedarse en el mar de palabras, de los grandes discursos sin el aval de las obras”.

Esa fue la actitud que siguió Jesús a lo largo de su vida. Jesús no elaboró un tratado sistemático, sino que el Reino que anunció es una manera de vivir basada en hechos concretos: dar vida a enfermos, devolver la dignidad a los endemoniados, pecadores y marginados, felicidad a los pobres, a los que lloran, a los que sufren. Es el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz. El Reino es vida, Vida con mayúscula. El Reino es lo más humano y liberador que se le puede anunciar a una persona, es Buena Noticia. Evangelio puro, vivo. espontáneo, fácil de entender. No se trata de un Reino solo para los buenos, y aquellos que no entran son malos. Es un Reino universal en el que todos estamos llamados a entrar. Solo quienes no respetan la vida, quienes basan su felicidad en privar de dignidad al resto, tendrán que convertirse antes de poder entrar.

Y después de esto que, ¿qué se exige de nosotros? ¿Cómo llevar a cabo el cursillo de amor? Basándonos en el Reino, es nuestra responsabilidad, como cristianos, implicarnos sin descanso en la tarea de expandirlo, de intentar que nuestra vida se parezca más al que Jesús intentó instaurar. Nuestra espiritualidad del seguimiento sólo es auténtica en la medida en que es fiel al proyecto del Reino y eso significa estar atentos y colaborar en que se respete la vida de los seres humanos, su seguridad, su dignidad, sus derechos y su felicidad. Borrar el sufrimiento de todos es nuestra tarea como miembros de una Iglesia que se entrega en los lugares donde nadie acude, que se despliega como embajadora de felicidad y esperanza en medio de los más desfavorecidos. No hacen falta grandes espectáculos. Hacen falta corazones despiertos y vivos pues es en las cosas sencillas como dar comida, bebida, atención, cariño… donde vamos construyendo humanidad, donde vamos dando rostro al Reino. Esta es la verdadera escuela de amor en la que hemos de aspirar al sobresaliente y no confomarnos con un aprobadillo.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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