Domingo XXXI del tiempo ordinario: Se nos acaban los profetas
05-11-2017 Punto de vista
«odos llevamos por dentro un fariseo más o menos desarrollado. Hemos de acabar con él lo antes posible pues es una cuestión vital que nos libera de mil y una tonterías y nos centra en lo que ha de ser nuestra vocación: ser felices de forma que podamos hacer felices a los demás y luchar por erradicar el sufrimiento y el dolor. Y esto tanto a nivel social como religioso».

Junto al lince ibérico, el águila real, el oso pardo y otras tantas especies, el profeta comparte el triste título de encontrarse en peligro de extinción. Y así como para las especies animales se han dispuesto medidas de todo tipo con tal de evitar que se extingan definitivamente, no podemos decir lo mismo del profeta. Es más, se cuentan las horas que faltan para que desparezcan definitivamente, pues hoy este tipo de gente no interesa, incomodan demasiado con su forma de ser, pues ellos son coherentes con lo que piensan y además lo dicen sin miedo; y no sólo eso, sino que lo viven, pase lo que pase. Somos, nos guste o no, presos, esclavos de nuestras palabras y eso a veces trae sus consecuencias. Pues no se puede exigir lo que uno mismo no cumple, ni se puede vivir de forma totalmente opuesta a lo que se dice. Eso es hipocresía de primera calidad o, para ir aterrizando en el evangelio de hoy, fariseísmo puro y duro.

Después de tantos domingos de confrontación llegamos a la última por este año. El evangelio del domingo pasado en el que se nos presentaban el amor a Dios y al prójimo como los mandamientos principales que resumen la Alianza; y el de hoy nos sirven de perfecta recapitulación de en qué consiste ser cristiano. Jesús desenmascara definitivamente a los fariseos que se dedican a exhibirse y a cargar fardos sobre las espaldas ajenas y a no cumplir su palabra. Además, exhorta a los discípulos a no considerarse unos por encima de otros pues todos somos hermanos. Por tanto, ni maestro, ni padre ni señor sino todos hermanos con un mismo maestro y un mismo Señor.

Las relaciones de unos con otros no se entienden sino desde el servicio revestido de amor y generosidad. Por desgracia es un signo de los tiempos que los fariseos estén en pleno auge mientras los profetas se extinguen. Tenemos que esforzarnos de verdad por liberarnos de una religión que satura nuestra conciencia y no nos lleva a la búsqueda continua de Dios, pues si no, en vez de ser alimento de vida es alimento de muerte.

Todos llevamos por dentro un fariseo más o menos desarrollado. Hemos de acabar con él lo antes posible pues es una cuestión vital que nos libera de mil y una tonterías y nos centra en lo que ha de ser nuestra vocación: ser felices de forma que podamos hacer felices a los demás y luchar por erradicar el sufrimiento y el dolor. Y esto tanto a nivel social como religioso.

La eucaristía es la fiesta de la vida que vence a la muerte. Ojalá participar nos haga verdaderos profetas, pues eso significará que nos ha hecho más coherentes con nuestra fe y hemos matado un poquito más a ese maldito fariseo que portamos. Si los profetas se extinguen la sociedad y la vida cristiana evangélica estarán heridas de muerte. Está en nuestras manos. 


Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)


 




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