Domingo XXVIII del tiempo ordinario: Solo para justos
15-10-2017
«Reunámonos entonces en torno a la mesa, entremos en comunión con Dios, apiñémonos en torno a Jesús, hagamos la experiencia de sentirnos un Cuerpo. Pongámonos el vestido de fiesta, el vestido cristiano, el traje de amor, de sinceridad, de entrega».

Imaginemos que un día al entrar por el atrio de una iglesia nos encontramos con un cartel en el que se lee: “Abstenerse los que no aman porque estamos celebrando con Aquel que dio su vida por los demás”. ¿Cuál sería nuestra reacción? La única condición que se nos pide a la hora de sentarnos a la mesa del gran banquete de la eucaristía es que vengamos vestidos con el traje de fiesta de los cristianos que desde hace dos mil años sigue estando de moda: el traje del amor transparente, sincero y comprometido.

El evangelio de hoy contiene la tercera parábola de las así llamadas de la confrontación con los sumos sacerdotes y ancianos del templo. En lenguaje coloquial podemos decir que esta parábola viene a poner la puntilla en todo lo que hemos ido viendo a lo largo de estos domingos. Por exagerado, el relato resulta increíble ya que no deja de ser llamativo que todos los invitados rehúsen a la vez la invitación al banquete y que el anfitrión invite a todo el mundo, “malos y buenos”, dice el evangelista. O sea que los grandes de la sociedad de la época van a quedarse fuera y los que no cuentan son los invitados. Ante la negativa a asistir, el banquete no fracasa sino que son otros los invitados. El orden social, como hemos venido viendo en domingos anteriores, se invierte totalmente. Cuando el poder, la riqueza, y la dignidad de las personas se distribuyen de forma que unos pocos lo tienen casi todo y la mayor parte no tiene casi nada, la sociedad es insostenible. Por esta razón, si nos convencemos de que el mensaje del Reino es un verdadero proyecto de vida que busca no sólo la dignidad y la igualdad sino también el que todos puedan participar en la gran fiesta de la vida, esta parábola es la metáfora más elocuente del Reino de Dios y nuestra tarea prioritaria, como seguidores de Jesús, no es otra que extenderlo.

Si nos cuesta imaginarnos esto pensemos en lo que pasa cuando nos sentamos a la mesa normalmente, con la familia, con los amigos… ¿cuál es nuestra actitud? Tenemos que tener muy claro que el sentarse alrededor de la mesa de la eucaristía derriba todas las barreras y nos introduce de cabeza en la fraternidad universal que se basa en un ejercicio constante de la compasión pero eso sí, desde la honradez, no desde el paternalismo que da pan y puñaladas; y en un espíritu crítico capaz de indignarse ante la injusticia. La mesa de la eucaristía exige que nos apretemos un poco para que dejemos sitio a todos aquellos que aún no han ocupado su asiento.

Reunámonos entonces en torno a la mesa, entremos en comunión con Dios, apiñémonos en torno a Jesús, hagamos la experiencia de sentirnos un Cuerpo. Pongámonos el vestido de fiesta, el vestido cristiano, el traje de amor, de sinceridad, de entrega. No hacen falta medallas sino obras. En la mesa de la comunión es necesario estar amando: este es el manjar suculento, el alimento que en nombre de Dios nos ofrecemos unos a otros.

Termino con unas palabras de una de las tantas víctimas de nuestra sociedad que pasó por prisión y que a los doce años comenzó a consumir cocaína y heroína. Eduardo Gómez Macías, reflexionando sobre la eucaristía escribe: «Desde la soledad no deseada de esta maldita prisión, pido a mi Señor que transforme en carne los corazones de hierro frío y abra las manos agarrotadas para que en ellas florezca de una vez por todas la semilla del amor, la entrega y la ayuda la prójimo, al pobre y necesitado». Ojalá nos demos por aludidos y nos pongamos manos a la obra.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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