Domingo XXVI del tiempo ordinario: No a la hipocresía
01-10-2017 Punto de vista
«La enseñanza de la parábola está en que no seamos como los dirigentes religiosos de su época; que no se trata de que aparezcamos en la sociedad como personas respetables intachables, de buena fama ni siquiera como muy espirituales y piadosos, sino que lo que Dios quiere, antes que ninguna cosa, es que cambiemos de una vez por todas nuestra forma de entender la sociedad y de encajonar a la gente, que nos dejemos de divisiones entre dignos e indignos, respetables y despreciables, santos y pecadores. El que se arrepiente y comienza a hacer lo que Dios quiere, ése es el que cumple la voluntad de Dios…»

No sólo en la ciencia, también en la vida cristiana también hay conflicto entre la teoría y la práctica. Entre lo que se sabe que está bien y lo que se lleva a la vida. Desde luego que no pueden perderse de vista las propias limitaciones; desde luego que a nadie nunca se le va a pedir más de lo que es capaz de hacer; pero lo más detestable es la hipocresía de quienes dicen y no hacen; de quienes viven de la apariencia, de figurar. Aquellos que tienen pinta de no romper un plato pero son auténticos lobos disfrazados de cordero. La hipocresía es lo más repugnante y anticristiano, pero por desgracia aún sigue estando presente en grandes cantidades dentro y fuera de la Iglesia.

Si ahora leyésemos los evangelios de los últimos domingos podríamos ver un hilo común entre todos ellos con respecto a la vida de la comunidad. Las parábolas nos presentan la vida tal como es y a la vez cómo debería de ser. Hemos visto la necesidad de perdonar sin límites y condiciones, setenta veces siete, y el domingo pasado la generosidad de Dios: no le importan los méritos, Él es generoso con todos. El relato de hoy no deja de ser pura dinamita, como suponemos que fue cuando salio de labios de Jesús, pues estamos una vez más en plena confrontación con los sumos sacerdotes y los anciano. Jesús les dice en resumidas cuentas que ellos son como el hermano que habla bien pero no va a trabajar, de ahí la conclusión de la parábola: los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Con lo cual los más indeseables de la sociedad, porque no hacían caso de las prescripciones rabínicas, son los que encuentran a Dios y esto, como es lógico, nada tiene que ver con una justificación del robo o de la prostitución.

La enseñanza de la parábola está en que no seamos como los dirigentes religiosos de su época; que no se trata de que aparezcamos en la sociedad como personas respetables intachables, de buena fama ni siquiera como muy espirituales y piadosos, sino que lo que Dios quiere, antes que ninguna cosa, es que cambiemos de una vez por todas nuestra forma de entender la sociedad y de encajonar a la gente, que nos dejemos de divisiones entre dignos e indignos, respetables y despreciables, santos y pecadores. El que se arrepiente y comienza a hacer lo que Dios quiere, ése es el que cumple la voluntad de Dios, aunque no haga tantas cosas, como los que no cumplen la voluntad de Dios y disimulan haciendo ritos. La voluntad de Dios es una: la entrega al amor. Los que hacen “como que sí”, pero es que no; los que aparentan caridad, pero están llenos de egoísmo; los que no se arrepienten y formulan profesiones de fe, no tienen nada que hacer. Creer es arrepentirse: hacer en la vida lo que Dios quiere de nosotros.

El versillo final del evangelio, que trata de la conversión, es una añadidura de Mateo a su comunidad, como viene sucediendo en estos últimos domingos. Digo esto porque puede que como resumen del evangelio nos quedemos con esa llamada a la conversión empañando el verdadero sentido que no es otro que la lucha contra los que dicen y no hacen.

A pesar de que los pregoneros y charlatanes son oficios que poco a poco van despareciendo. En el ámbito de la religión sigue habiendo demasiado loro, demasiado papagayo, con un bla, bla, aburrido y monótono que muchas veces no se ve acompañado por las obras. Se nos puede llenar la boca de alabanzas pero sino movemos un dedo, de nada va a servir. Tenemos que evitar el prejuzgar a los otros y sobre todo tener mucho cuidado con creer que nosotros, los que venimos regularmente a la iglesia, somos los guapos frente a una “masa de pecadores inconscientes”. Ya llevamos tres domingos con el mismo tema en distintas perspectivas. Creo que debemos de reflexionar sobre nuestra conducta y ponernos en verdad en las manos de Dios con lo que somos y tenemos, teniendo un mismo amor y un mismo sentir como nos ha dicho la Carta a los filipenses, y preocupándonos porque nuestra relación individual con Dios, sea siempre en beneficio del bien común. Por tanto, ¿A qué género de «hijo» pertenecemos?, podemos y debemos preguntarnos.


Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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