Domingo XXII del tiempo ordinario: La profundidad del amor
03-09-2017 Punto de vista
«Para los que intentamos día a día seguir a Jesús el dolor por el dolor y el sufrimiento porque sí no tienen nada de evangélicamente verdadero y sí mucho de infantilismo patológico, ñoño y cobarde. Amar hasta que nos duela, que decía Teresa de Calcuta. Esa es la verdadera misión. El amor profundo y entregado a nuestros semejantes es la única plataforma para acercarnos más a Dios».

Dicen en América que la verdad no peca pero incomoda. La verdad es un dardo encendido que hace saltar por los aires las componendas y los teatros; que nos sitúa ante la realidad, que nos trae de la oreja si estábamos pensando en escaparnos y mirar para otro lado.

A Pedro le dolieron los hígados al oír a Jesús dibujar la verdad de un horizonte de fracaso, sufrimiento y cruz. Y, si somos sinceros, a nosotros también nos sobreviene idéntico malestar, salvo que nos coloquemos en los oídos tapones de piedades impías. «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». Las palabras de Jesús son recias, directas y, por desgracia, se les ha buscado melifluas interpretaciones que no son más que dar gato por liebre. Hay que aclarar que Jesús, al hablar de «cargar con su cruz», no estaba diciendo que sus seguidores debían ser unos masocas que buscasen por vicio el dolor por el dolor, incapaces de gozar con todas las alegrías y satisfacciones que la vida puede depararnos. Pese a todas la barbaridades dichas, escritas y, por desgracia, en muchos casos creídas y pies juntillas, Jesús jamás amó ni buscó arbitrariamente el dolor, ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a los ojos de Dios.

«Cargar con la cruz de Jesús» quiere decir que hay que asumir lo que la vida conlleva de dulce y de amargo, días de sol y días de tormenta; que hay que vivir los valores que Él nos proclama, valores que en realidad responden a las verdaderas exigencias humanas, a lo mejor y más noble que llevamos dentro. Y es verdad que estas exigencias son contrarias a muchas de las actuales causas del dolor humano: la envidia, el orgullo, el rencor, el vacío interior o el apego egoísta y compulsivo a las cosas y a las personas.

El «negarse a sí mismo», del que hablaba Jesús, no es la autodevaluación idiota, no es llevarse la contraria como si lo bueno estuviera en hacer lo opuesto de lo que se desea. Es buscar libremente aquello que nos hace más humanos renunciando a pasar todo el día admirando nuestro ombligo. Por el dolor solo se miden las dosis de analgésicos pero no el amor con que se hacen o por el que se hacen las cosas, sepa a miel o sepa a hiel. No es una cuestión de sabores o de dolores, sino de amores.

Para los que intentamos día a día seguir a Jesús el dolor por el dolor y el sufrimiento porque sí no tienen nada de evangélicamente verdadero y sí mucho de infantilismo patológico, ñoño y cobarde. Amar hasta que nos duela, que decía Teresa de Calcuta. Esa es la verdadera misión. El amor profundo y entregado a nuestros semejantes es la única plataforma para acercarnos más a Dios. La morfina de la piedad y los cuidados paliativos del reclinatorio para acabar con nuestro dolor egoísta de nada sirven En cristiano no es la cantidad de dolor lo que salva, sino la profundidad de amor. Porque sólo el amor hace que la vida merezca ser vivida.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




¿Y tú que opinas?