Solemnidad de la Santísima Trinidad: Un sencillo cálculo de amor mutuo
11-06-2017 Punto de vista
«Hablar de la Trinidad no es otra cosa que hablar de amor. Sí de amor. Y no se trata de simplificar ni de multiplicar por lo fácil. La Trinidad es un escaparate de amor para nosotros, opacado muchas veces por demasiados conceptos desencarnados, habitantes del manual del teólogo y del predicador de otro tiempo».

Si invitamos a un niño a una clase de álgebra prometiéndole una diversión semejante a la de un parque de atracciones y de pronto se encuentra una pizarra llena de sumas entre letras donde lo más parecido a la montaña rusa es el subir y bajar de elementos en las demostraciones, seguro que, por muy entusiasmados que nos vea, el niño tirará de nuestra mano para huir lo antes posible de ese baile difícilmente entendible.

Con la Trinidad puede pasarnos algo parecido. Podemos empezar a hacer cálculos de “álgebra teológica” con alguna que otra demostración, incluso, pero a la hora de la verdad tenemos un alto porcentaje de posibilidades de quedarnos solos con nuestras cuentas mientras el resto de la gente pasa de problemas y lo cree o no sin hacerse más preguntas. Sin embargo, si nuestros cálculos se centran en el “álgebra del amor”, seguro que se nos hacen más cercanos. Podemos hablar del amor en general, del amor de pareja, del amor a los hijos… Cada uno tiene sus peculiaridades pero todos se basen en la generosidad y la entrega desinteresada. Hablar de la Trinidad no es otra cosa que hablar de amor. Sí de amor. Y no se trata de simplificar ni de multiplicar por lo fácil. La Trinidad es un escaparate de amor para nosotros, opacado muchas veces por demasiados conceptos desencarnados, habitantes del manual del teólogo y del predicador de otro tiempo.

La clave para entender en qué consiste la Trinidad no es más que la relación que existe entre ellos, pues las palabras que utilizamos para referirnos a ellos ya son relación. El Verbo es la Palabra, la expresión, el diálogo de Dios y el Espíritu Santo es el amor de los dos, es inspiración, aliento, beso, gemido, suspiro de Dios, no es sino el susurro de dos que se aman. La relación mutua es tan profunda y radical que hacen que lleven a la unidad y se conviertan en un solo Dios-comunión, en un solo Dios-amor y en un solo Dios-relación. Como dice Ernesto Cardenal, este es el dogma del amor. El misterio de que Dios no es solo,  de que es Unión, y comunión, y comunidad, y familia. Dios es amor pero no un amor egoísta sino de entrega; no es amor propio sino mutuo, porque Dios es Mutuo. Si Dios fuera solo Unidad sería totalmente solo, sin generación, estéril. Esta es la clave que nos debe llevar al entendimiento y sobre todo a hacer vida esto que creemos ya que nuestra fe no es una fe de misterios sino de un único misterio el de la solidaridad y donación de Dios a la creación y concretamente a nosotros, al ser humano. Así de sencillo.

Por tanto veamos qué es lo que hoy nos podemos llevar para la vida, de qué sirve pues la Trinidad, ¿es solo caldo de cabeza y tinta de teólogos? ¿Sólo sirve para que nos dejen solos haciendo demostraciones?. Sinceramente creo que no. En el evangelio de hoy se dice claramente: «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». El amor de Dios no busca condenar, sino salvar. No viene a nosotros para juzgarnos, sino para proclamar una Buena Noticia de confianza; no viene a dictar sentencia, sino a proclamar una amnistía para todos; no viene a acusar, sino a amar.

Esta experiencia, deberíamos hacerla nuestra, en nuestra vida, hacerla sangre en nuestras venas, para que por nuestro cuerpo corra cada día el estremecimiento de la confianza y del amor a Dios. El Dios de Jesucristo no es el que ve los toros desde la barrera, ni ese Juez despreciable y absurdo hambriento de sangre y sacrificios, de lágrimas y penitencias, que nos hemos imaginado o nos han mostrado en muchos catecismo hasta no hace mucho. Dios nos ama; no nos juzga. Dios es Padre y ante la libertad de cada uno de nosotros, no puede hacer otra cosa que amarnos desesperadamente, para que salgamos de la tiniebla de nuestro egoísmo. Pero, si no queremos salir, no puede arrancarnos de nuestra situación. En esto consiste el juicio de Dios. El amor de Dios es una llamada incesante a vivir en el amor. ¿Acaso esto es difícil de entender? Pues esa es la entraña de este Dios comunidad, familia de amor, de este Dios desbordado que nos llama a ser felices. Quien vive el amor desde Dios, aprende a amar a quienes no le pueden corresponder, sabe dar sin apenas recibir, puede incluso «enamorarse» de los más pobres y pequeños, puede entregar su vida a construir un mundo más amable y digno de Dios. De la contemplación de la Trinidad, pasamos a la acogida, a la apertura a los otros, a la solidaridad que comparte, al perdón que reconcilia y une voluntades.

No nos perdamos en cálculos y demostraciones, ni pensemos que se trata de una oferta de tres al precio de uno. La Trinidad es Dios derramándose sobre nosotros no un cascarrabias huraño y solitario.. No lo olvidemos. Dios es relación de amor pleno, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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