Domingo IV de Pascua: Aquí estoy, envíame
07-05-2017 Punto de vista
"Aquí estoy, envíame", es el lema de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. A primera vista da la sensación de una postura cómoda, como si estuviese delegando la responsabilidad de responder a la llamada de Dios a vivir nuestra vida. Lo más fácil es que nos ahorren el trance de la decisión y, por tanto, el miedo a equivocarnos, a perdernos, como en Venecia. Sin embargo yendo un poco más al fondo, encontramos la actitud de disponibilidad absoluta; ideal que los seguidores de Jesús deberíamos intentar alcanzar».

Callejear por Venecia es una experiencia tan curiosa como agotadora, eso sí, en la que uno se sumerge en una maraña de calles y vericuetos con la sensación de no saber muy bien dónde va a desembocar. Pero no hay que tener miedo a perderse es parte de su encanto. La vida es algo parecido al paseo por Venecia: pocas avenidas y demasiadas callejuelas. Pero al igual que en Venecia, no hay que tener miedo a perderse, hay que arriesgarse por conseguir aquello que creemos nos va a hacer plenamente felices.

Aquí estoy, envíame, es el lema de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. A primera vista da la sensación de una postura cómoda, como si estuviese delegando la responsabilidad de responder a la llamada de Dios a vivir nuestra vida. Lo más fácil es que nos ahorren el trance de la decisión y, por tanto, el miedo a equivocarnos, a perdernos, como en Venecia. Sin embargo yendo un poco más al fondo, encontramos la actitud de disponibilidad absoluta; ideal que los seguidores de Jesús deberíamos intentar alcanzar. La vida está en manos de Dios y, aunque a primera vista no entendamos dónde vamos a desembocar, poco a poco va vislumbrándose el final y es siempre feliz, porque cuando somos capaces de darnos, de entregarnos, somos plenamente felices.

En el evangelio, Jesús se presenta como puerta: Yo soy la puerta. La puerta del aprisco era un lugar estratégico pues a través de ella tenían que entrar todas las ovejas al escuchar la voz de su pastor. La puerta de Jesús es una puerta de entrada y de salida: podréis entrar y salir y encontraréis pastos es decir es una puerta de libertad. La única condición que tenemos que cumplir para poder entrar por la puerta es amoldarnos a Cristo llevando una vida marcada y guiada por el amor como fue la suya, a la que la muerte no pudo vencer. Ni más ni menos. No es una puerta para perfectos ni para justos, ni para cumplidores… es para todo aquel que quiera caminar hacia la plenitud. Hoy que casi todos estamos preocupados por la calidad de vida esta “puerta” nos conduce hacia ella de cabeza. La vida en plenitud que brota del evangelio está llena de sentido y de sabor. Ambos son necesarios pero lo importante es no perder el sentido pues sino la vida se nos evapora. En el campo de concentración eran muy pocos los sabores pero como escribía Victor Frankl: El problema fundamental del ser humano no es el problema del placer sino el problema del sentido. Sin placer se pude vivir sin sentido sólo cabe el suicidio”. Como seguidores de Jesús debemos esforzarnos en centrar el sentido de nuestras vidas en el amor incondicional, generoso, total, de quien se siente agradecido por que ha sido amado primero y desea que los demás puedan compartir su dicha. Ahí podemos encontrar quizá la explicación a la alegría y calidad de vida que dicen haber encontrado quienes viven una vida sacrificada y solidaria entregada a los más desposeídos y marginados.

Son muchas las puertas, muchas las ofertas, muchos los caminos, las calles y callejuelas, muchos los modos de vida que se nos ofertan y todos dicen conducir a la felicidad. Una vez más la responsabilidad está en nosotros. En nuestra vida cristiana podemos conformamos con una puerta sin retorno, rígida y estrecha, en la que ni siquiera se puede mover la cabeza y debemos escuchar continuamente la voz del pastor, o por el contrario, optamos por entrar por una puerta de libertad y madurez cuya única condición, nada fácil por cierto, es la de que nos comprometamos a vivir en, desde y para el amor a Dios a través de los hermanos. De este modo responderemos a Cristo, el buen pastor, que ha venido para que tengamos vida abundante, para que seamos felices y podamos alegrar la existencia de todos los que nos rodean. Sinceramente, te invito a que digas de corazón: Aquí estoy, envíame.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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