El seguimiento a Cristo no se puede entender en parámetros de auto-referencialidad o autorrealización
05-05-2017 Punto de vista
El cuarto domingo de Pascua ha sido denominado comúnmente como el domingo del Buen Pastor y la Iglesia lo ha dedicado, desde hace 54 años, a la Jornada Mundial de Oración por la Vocaciones. Con voz unánime la Iglesia dirige sus oraciones a Cristo, Buen Pastor y dueño de la mies, para que no falten trabajadores a su inmensa mies, extendida por los cuatro puntos cardinales de la tierra.

La palabra griega “ekklesía”, de la cual deriva nuestra palabra Iglesia, cuyo significado es “asamblea convocada”, nos recuerda que todos los miembros de la Iglesia han sido convocados, llamados por el mismo Dios, en la conformación de un único cuerpo, cuya cabeza es Cristo. A todos los que formamos parte de la Iglesia se nos ha dado una vocación particular sea para la edificación del mismo cuerpo de Cristo, sea para la dilatación del reino de Dios en todas las realidades sociales.

La Iglesia en su trabajo pastoral debe promocionar todas las vocaciones, pues en ella todos deben crecer, a sabiendas que todos los bautizados, por puro amor y don de Dios, podemos y debemos desarrollarnos en una vocación específica que se engloban de manera clásica en los tres estados de vida: sea el laical, el consagrado o el ministerio sacerdotal. Estas vocaciones dentro de la Iglesia son siempre un llamado del amor de Dios, que por su parte espera una respuesta personalísima que dará sentido a la propia existencia.

Sin embargo, en este día la Iglesia, con su Jornada de Oración por las Vocaciones, se fija sobre todo en aquellas vocaciones que comprenden a los que han sido llamados al sacerdocio o a una especial consagración para el servicio del pueblo de Dios.

Podemos detenernos en el evangelio del Buen Pastor según san Juan, que la liturgia nos propone para el próximo domingo. En este evangelio aparece la imagen del pastor que llama a las ovejas de su rebaño y estas responden a su voz, pues lo reconocen.

En un mundo contaminado con innumerables voces de todo tipo se constata que todavía sigue resonando la voz del único Pastor, de Cristo resucitado; su voz ha roto y sigue rompiendo la sordera de tantos hombres y mujeres, para que escuchando la voz del Señor le puedan responder con un corazón libre y generoso. Es la experiencia que tuvo san Agustín en su vida, narrada de manera sugestiva en el libro de Las Confesiones. La voz del Señor irrumpe en lo más íntimo de Agustín, llama y clama y rompe la sordera que lo alejaba de la Belleza tan antigua y tan nueva, o sea, de Dios. Cuando la voz del Señor es escuchada se debe responder sin dilación de ningún tipo, y a la respuesta se le suma el seguimiento.

Todos los que han escuchado el llamado del Señor para la vida consagrada o para el ministerio sacerdotal han tenido este encuentro personal con el Señor, que de un modo misterioso y gratuito les rompe la propia sordera, y los pone en camino, es decir, al dinamismo del seguimiento que viene generado por la escucha y su respuesta; así la vida del llamado se convierte en ir en pos de Jesucristo y se va configurando con los sentimientos propios de Cristo, siguiendo sus huellas.

De tal manera que la vocación en el seguimiento a Cristo no se puede entender en parámetros de auto-referencialidad o autorrealización en “mi vocación”; puesto que la vocación entendida como seguimiento a Jesucristo pide la configuración de la propia existencia con Cristo, que es el Dios-encarnado que vive y se entrega por sus hermanos, a quienes ama con un amor sin límites.

El papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones de este año, recuerda que todos los cristianos somos un “cristóforo”, es decir, “portador de Cristo”, y esto vale especialmente para los llamados a una vida de especial consagración y también para los sacerdotes, que con generosidad han respondido “Aquí estoy, mándame”; quien ha recibido este especial llamado, es un hombre o una mujer apasionados por Cristo y dispuestos a servir a los hombres en todas sus necesidades, a imagen de Cristo, buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

En el horizonte de esta jornada de especial oración por las vocaciones, nuestro corazón debe estar agradecido al Dios misericordioso, que por el “empuje” del Espíritu Santo, continúa disponiendo los corazones de muchos jóvenes para que escuchen y sigan a Jesucristo bajo la luminosa luz de la espiritualidad de la recolección agustiniana.

En las comunidades agustino-recoletas formativas de Brasil, China, Costa Rica, España Estados Unidos, Inglaterra y México, muchos jóvenes van respondiendo a la voz del Señor desde las diferentes etapas que marca el Itinerario Formativo Agustino Recoleto. Unos, cuales montañeros principiantes (postulantado), inician su escalada en el seguimiento de Cristo, en y con los agustinos recoletos; otros como navegantes (noviciado), reman mar adentro profundizando en su amor a Cristo y a la vida de la Orden; y, finalmente, los caminantes (la última etapa de formación inicial y todos los demás hermanos), que seguimos a Cristo más de cerca, procurando siempre hacer camino juntos, con la alegría y convicción que nace el sabernos amados, llamados y enviados al mundo como “cristóforos”.

En este mismo día no se puede dejar de recordar todo el trabajo vocacional que, por encomienda especial, llevan a cabo algunos en las diferentes zonas de la Orden, promoviendo y dando a conocer nuestra forma de ser, de vivir y de servir. No obstante, cada religioso y cada comunidad deben irradiar la alegría de ser agustinos recoletos. Es cierto que la oración es fundamental para que el Señor continúe llamando a personas a seguirle, pero es necesario un testimonio personal y comunitario donde se transparente la vivencia de una entrega gozosa y fiel a Cristo y se viva con alegría la propia vocación, de modo que este testimonio se convierta en una auténtica promoción vocacional en los lugares donde vivimos y trabajamos.

Como agustinos recoletos debemos desear ardientemente que el clamor de la voz del Cristo, Buen Pastor llegue a muchos, para que, unidos a Cristo y alimentados por la Palabra y el Pan de vida, estén dispuestos a ser testigos del Evangelio de la alegría, allí donde la Iglesia los necesite.



José María Naranjo Venegas, agustino recoleto
Casa de formación San Agustín, Las Rozas (Madrid)




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