Domingo II de Pascua: Abiertos a una experiencia nueva, diferente
23-04-2017 Punto de vista
«Nosotros somos herederos de ese encuentro, nos toca ahora llevar el testigo en este mano a mano de la evangelización, de la propagación de esta Buena Nueva que comenzó en boca de las mujeres y que llega hasta nuestros días. Pero muchas veces preferimos encerrarnos en la pecera de nuestras rutinas, en la caverna de nuestras manías, en la cámara acorazada de los rituales que dicen asegurarnos la salvación, y no dejamos lugar para que entre el resucitado».

Resulta fácil hablar del sabor de los melocotones, de la suavidad del terciopelo, del olor de la rosas o de la belleza de las nubes desde un avión, si se ha tenido experiencia de ello, pero no es tan fácil hacerse a la idea o explicárselo a alguien si no ha tenido experiencia de ello.

Algo semejante es lo que le sucede a Tomás. Es incapaz de hacerse a la idea de lo nuevo hasta que tiene experiencia de ello, y cree por propia experiencia. Se encuentra con el verdadero sentido a través del cual, también el evangelista quiere acallar todas las herejías que querían olvidarse del cuerpo. El resucitado es un crucificado que vive, por eso mantiene las llagas en las manos y en el costado. La entrega en la cruz no puede olvidarse o pasarse por alto, la muerte en la cruz encuentra pleno sentido en la resurrección. Eso es lo importante. Y respecto a nosotros lo más importante es que podamos abrirnos a la novedad, a lo que en verdad supone y aporta la resurrección. Vayamos al principio del evangelio y veamos el antes y el después del encuentro con Jesús. O mejor, vayamos a la primera lectura veamos la vida de la primera comunidad feliz y rebosante de espíritu y veamos cómo se sentían antes del encuentro con el resucitado.

Nosotros somos herederos de ese encuentro, nos toca ahora llevar el testigo en este mano a mano de la evangelización, de la propagación de esta Buena Nueva que comenzó en boca de las mujeres y que llega hasta nuestros días. Pero muchas veces preferimos encerrarnos en la pecera de nuestras rutinas, en la caverna de nuestras manías, en la cámara acorazada de los rituales que dicen asegurarnos la salvación, y no dejamos lugar para que entre el resucitado, para que la atmósfera de nuestros miedos y complejos se transforme en aire de novedad, de cambio, de ver con buenos ojos lo que los tiempos nos van deparando. Si buscamos la paz en el encerramiento, en el esconderse, y lo miramos fríamente, nos encontramos con que en vez de dejar fuera a nuestros enemigos a quien dejamos fuera es a Dios aunque Él sale a nuestro encuentro disfrazado de mil cosas y solo identificable con las gafas de la fe que no son las de la escuadra y el cartabón, ni las de la medalla o el cilicio. Sino las de la vida en el amor al prójimo. Así, nos ofrece la paz y nos llena de alegría sin límite.

Otro matiz que nos presenta el evangelio es el de la duda y en Tomás hemos de vernos representados todos nosotros con nuestras dudas e inseguridades. En ocasiones las dudas nos desaniman e incluso nos atemorizan un poco. Pero las dudas son la salsa de nuestra fe y demuestran que estamos vivos. Lo contrario es una religión muerta, basada en pequeñas píldoras que se convierten en losas. Hablamos de una fe personal ¿cómo puede estar exenta de dudas? De lo que sí tenemos que estar convencidos es que nuestra fe, es una fuente de luz y de alegría en la que no tiene lugar la oscuridad, el miedo sino la paz, que está con nosotros y nos acompaña. A los cristianos no se nos ha facilitado la tarea ineludible de tomar postura ante el sentido de la vida aunque tengamos fe en que Dios resucitó a Jesús.

Acabamos hoy la octava de Pascua, el gran eco de la resurrección del Señor. Poco a poco la cera del cirio va consumiéndose a la vez que la velita de nuestro corazón va adquiriendo más fuerza. Tenemos que ser en el mundo testigos y mensajeros de la resurrección, que esa luz que habita en nosotros con sus rayos de paz ilumine a los que nos rodean. Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que dejemos las sospechas y los recelos, las murallas y los refugios. Que cambiemos el olor a sacristía por la frescura de una existencia nueva habitada por el espíritu del resucitado que se hace presente en medio de nosotros si estamos dispuestos a recibirlo.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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