JUEVES SANTO: Memoria del amor donado al servicio compartido
13-04-2017 Hoy celebramos…
Al atardecer del Jueves Santo, la Iglesia orante entra en lo que llamamos el “Triduo Pascual”. Son tres días en los cuales las celebraciones litúrgicas se suceden una tras otra, siguiendo los pasos de Cristo. En el centro está el Domingo de Resurrección, cuando Cristo se levanta de la tumba venciendo la muerte.

Quisiéramos iniciar esta pequeña reflexión acotando que la palabra fundamental de este día es “memoria”. Es necesario señalar que, en la celebración de la Iglesia, la palabra “memoria” no es un simple recuerdo en el presente de un pasado que se evoca, ni consiste en pensar en Jesús como si fuera un destacadísimo personaje histórico, pero perteneciente al fin y al cabo al pasado. Hacer memoria dentro de las celebraciones que realiza la Iglesia es entrar en los misterios de Cristo y, por lo tanto, entrar en comunión con Él.

La primera memoria que celebra la Iglesia este día es la institución de la Eucaristía: “Haced esto en memoria de mí” (Lc 22,19), ha dicho Cristo. No se entiende sólo como un poder dado a los sacerdotes de convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor – cosa que es verdad –, sino también como el sacramento instituido por el Señor para formar a su Iglesia. La interdependencia entre el misterio eucarístico y la Iglesia nos la hace ver san Pablo cuando nos dice que nosotros, siendo muchos, al comulgar de un mismo pan, que es el cuerpo de Jesús, formamos un único cuerpo, esto es la Iglesia (cf. 1Cor 10,17). 

La segunda memoria de este día es el lavatorio de los pies. Jesús nos da el ejemplo para que hagamos cómo él ha hecho (cf. Jn 13,15). En este gesto se sintetiza el mandamiento nuevo del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Lavar los pies al hermano significa servirle. Con esto Jesús nos está diciendo que él mismo es el origen de nuestra posibilidad de amar y de servir; y así el mandamiento del amor sólo puede ser prescrito como tal, en cuanto tarea cotidiana, porque antes ha sido un don gratuito del Señor.

El cristiano que participa de la celebración eucarística se adhiere profundamente a esta memoria y, por tanto, entra en comunión con el Señor Jesús, fusionando su existencia con la de Él. Cristo lo asimila en su existencia, lo hace parte suya, miembro de su cuerpo. De esta forma, los sentimientos del cristiano, sus pensamientos y acciones comienzan a transformarse en Cristo, y su vida llega a ser eucarística: su vida pasa del sacramento del altar al sacramento del hermano, de la celebración a la vida. La entrega personal del creyente se hace, como Jesús, pan partido para los hermanos, participa de su amor y comparte su servicio.



José María Naranjo Venegasagustino recoleto
Casa de Formación San Agustín, LAS ROZAS (Madrid)


 




¿Y tú que opinas?