Domingo V de Cuaresma: Dios también se emociona
02-04-2017 Punto de vista
«…las lágrimas de Jesús no son sino la manifestación más bonita de la ternura, de la sensibilidad y de la compasión. Jesús no es un médico ni un milagrero, que nos pueda sacar de la muerte física. Nos ofrece la posibilidad de injertarnos en un principio de vida humana que continúa después de la muerte y por encima de ella».

Oiga, ¿usted sabe que mi Dios llora? Esta cuestión debería ser tan obvia, como la de ¿usted sabe que mi refrigerador enfría? Pero por desgracia no es así. La capacidad de llorar choca o chirría con una concepción de Dios en al que ha primado más la grandilocuencia que la cercanía con sus creaturas. Hoy, nos encontramos con un Dios que llora ante la muerte de su amigo. ¿Esto casa o concuerda de alguna manera, me pregunto, con un Dios distante, frío y separado de los problemas de la humanidad? La relación con ese Dios humano, emocionado y conmovido tiene, en mi opinión, poco que ver con una religión aséptica, monocromática. llena de principios, penitencias, cumplimientos, ayunos, caras largas y monsergas. Un Dios que no sea capaz de reír y sobre todo de llorar, de inclinarse ante el dolor de sus hijos, tiene el mismo valor que un billete del Monopoli en la taquilla de un cine.

El evangelio de hoy, al más puro estilo joáneo, está plagado de símbolos. Vamos a fijarnos en la situación de Lázaro y en la presentación de Jesús como la resurrección y la vida. Lázaro, dice el texto que estaba muerto, llevaba cuatro días y olía mal. Sin embargo, Jesús va a decir que no está muerto sino dormido, porque si la muerte es lo contrario de la vida y los que creen o creemos en Él tenemos vida eterna; la muerte definitiva, la oscuridad absoluta, sólo está reservada a quienes voluntariamente quieren permanecer en ella. El resto “dormimos”, o mejor dicho, “dormiremos”. Una vez retirada la losa, la frontera entre muerte y vida, Lázaro sale por su propio pie aunque no deja de ser un muerto a esta vida, simbolizado en las vendas para la cabeza y los pies y las manos atadas.

Respecto a las lágrimas de Jesús no son sino la manifestación más bonita de la ternura, de la sensibilidad y de la compasión. Jesús no es un médico ni un milagrero, que nos pueda sacar de la muerte física. Nos ofrece la posibilidad de injertarnos en un principio de vida humana que continúa después de la muerte y por encima de ella. Esta vida se alcanza mediante el seguimiento, imitando su vida, siendo capaces de compadecernos ante el sufrimiento de los demás y no quedarnos como auténticos fiambres conservados en el formol de la rutina, cuando no amortajados en la norma hasta la última coma, o encadenados al miedo de pensar lo que creemos no siendo que el “castigo” sea terrible. Jesús se lo dice a Marta y nos lo dice a nosotros: «El que cree en mi aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo Y cree en mí, no morirá para siempre».

Este Jesús, que se ha presentado como resurrección y vida, da un fuerte grito a Lázaro para que salga. El profeta Ezequiel en la primera lectura de este domingo insiste también en que hemos de abrir nuestros sepulcros. ¿Y cuáles son? Vivimos encajonados en cientos de sepulcros oscuros y húmedos que impiden que pase la luz y la fragancia del evangelio, pero quizá estamos cómodos ahí. Ese grito de Jesús, se dirige también a nosotros cada domingo a través del evangelio, que no debe dejarnos indiferentes. El evangelio es como una chincheta que nos pincha continuamente a salir, a cambiar, a esforzarnos. Hoy nos dice que salgamos. Que nosotros, como Marta, seamos capaces de apoyarnos en este Jesús que llora, que nos tiende su mano en medio del dolor y la desolación, pues Él es ni más ni menos que la resurrección y la vida.

En esta recta final de la Cuaresma se redondea la dimensión bautismal. Si observamos los evangelios de los últimos domingos vemos el agua viva como don de Dios, en el pasaje de la samaritana; y a Jesús como la luz verdadera que cura al ciego de nacimiento. Se nos habla del agua y del espíritu, propios del bautismo. Hoy se nos presentan las consecuencias: el renacer a una vida nueva. La invitación de hoy es un invitación a creer en el centro de nuestra fe que nos muestra que la muerte carece de poder sobre nosotros. Todo no termina dentro de un sepulcro sino en un “dormir” que nos permite gozar y disfrutar sin límites gracias a este Dios generoso que lo único que nos exige es que nos fiemos de Él.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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