Domingo II de Cuaresma: La tarea de llenar nuestro barro de luz
12-03-2017 Punto de vista
«El que es fiel y se va construyendo según el designio de Dios, va tallando y transfigurando su vida, rehaciendo su realidad personal, llenando su vaso de luz, adquiriendo transparencia a pesar de ser barro, transformando el rostro deforme por los golpes de la vida, en una presencia hermosa y cambiando el vestido de harapos del día a día, por un vestido nuevo, blanco, brillante, de fiesta, de plenitud».

¿Qué significa “estar lleno, desbordante de Dios”? Antes de caer en la tentación del ensayo teológico, déjame que te lo explique con una imagen: la blancura inigualable, el resplandor que nos deja ciegos. Quien está absolutamente lleno de Dios; inundado por Él y de Él, tiene un perfil a priori inalcanzable para nosotros en el día a día de nuestra finitud. Ya nos llegará el momento, pero hemos de ir poco a poco llenando nuestro vaso de luz.

En el evangelio nos encontramos con un episodio semejante al de estas metáforas que venimos comentando. Jesús, vaso de barro amasado por Dios y bañado en ternura, como cada uno de nosotros, aparece lleno, rebosante de luz, en medio de Moisés, el representante de la ley antigua, y de Elías, el profeta. Y todo sucede en el monte, el lugar del encuentro con Dios. El monte de la fidelidad, el Tabor, es muy distinto de la montaña altísima a la que el Diablo llevaba a Jesús el domingo pasado. Aquel era el monte del engaño, del halago, del poder que destruye al hombre y a los hombres. Esta preciosa catequesis no es sino una inyección de moral, un adelanto de lo que sucederá después de esta vida. En el fondo: una llamada a la fidelidad.

La palabra "fidelidad" puede que a veces nos dé un tanto de miedo, como si nos pesase demasiado la responsabilidad, y nos sintiésemos abrumados por el peso de ser limitados e imperfectos. Nos sentimos incapaces... Pero, ¿quién dijo que tenemos que ser invulnerables? No tenemos que ser superhéroes, invencibles, increíbles o magníficos... Para seguir a Dios, para vivir el Evangelio, basta con poner nuestra debilidad, a tiro para que Él haga de ella fortaleza. Basta con dejar que nuestro barro frágil se llene de su palabra, que su luz ilumine nuestra fragilidad, para que así brille en nuestro mundo la esperanza... El que es fiel y se va construyendo según el designio de Dios, va tallando y transfigurando su vida, rehaciendo su realidad personal, llenando su vaso de luz, adquiriendo transparencia a pesar de ser barro, transformando el rostro deforme por los golpes de la vida, en una presencia hermosa y cambiando el vestido de harapos del día a día, por un vestido nuevo, blanco, brillante, de fiesta, de plenitud. Así nos lo ha descrito el Evangelio: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz».


No podemos olvidar la reacción de Pedro: Maestro ¡Qué hermoso es estar aquí! pues es una reacción lógica y nada extraña a nosotros. Levantaos no temáis, dice Jesús, estamos llamados a manifestar a Dios más allá de nuestras limitaciones, fatigas, decepciones. Jesús tenía que descender del Tabor camino de Jerusalén y encontrarse con la realidad, con el sufrimiento, con la vida. Nosotros nos encontramos muy bien en nuestra tierra, pero tenemos que salir, como Abraham, y fiarnos de Dios. La fidelidad es más complicada que cumplir unas normas. La fidelidad es un modo de vida en seguimiento y compromiso constante. La contemplación debe ir emparejada con la misión, si no, no sirve de nada.

Quizá a lo largo de la Cuaresma busquemos experiencias de transformación interior, ser transparentes, traslúcidos…; pero solemos encontrarnos con un gran enemigo: nuestro yo y nos construimos una espiritualidad a la carta. Sin embargo, todos -supongo- tenemos experiencias de cómo la vida ha ido transformándonos sin que nosotros hayamos elegido esas experiencias. No debemos buscar remedios mágicos sino salir de nuestra tierra, ponernos en manos de Dios. Para nuestra vida, si la vivimos con fidelidad, hay un horizonte, una esperanza, una posibilidad radiante. La vida vivida en serio tiene un futuro de plenitud. El esfuerzo por vivir en comunión con Dios y entregados a los demás no queda baldío. De esta forma se escala cada día la montaña de la transfiguración.

Tras la Cuaresma llega la Pascua. Y en medio de las dificultades una voz nos marca el camino a seguir: Escuchadle. La vida es un camino de felicidad y hacia la felicidad. No tenemos que pasarlas canutas para llegar al Tabor, pero la fidelidad a Dios implica profecía y eso, acarrea problemas.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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