Domingo I de Cuaresma: Llamados a ser santos
05-03-2017 Punto de vista
«Hoy los Agustinos Recoletos inauguramos el Año de la Santidad. A la luz de este evangelio, y con la Cuaresma recién comenzada, podemos sacar como conclusión que la fe tenemos que basarla en la confianza, en que no estamos solos. Nuestra vida está sostenida por este Dios que nos alienta, pero al que no podemos confundir con un instrumento más».

La vida de los santos nos permite asomarnos al mundo fácil e idílico de quienes han llegado ya a la meta partiendo, claro está, de sus limitaciones. Su línea de salida es, en eso, semejante a la tuya y a la mía. Algunos han derramado su sangre por el evangelio; otros han destacado de forma admirable por sus virtudes… A los seguidores de Jesús se nos presentan como modelos a seguir, imitar y, si es posible, superar. Para ello. hay que empezar a arriesgar, a comprometerse, a implicarse y complicarse la vida… porque todo lo que es importante te marca un poco y, a veces, incluso, te hiere. Hay quien tiene tanto miedo que se pone la venda bastante antes de tener la herida, y no llega a vivir de verdad, apostando al cien por cien por aquello que cree y que llena de sentido la existencia. Tenemos que ser capaces de vivir con todas las consecuencias, es decir, arriesgar y tropezar. La vida de color de rosa sabemos por experiencia que se quedó encerrada en el necesario preámbulo de nuestra madurez.

En el seguimiento de Jesús sucede algo semejante, hay que afrontar con decisión un camino complicado en el que vivir con coherencia no es precisamente fácil. No faltan quienes quieren seguir soñando con el mundo de Alicia en el País de las Maravillas en el que todas las personas son muy creyentes siempre y cuando a nadie se le ocurra perturbar su estado de ilusión con una pregunta que cuestione los fundamentos de su fe. Los problemas aparecen cuando algo no cuadra con la imagen de este mundo ideal gobernado, eso sí, por un Dios tan omnipotente como lejano, pero con soluciones para todo. Entonces, nos tiramos por el alero del templo y nos damos un señor castañazo. El evangelio de hoy nos muestra el mejor camino para evitar semejantes golpes para los que ni si quiera la oración sirve de antiinflamatorio.

El relato de las tentaciones nos presenta cómo la relación con Dios se basa en la confianza, no en la autoridad, ni en el reto ni en el chantaje de quien sólo es capaz de creer si Dios se somete a mis deseos, aunque sean muy santos. La primera de la tentaciones es la de quedarnos con lo que vemos, en llenar el estómago creyente a fuerza de tener, sin pensar en que la felicidad no está exclusivamente en lo material. La segunda tentación consiste en pretender hacernos un Dios de bolsillo, una especie de Genio de la lámpara que tiene que someterse a nuestros antojos si quiere que sigamos creyendo en Él. La tercera es la tentación del poder.

Hoy los Agustinos Recoletos inauguramos el Año de la Santidad. A la luz de este evangelio, y con la Cuaresma recién comenzada, podemos sacar como conclusión que la fe tenemos que basarla en la confianza, en que no estamos solos. Nuestra vida está sostenida por este Dios que nos alienta, pero al que no podemos confundir con un instrumento más. En los momentos de dificultad, exigimos pruebas; queremos llegar a convencernos intelectualmente de que Dios existe; poder llegar a desterrar de nuestro horizonte toda sospecha. De la misma forma cuando cuestionan nuestra fe o nuestros planteamientos, queremos pruebas para refutar a los que niegan a Dios o, al menos, para que sus razones no nos hagan tambalear y podamos dialogar con ellos con seguridad.

Somos maduros en la fe, nos asemejamos a los santos, cuando nos damos cuenta de que somos nosotros los que caminamos, confiados en que Dios va a nuestro lado. Miramos al cielo como quien sabe que alguien le ve y vela por él. Confiar quiere decir creer que alguien no va a defraudar mis expectativas. Lo más opuesto a la confianza es el temor, el agobio, la intranquilidad o los dibujos animados de quien nos da palmadas en la espalda diciendo que no tenemos por qué preocuparnos y sobre todo que no se nos ocurra preguntarnos nada. Los mares de conceptos anti-duda, rizar el rizo en la moral y crear un clima de miedo a Dios no es ayudar a creer. Hay tentaciones, dudas, enfados, preguntas pero sepamos ver a Dios en lo cotidiano, fuera de la fábula y el cuento para no dormir. Alcanzar la santidad es la meta de todo bautizado. Hemos de desearla y no perder la confianza en este Dios empeñado en nuestra felicidad.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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