Domingo VIII del tiempo ordinario: De lo virtual a lo real
26-02-2017 Punto de vista
«Podemos pensar, sin mucha dificultad, que lo que Jesús nos pide hoy en el evangelio es algo parecido a la realidad virtual. Que, en medio de los carnavales, quiere que nos pongamos el traje de superhéroe de la ilusión; de aspirante a ganar el máster de la utopía o del que se la dan con queso, como dice el castizo. ¿Cómo no vamos a agobiarnos si no sabemos si vamos a poder llegar a fin de mes?»

Las gafas de realidad virtual van siendo cada vez más populares. En un corto periodo de tiempo serán un elemento más entre los artilugios domésticos. La realidad virtual permite hacer casi palpable lo que nos imaginamos; facilita que quien se pone esas gafas “mágicas” pueda experimentar sensaciones que ha soñado, o asomarse a escenarios donde quizá nunca jamás ponga sus pies.

Podemos pensar, sin mucha dificultad, que lo que Jesús nos pide hoy en el evangelio es algo parecido a la realidad virtual. Que, en medio de los carnavales, quiere que nos pongamos el traje de superhéroe de la ilusión; de aspirante a ganar el máster de la utopía o del que se la dan con queso, como dice el castizo. ¿Cómo no vamos a agobiarnos si no sabemos si vamos a poder llegar a fin de mes? ¿Acaso la solución es condenarnos a una sobredosis masiva de flor de bach que nos entumezca y amortigüe la angustia y el “agobiarse” cotidiano? Vamos, que está uno para pensar en pájaros y lirios.

Pero las cosas no son así, aunque este sea, para muchos, el pasaje más opuesto al sentido común de todo el evangelio. Hay que bajarse de los tacones de nuestros prejuicios y ponerse las gafas de realidad virtual del evangelio, las gafas de Jesús que nos hacen ver su cumplimiento, y situarnos en su punto de partida: la profunda fe en Dios y el desapego absoluto respecto a los bienes de este mundo. El evangelio habla de Dios como un padre que se preocupa de sus criaturas. Isaías en la primera lectura emplea una imagen mucho más gráfica: Dios como madre, incapaz de olvidarse del hijo de sus entrañas.

Basta con subsistir. No es necesario acumular. Aunque nos parezcan “cantos de sirena”, Él está convencido de que Dios proveerá. La sonrisa feliz de un niño de Sierra Leona o el sincero apretón de manos de una mujer de Pauiní cuando recibe la medicina que necesita; o el que miles de personas puedan comer cada día gracias a la generosidad de tantos y tantos, confiere toda credibilidad a lo que Jesús quiere comunicarnos hoy.

Lo importante, para Jesús, y ojalá para nosotros también, es el reino de Dios y su justicia. Todos sus seguidores estamos llamados a hacerlo realidad en la medida de lo posible, anulando las desigualdades hirientes, la injusticia que condena a unos a pasar hambre mientras a otros nos sobran cantidad de cosas.

Hasta aquí está todo claro, espero, pero ahora nos encontramos con el problema de siempre: hacer vida el evangelio; encarnarlo en nuestro quehacer cotidiano. Me gustaría poder aportar algo de luz y no tropezar con los múltiples tópicos que suelen acompañar este texto. En primer lugar esto no es un decálogo de la vagancia; ni una excusa para esperar que me lo den todo hecho. No es un valium que me haga indolente ante la irrenunciable obligación de ganarme la vida honestamente.

En segundo lugar, el evangelio lo que hace es centrar nuestra mirada, poner el foco en el punto central del mensaje de Jesús. Los afanes por los bienes temporales solamente traen consigo desazón. Si luchamos por hacer realidad el Reino; la felicidad está garantizada. La alegría del evangelio no la dan las posesiones, ni las seguridades. La felicidad del evangelio, la felicidad del Reino se consigue con el convencimiento de que vivimos para que los demás sean tan felices como nosotros.

Por último, si te agobias porque eres de los que piensas que todo tenemos que conseguirlo con nuestras propias fuerzas, no olvides que somos limitados y que la única manera de ensanchar el horizonte que disipa los nubarrones de la angustia y el agobio está en confiar en la ayuda de los demás, es decir, en la ayuda de este padre-madre Dios que jamás nos deja solos.

El Reino es en parte realidad virtual, aún queda mucha tarea hasta que sea completamente real. De nosotros, de ti y de mí, depende que no se quede en una experiencia fantástica que dura mientras tenemos puestas las gafas. Ojalá cada vez haya menos personas agobiadas porque nosotros en vez de prestarles las gafas de realidad virtual, les hemos dado unos prismáticos para que puedan ver que hay vida, alegría y humanidad al otro lado de la tapia de sus “grandes agobios”. Esa gran realidad, la realidad de Dios padre madre, no es virtual.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




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