“Tres sombreros de copa”… Ezequiel, el niño que quería llegar más alto
19-08-2016 Hoy celebramos…
La celebración de San Ezequiel Moreno, agustino recoleto, especial protector de los enfermos de cáncer, tendrá su epicentro hoy en el convento de Monteagudo (Navarra), donde reposan sus restos y en donde los Agustinos Recoletos han querido homenajearlo de forma permanente con una exposición permanente sobre su vida. Fabián Martín, agustino recoleto, maestro de novicios en Monteagudo, comparte con nosotros esta reflexión en el día del santo.
Al inicio de esta reflexión, no puedo menos que dar gracias al Señor por la vida de san Ezequiel Moreno, pues en él vemos un modelo cabal de “fidelidad al Evangelio” y de “servidor de los demás” según el corazón de Cristo.

Con el salmista podemos decir: contad a todos las maravillas que el Señor ha realizado y sigue realizando por medio de este santo que, aunque discreto y humilde, también contundente y determinado en las cosas de Dios.

San Ezequiel amó a Cristo en el pobre y en el enfermo, en el débil y el oprimido. Y lo sigue haciendo como intercesor de los enfermos, en especial de los enfermos de cáncer.

En una cierta ocasión, siendo el santo apenas un niño de siete años, acompañó a su madre al convento de las religiosas dominicas de Alfaro (La Rioja, España), su localidad natal.

Estando en la portería del convento, una religiosa le preguntó qué quería ser de mayor. El pequeño Ezequiel contestó, sin dudarlo, que quería ser fraile. La hermana dominica viendo su corta estatura, le dijo: “¿Tú, fraile? ¿Tan calandrajo (pequeño)? ¿Para qué te quieren en el convento?”. Pero él, sin inmutarse, contestó rápidamente: “Ya me pondré un sombrero de copa para ser más alto”.

Hablar de la santidad cristiana, hablar de san Ezequiel Moreno, consiste, ciertamente, en poner de manifiesto la pequeñez de nuestra condición humana, pero sobre todo la grandeza de Dios en nuestra pobreza, pues él es quien nos hace ganar altura.

A san Ezequiel, hombre menudo, pero con un talante espiritual enorme, se le concedió ganar la altura de “tres sombreros de copa”, a saber, una vida de oración intensa, un carácter afable en las relaciones con sus hermanos de comunidad y una entrega incondicional a la tarea de la evangelización.

Vale la pena que nos detengamos brevemente en cada uno de estos “sombreros” que hicieron grande y dichosa la vida del santo. Y lo haré apoyándome en los textos bíblicos que se nos proponen para la celebración de hoy en la eucaristía.

El Señor llenó a san Ezequiel de su Espíritu y lo hizo un apasionado buscador de su gloria. Fue este el secreto de la vitalidad y de la entrega hasta el agotamiento del santo. Un hombre de Dios que hablaba de Dios a las personas y que hablaba a Dios de las personas, de sus necesidades y preocupaciones, de sus problemas y dificultades.

Con el salmo 96, podemos contar a todos los pueblos, como el mismo santo lo hizo, las maravillas del Señor. San Ezequiel habrá rezado muchas veces con este salmo pidiendo y deseando con todo su corazón que viniese el Reino de Dios. Incluso, muchas veces, se habrá llenado de alegría al ver las pequeñas manifestaciones de la presencia de Dios entre aquellos a quienes lo anunciaba.

Más de alguna vez habrá exclamado: ¡Cantad conmigo al Señor un canto de Alabanza desde la isla más recóndita de Palawan, en Filipinas, hasta los inmensos llanos de Casanare en Colombia; ¡que todos los que han oído hablar de Señor, bendigan su nombre y le den gloria!

El santo, día a día, momento a momento, proclamaba la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la esperanza sobre la desesperación. A pesar de las dificultades en su camino y de las incomprensiones, así lo creyó firmemente en su interior, y eso fue lo que hizo la diferencia; confesar y proclamar su fe, fue su cántico nuevo cada mañana.

San Ezequiel se entregó a sus hermanos en la vida en común, y en la vida común encontró un apoyo y un respaldo para la misión. Tal y como se nos narra en el evangelio de san Marcos, Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación”.

Jesús envía a los once como grupo, como comunidad, como Iglesia naciente. San Ezequiel buscó siempre anunciar la buena noticia del amor y la misericordia de Dios. Pero nunca lo hizo solo, sino que procuró siempre hacerse acompañar de sus hermanos religiosos, como era propio del carisma agustiniano y del espíritu recoleto.

Así, estando solo en su primer destino en Puerto Princesa (Palawan, Filipinas), pidió a los superiores que le enviasen a un hermano para poder colaborar juntos en la misión. Ante la iniciativa de enviar religiosos a Colombia para impulsar la presencia recoleta en aquel país, san Ezequiel se ofreció voluntario y junto con él, cuatro hermanos más de esta comunidad de Monteagudo marcharon presurosos a aquellas tierras.

Podemos decir que, junto con sus hermanos de comunidad, el santo pregonó el Evangelio por todas partes. Y el Señor les acompañaba confirmando sus palabras, sus gestos, sus acciones, pues por donde pasaban, despertaban la fe y la devoción, y dejaban lleno el corazón de alegría de quienes les oían hablar de las maravillas del Señor.

San Ezequiel se afanó y desvivió en la tarea de la predicación. Su estilo y el espíritu con que lo hacía, le señalaban como un religioso celoso, completamente entregado y abnegado. Por eso, quizá para nuestra sensibilidad como cristianos del siglo XXI, podemos preguntarnos: ¿para qué tanto esfuerzo? ¿no estaría exagerando? Y quizá lleguemos a la conclusión de que este estilo es imposible reproducirlo hoy en día.

Pero, si nos detenemos un momento en la carta de san Pablo a los Corintios, podemos descubrir la clave de este fuego y de este celo desproporcionado que animaba la vida del santo: “el hecho de predicar no es para mí un motivo de orgullo. No tengo más remedio, y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo haga a pesar mío, es que me han encargado ese oficio”.

San Ezequiel tenía la conciencia fuerte de haber sido llamado por Dios a una misión concreta: dar a conocer el evangelio. Esta conciencia de haber recibido personalmente esta misión, le llevó a entregarse sin buscar recompensa, sin buscar privilegios, a no sentirse con derechos ante Dios y ni ante los demás.

La determinación del santo para la misión tenía la fuente de su libertad en el mismo evangelio, pues vivía la Palabra y vivía de la Palabra; en ella encontraba la fuerza para ganar, fuera como fuera, que los más pudieran experimentar el amor de Dios.

El Señor sigue estando presente en medio de nuestras vidas, y sigue enviando discípulos, amigos, a anunciar a los pueblos que el Reino de Dios está entre nosotros. Que el testimonio de vida de san Ezequiel reavive en los religiosos y religiosas, en los sacerdotes y en los seglares, la pasión por Dios, la pasión por la comunidad y la pasión por la humanidad, y se traduzca en ganas de dar a conocer a todos la Buena noticia del amor y la misericordia del Padre.




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