Meditación ante la cruz: De la soledad deshabitada a la soledad habitada
25-03-2016 Hoy celebramos…
En este Viernes Santo, el autor, Fabián Martín Gómez, agustino recoleto, considera la soledad como una cruz que puede llenarse de sentido y de vida o quedarse en una soledad infecunda. A la luz de la cruz de Cristo, solo en la cruz, la soledad –cruz humana– queda habitada por la unión a y con Cristo.

Antes de que nada tuviera sentido, la conciencia, despierta, probaba la angustia terrible de una soledad deshabitada. Pensaba para sí: solo me tengo a mí misma y sola estoy frente a frente ante este incierto destino que se llama vida. Y por más que la insinuación de un amor fuerte promete franquear el umbral del límite de esta carne que siente, pronto, muy pronto, queda al descubierto, sola consigo misma y con sus pensamientos y su deseo de libertad.

Nadie, que se sepa, oferta a precio de sensatez la minúscula posibilidad de atravesar el inaccesible desierto a que se ve sometida la conciencia en su soledad. Ánimos con ingenio y seres dotados de imaginación y creatividad se han lanzado a la aventura, tratando, por todos los medios posibles, de escalar el muro de esta inabordable intimidad. Pero pronto, muy pronto, han probado el lodo del llanto mezclando mil sueños de barro hechos añicos.

Todo resulta vano e inútil. Por mucho que nos duela, ¡no hay quien pueda atravesar esta soledad! ¿Para qué despertar a la conciencia, pues mientras más despiertos más se experimenta la déspota angustia que somete vilmente todo esfuerzo de hacerse dichoso? Pareciera que despiertos es como mejor se palpa el abismo de este trágico laberinto -la vida- que, por más que se camina, no se llega a ningún sitio digno de admirar. Mejor vivir con la conciencia de que, simplemente, se es uno más.

Estando así y no pudiendo más que morar en esa inhóspita soledad, ¿qué queda si no deslizarse, llevados de la corriente, hacia los huecos ruidos que auguran a sus transeúntes, -al menos eso parece-, alcanzar oasis de felicidad? La embriaguez de la libertad, el vértigo de la euforia y el uso desmedido de toda posibilidad, travestido de seductora publicidad, por más que prometen gratificar este corazón sediento, siempre quedan solos con su tremenda ansia de no saber qué lo pueda colmar.

Largas noches de insomnio y punzante resaca irrumpen cuando ya más ruidos no aturden a esta conciencia poblada de su sola soledad. Quizá algo de consuelo le aporta la noticia cierta de que el nuevo día traerá la luz y -¿por qué no?-, con ella otra aventura que permita, de momento, escapar. Eso sí, por más que se quiera, no disipará, ni por asomo, la oscuridad que habita la soledad.

Ahora que ya nada da más de sí que aquello que da, comprendo que solo queda un camino: abrazar la sola soledad. ¡Oh preciosa soledad! Que nadie se interponga entre nosotros, pues hace tiempo que nos conocemos. Pero, y si la muerte nos lograra separar, ¿qué quedaría? Más onda e insoportable sería la soledad. ¡Basta! Me rebelo, no puede ser esta la conclusión final. ¿Quién me sacará de esta terrible oscuridad?

Contundente noticia pregonan labios de hombres impacientes que la consiguen musitar: ¡la soledad ha sido atravesada desde dentro! Noticia insospechada e inesperada y nunca tan deseada. Todo parece apuntar a que el amor, así frágil y débil, ha llegado a ser más fuerte que la triste soledad; algo que solo Dios hubiera podido lograr. Pero, ¿quién lo consiguió? Carne y divinidad, espíritu libre y amante, misteriosa humanidad del galileo de Nazaret. A partir de ahora, aquel que despierte a la conciencia de su soledad, que por solo no se tenga jamás, pues el Amor logró habitar toda soledad.

Rotos completamente los lazos que encadenaban la conciencia a su soledad, por un hombre “maldito” colgado en un madero y muerto de amor, ahora toda soledad está habitada y en inmejorable compañía. Mejor noticia no la ha habido y no la habrá jamás: dichosos a quienes se les da poder unirse en su triste y sola soledad a Aquel que solo en la cruz, por puro amor, ha querido con los brazos abiertos estar. ¡Que nadie lo dude! La soledad por siempre habitada será.

Unidos queremos permanecer a tan noble e injusto pedestal: noble por quien en su trono desde ahí quiso reinar; injusto, porque condena más ruin no habrá jamás. ¡Mira que clavar de muerte la vida donde la vida menos podría estar! Ante tan grande prueba de amor no cabe desesperación que no pueda encontrar presencia cálida y amiga, ni cabe tristeza que consuelo no pueda probar. Abrazo grande que abarque y estreche contra el pecho la cruz es el gesto que puede dar a acoger la vida que como fruto ahí se nos ofrece.

Zafiros y esmeraldas, oro y diamantes, nada por más valioso que sea a la cruz en valor se le puede comparar. ¡Oh cruz bella que en ti pendiente está la Vida dándosenos en vida! Permíteme que al menos por un día tu soledad pueda yo acompañar. En silencio es como mejor se está, con el corazón en vilo, porque es así que tu soledad y mi soledad, como dos islas comunicándose profundamente, una y otra amor que ama se dan. Solo pido fe para saber permanecer ante la cruz, pues estando frente a frente, es como mejor se puede estar.

Fabián Martín Gómez, agustino recoleto
Monteagudo (Navarra, España).




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