I. Enseñar al que no sabe
17-03-2016 En 30 segundos
En la bula de convocación del AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA el papa Francisco desea que durante este Año Santo se reflexione sobre las obras de misericordia corporales y espirituales “como un modo de despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada, ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más, en el corazón del Evangelio”. Por nuestra parte, en este espacio, ofreceremos pequeñas reflexiones sobre las obras de misericordia, iniciando por aquellas espirituales; pero no sólo para conocerlas y meditarlas, sino también para ponerlas por obra.

Nos corresponde como cristianos servir a la sabiduría que hace crecer a la persona y atajar la ignorancia que limita y achica la vida. El alcance de nuestra inteligencia también agranda nuestro corazón, pues las personas somos un “corazón sabio”.

No se trata de defender el saber por el saber, según aquello de que “el saber no ocupa lugar”, sino el posibilitar aquel conocimiento que, entrando en juego con lo concreto de la vida, posibilita la experiencia que hace crecer.

Una persona con experiencia es, normalmente, una persona sabia. Pero tampoco se trata de hacer experiencia de todo, sino también dejarnos hacer de la experiencia, de elaborar lo que vivimos, lo que nos pasa, lo que ocurre en nuestra vida.

A este propósito, puede llegar a ser sugerente la Palabra de Dios de aquel pasaje del libro sapiencial: “El principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Prov 1,7).

San José, esposo de la Virgen María, el hombre justo y temeroso de Dios, es un ejemplo del camino que recorren los sabios modelados según la sabiduría de Dios. En definitiva, Dios tiene tanto que enseñarnos respecto al amor y a la libertad, que ante él solo cabe decir: “habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sam 3,10).


Fabián Martín Gómez
Noviciado de Monteagudo
Navarra, España




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