María, el rostro femenino de la misericordia
08-12-2015 Hoy celebramos…
El 8 de diciembre de 1965 clausuraba el beato Pablo VI el concilio Vaticano II, que trató de que la Iglesia conectara con el hombre moderno en sus alegrías y angustias. 50 años después, el mismo día 8, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, el Papa Francisco abre el “Año santo de la misericordia” con el mismo objetivo, expresado de forma diferente: la misericordia de Dios debe impregnar todas las instancias humanas, eclesiales y personales.
María, el rostro femenino de la misericordia
Inmaculada de Isabel Guerra

¿Qué celebramos hoy? La fiesta de la Purísima, la sin pecado, la Inmaculada Concepción de María. Una fiesta que se comenzó a celebrar en el Oriente cristiano en los siglos VII-VIII y que pronto se extendió a toda la Iglesia. Pero fue en el 1854 cuando el papa Pío IX declaró solemnemente esta verdad como de fe: que María fue concebida sin pecado original por singular privilegio y gracia de Dios, en atención a los méritos de Cristo Jesús. María, pues, desde el primer instante de su vida se vio libre de toda mancha de pecado; es, por ello, la purísima, la hermosa: “toda hermosa eres, María, y en ti no hay mancha de pecado original”, canta la Iglesia.

María es el ideal de todo creyente, pues en ella se realizaron todas las aspiraciones que un corazón noble abriga en sí, por esto le decimos en la Salve Regina: “esperanza nuestra”.

María es el prototipo del adviento: la mujer que cree y que espera que Jesús nazca de sus entrañas. Podemos imaginar cómo se preparó María para el nacimiento de su hijo Jesús: su ilusión, su gozo, sus incertidumbres, como cualquier otra mujer encinta. A preparar el nacimiento de Jesús litúrgicamente y en nosotros nos llama el Señor en este día, a imitación de María.

Pero este año, este día de la Inmaculada adquiere una importancia especial que nos obliga a otras consideraciones: el Papa Francisco abre la Puerta Santa, símbolo del comienzo del Año santo de la misericordia. No es casual que el Papa haya elegido esta fecha para dar comienzo a evento de tanta trascendencia en la vida de la Iglesia y de cada discípulo de Jesús, es decir, de todos nosotros.

María es la primera agraciada de la misericordia divina. En las letanías lauretanas del rosario y al rezar la “Salve Regina”, invocamos a María como “madre de misericordia” y le pedimos que vuelva “a nosotros sus ojos misericordiosos”.

María es la criatura en la que Dios ha posado de forma sublime su misericordia haciéndola madre de su hijo Jesús. Pero María percibe que la misericordia de Dios se extiende a todos los hombres, cuando proclama en la visita a su prima Isabel que la “misericordia de Dios llega a sus fieles de generación en generación” y esa misma actitud le lleva a Dios a ser misericordioso con Israel, su siervo, con el nuevo Israel, la Iglesia.

María es, pues, madre de misericordia ante todo y principalmente porque nos ha dado a su hijo Jesús, el Salvador. Si la misericordia de Dios es salvadora, María que ha sido el medio imprescindible y concreto de esa misericordia divina, es decir, Jesús, merece todo el agradecimiento y también la admiración e imitación.

Oigamos las palabras referidas a María, que el Papa Francisco escribe en “El rostro de la misericordia”, la bula de convocación del Jubileo extraordinario de la misericordia:

“El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.

Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende «de generación en generación» (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.

Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.”

Marciano Santervás, agustino recoleto, Madrid




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