Solemnidad de la Asunción de María: Sencillez, sobriedad y ternura
15-08-2015 Hoy celebramos…
«Los vestidos de María estaban tejidos con hilo de profeta sobre una aterciopelada ternura de una hondura incalculable. Por lo que nos cuentan los evangelios, María hizo auténtico encaje de bolillos con el hilo de la sencillez y el de la lucha. Eso le hizo Reina, fiesta que hoy celebramos».

La reina Letizia ha vuelto a aparecer en el listado mundial de las mujeres y hombres mejor vestidos, que anualmente publica la revista estadounidense Vanity Fair. Ocupa el octavo puesto y es la única representante de las casas reales en ese glamouroso elenco. Dicen los expertos que una de las claves de la elegancia de la monarca española es su sencillez y sobriedad.

Desconocemos el vestuario de María pero seguro que no ocupó puesto alguno en los listados de elegancia, ni compartió escaño con señoras enseñoradas llenas de perifollos. Con todos los respetos, la sobriedad y la sencillez siguen otros parámetros bastante alejados de tules, linos y sedas poco alambicadas. Los vestidos de María estaban tejidos con hilo de profeta sobre una aterciopelada ternura de una hondura incalculable. Por lo que nos cuentan los evangelios, María hizo auténtico encaje de bolillos con el hilo de la sencillez y el de la lucha. Eso le hizo Reina, fiesta que hoy celebramos.

La escena del evangelio de hoy contiene el momento posterior a la aceptación del plan salvador de Dios. María lleva en sí al Enmanuel, al Dios con nosotros. Eso le convierte en ternura creyente, itinerante y actuante. Su ternura no es ronroneo de ñoñería, ni caricia mirando a la cámara. Se pone incondicionalmente al servicio de su prima Isabel, ya anciana y entona desde allí el genial pregón del Magníficat. La maternidad le inspiró este himno por antonomasia de quienes han recibido una nueva visión de la realidad y se encuentran, en auténtico “estado de Gracia”, gozando sin medida del favor de Dios. Muchos lo “papagayeamos” a diario en el salterio sin darnos cuenta de su altura. Aunque lo sepamos de carrerilla, merece la pena rumiarlo de vez en cuando.

María se viste a sí misma, se retrata perfectamente en el Magníficat. Se considerará muy honrada, si nos convertimos en prolongadores tenaces de su Magníficat. El Dios que ella acunó en un pesebre vive encarnado en todos los que conviven con el corazón encogido, apartados de pamplinas y lágrimas egoístas. María es un auténtico torbellino de amor que quita los disfraces a todos los aprovechados y sirve a manos llenas la misericordia y la justicia de Dios con los pobres. El Dios de Jesús que anidó en las entrañas de la joven de Nazaret es el que derriba del trono a los soberbios, a los que se creen reyes y maestros, aupados en la cerviz de los que sufren injustamente.

María no se separa hoy del resto de los creyentes de a pie, como nosotros, como si a ella se le hubiera ofrecido algo que no se da a los demás pues ello iría en contra del gran principio de la unión de los creyentes en la carne. María aparece así como la primera cristiana completa, pues la vemos en Jesús y por Jesús como primera de los resucitados. La resurrección acontece en uno de los nuestros para mostrar así cuál es el verdadero tejido de la vida cristiana.

La tradición de la Iglesia ha vinculado la Asunción con la Coronación de María como reina del cielo y de la tierra. Ella es Reina porque a través de su vida al servicio del evangelio de Jesús, sin buscar el protagonismo, es recibida por el mismo Dios.

El vestido de María se vislumbra en el horizonte de los cristianos que podemos contemplarle junto a las tres divinas personas. Sin embargo, mientras nos llega la hora de ese magnífico encuentro, no olvidemos ni un momento el evangelio de este día. Ser como ella “ternura actuante” sigue siendo aún una asignatura pendiente como dijo Helder Cámara: «¿Qué hay en ti, en tus palabras y en tu voz cuando anuncias en el Magníficat la humillación de los poderosos y la elevación de los humildes, la saciedad de los que tienen hambre y el desmayo de los ricos que nadie se atreve a llamarte revolucionaria ni a mirarte con sospecha?» Vistámonos a nuestro gusto pero el interior no se nos olvide irlo tejiendo de sencillez, sobriedad y, sobretodo, ternura.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)




¿Y tú que opinas?