La santidad, un otoño multicolor
01-11-2014 Hoy celebramos…
La santidad es bella, como bella es la vida de los santos a los que hay que mirar por el calidoscopio de la fe, que ilumina la mirada y da sentido y armonía a los gestos generosos y a las debilidades del corazón humano. La santidad es bella como bello es el “tres veces Santo” de cuya belleza participan los hombres santos.

Hay quienes piensan que la santidad es fruto de un arduo empeño cuotidiano, de la capacidad de sacrificarse por los otros y aguantar lo que haga falta, de llevar el control completo de la vida y de los propios sentimientos y deseos. Pero plantearse así la vida lleva más bien a la frustración que a la alegría y a la libertad. Para ser santo así, mejor no serlo. De ahí la pregunta: ¿cómo “ser santo” hoy en día?

Así como la estación de otoño nos muestra una amplia gama cromática de la única naturaleza viva que pasa por diferentes ciclos, así también la santidad tiene una multitud de colores, la mayoría intensos y luminosos. No es menos naturaleza viva la de primavera que la del invierno o la del verano. Y, si hay que expresar la santidad como posibilidad de algo bueno, que lo es, me atrevo a decir que en este momento de la historia se parece más bien al otoño. Y se parece a esta “estación” por la multitud de colores de la vida humana que inspira belleza en sus manifestaciones coloridas, y en lo creíble que resulta un ciclo de vida completo y bien logrado, como es el otoño; santidad es plenitud de vida humana a la medida del amor de Dios.

¿En qué tonalidades se puede apreciar hoy en día la santidad cristiana? Algunas veces puede parecer que eso de ser santo va en declive, quizá porque queremos encontrarlo en el intenso y vigoroso color del verano, pero posiblemente haya que descubrirlo en la variedad cromática del otoño. Otras veces, cuando identificamos la santidad con una vida replegada y escondida, como el invierno, nos equivocamos al pensar que santo es el cristiano huidizo, poco comprometido con la realidad. Pero esa es una caricatura de la santidad, pues nada más transgresivo y provocador que la verdadera santidad cristiana, aquella que despierta la admiración y el encanto del color otoñal.

La santidad no es cuestión ni de superhéroes ni de un talante natural propio de una persona buena. Tampoco tiene que ver con los “don perfectos” que nunca se equivocan, y ni siquiera con el ejercicio obstinado de las virtudes humanas. Querer ser santo ajustándose a este molde, se antoja más bien privilegio de una “élite extraña”, como las flores exóticas que nacen y mueren el mismo día durante la primavera. Ese modelo de santidad suena tan lejano y tan poco real respecto a lo que somos y vivimos, que se prefiere dejar las cosas como están. ¡Para ser santo así, mejor no serlo!

La mayoría de los cristianos nos experimentamos más bien frágiles, incapaces, limitados para responder a la belleza de la vocación a la cual “entendemos” que Dios nos llama. Pero, gracias a Dios, las cosas son así. Es bueno que nos enteremos de una vez por todas que la santidad no es una conquista humana, sino la conquista de Dios del corazón del hombre, que le da un color intenso a la vida. El punto de partida de la verdadera santidad, la que sí es posible, comienza cuando la persona decide darle un lugar serio a Cristo en su vida, y atender con interés a su palabra, sus gestos y sus actitudes.

Dios es el único santo y su santidad tiene que ver con la generosidad de un amor que se entrega completamente, como una hoja que cae del árbol porque completa su misión.

Cierto que el otoño pinta días grises que despiertan nostalgia y tristeza, pero también son jornadas que inspiran música y poesía. El contenido real de la santidad tiene que ver con la inspiración que desencadena el mismo hecho de experimentar en la propia vida el amor de Dios. La santidad no es lo que hacemos, sino lo que dejamos hacer a Dios en nuestra vida.

Por eso, hablar de santidad es hablar de plenitud, de personas que disfrutan de lo mejor de la vida, que son felices según sus posibilidades, y que viven cualquier situación de dificultad en la fe en Dios que sostiene y acompaña la vida. La santidad es la vida buena que el Espíritu Santo hace emerger desde abajo y desde adentro, y que pone en juego lo mejor de las personas. La santidad tiene mucho que ver con tomar la vida en las propias manos y ser auténticos, viviendo en libertad y responsabilidad. Santidad es vivir con creatividad, animados por el amor; correr el riesgo de vivir una vida que se despliega y que da lo mejor de sí. Santidad es, para decirlo rápido y breve, la vida de Dios en nosotros.


Fabián Martín, agustino recoleto
Casa de formación San Agustín – Las Rozas (Madrid)




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