Santa Mónica, ejemplo de fe y amor que maduran
27-08-2014 Hoy celebramos…
Hoy, la familia agustiniana, junto con toda la Iglesia, celebra la fiesta de santa Mónica, madre de san Agustín. La espiritualidad de Mónica es un llamado a la renuncia a lo efímero y al abrazo de lo eterno. En la Recolección agustiniana, los hijos espirituales de san Agustín la llamamos «nuestra abuelita».
Santa Mónica, ejemplo de fe y amor que maduran
Obra de Jaime Domínguez

Me parece que muchos de nuestros hermanos, frailes y laicos, ven a Mónica como la madre que les ayuda en toda su vida misionera a conservar la unidad en el camino hacia Dios. Piden su intercesión, para que, tal y como hizo con san Agustín, ella les acompañe en su continuo proceso de conversión.

Las mujeres, sobre todo las que tenemos vocación al matrimonio, buscamos con esmero, todos los detalles que san Agustín nos narra sobre la vida de Mónica, para conocer y comprender las razones por las que ella intervino para que san Agustín se separara de la mamá de Adeodato. Y sólo cuando llegamos al punto del encuentro con la Providencia de Dios, podemos mirar esta parte de la historia de la madre con el hijo, el nieto y la nuera, como algo que tenía que suceder; la historia y legado de san Agustín justifica plenamente el sacrificio.

Mónica quería que Agustín llevara una vida ordenada en todos los aspectos. Y no tuvo reparo en rechazar de manera explícita y contundente cualquier manifestación de desorden o de mentira que alejara a san Agustín de la vida feliz y eterna. Así que, dotada de una personalidad firme, convencida de su fe, conforme a sus costumbres y prácticas religiosas, hizo todo lo posible, como madre, para encauzar a su hijo a la verdad cristiana. Entre rezos, lloros, sacrificios y exhortaciones continuas, santa Mónica logró que Agustín regresara al camino cristiano.

Primero decidió que Agustín se bautizara en la juventud y no en la infancia, porque aún le faltaba correr muchos peligros afectivos y emocionales; lo echó de su casa y le prohibió visitarla hasta en tanto no rectificara el camino y abandonase la secta maniquea; comulgó con las exigencias del imperio romano que para ocupar un cargo público exigía al candidato un matrimonio civil y cristiano con una mujer de su misma clase social, y ,por eso, insistió en que se comprometiera con una joven cristiana.

En fin, después de hacer lo que ella consideraba oportuno y al ver la persistencia de Agustín en elegir su propio camino, Mónica se vio forzada a madurar cristianamente hasta poner toda su confianza en Dios: “El hijo de estas lágrimas no podrá perderse”, le dijo el obispo san Ambrosio, cuando ella le suplicó que aconsejara a Agustín.

Santa Mónica es una mujer real, una madre como nosotras que amamos a nuestros hijos y que somos conscientes de la responsabilidad asumida desde el día en que Dios nos concedió el bendito regalo de ser madres. Ante todo son hijos de Dios, bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y formados en la fe cristiana católica. Lo que ha de hacerse, después de la formación inicial y continua hasta ser testigos de su Confirmación como cristianos católicos, es orar por ellos, orar sin cesar, y amarlos aunque nos duela verles tan entregados a las costumbres de la época, en la que les ha tocado crecer y de la que son participantes activos.

Las mamás de hoy, sobre todo las mamás de adolescentes y jóvenes, hemos tenido que afrontar una brecha enorme entre nuestros hijos y nosotras. Los avances tecnológicos y medios de comunicación les han atrapado de tal modo que, sin quererlo ellos ni nosotras, se ha abierto entre ambos una zanja enorme y profunda, que nos exige fe, esperanza y caridad, para tender creativa y amorosamente un puente de comunicación espiritual con nuestros hijos.

Por eso santa Mónica es, para nosotras, la madre ejemplar en nuestra vida agustino-recoleta. A ella le pedimos constantemente su intercesión para superar falsos paradigmas, trascender nuestras costumbres sociales, erradicar estigmas y no crearnos vanas expectativas respecto de nuestros hijos, salvo que sepan siempre que Dios los ama y que tiene un plan de amor para ellos.

En Mónica vemos que nuestra misión es mostrar con ternura a nuestros hijos la fidelidad de Dios, a través de nuestra perseverancia y fidelidad como madres orantes y creativas, capaces de no juzgar, sino acoger; esperar, contemplar y comprender; servir y perdonar, comenzando por perdonarnos a nosotras mismas las intransigencias que hayamos cometido, cuando aún eran pequeños y no habíamos conocido suficientemente a Dios, ni el evangelio de Cristo había encarnado en nuestro corazón.

La fe y el amor maduran con la experiencia íntima que todos podemos tener con Dios. Así le pasó a Mónica hasta el punto de contemplar la vida bienaventurada junto con Agustín, días antes de su muerte, en Ostia Tiberina, tras el bautizo de Agustín, Adeodato y Alipio: un hijo, un nieto y un amigo de su hijo. Mónica, nuestra abuelita, oró por ellos.

No hay lágrima que se desperdicie cuando sale del fondo del alma, como en una cascada de amor llena de fe. Dios nos crea para amarnos y por eso nos salva. Pero, como “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, es preciso mostrar a nuestros hijos la belleza y la bondad de Dios, para que sea lo más deseable en sus vidas; y por eso también, hemos de mostrarnos misericordiosas, ya que “más vale un cojo en el camino que un andariego fuera de él”.

Hoy pido que unamos nuestras oraciones por Marifer y Víctor, mis hijos amados, y por los hijos de todos los que lean estas reflexiones, así como por los amigos de nuestros hijos, y los niños y jóvenes del mundo entero:

Santa Mónica, intercede por nosotros y nuestros hijos,
tal como lo hiciste por Agustín, Adeodato, Navigio, Perpetua,
Patricio, Alipio, y todos sus amigos,
para que nada haya más atractivo que Dios en nuestro camino,
de modo que, en nuestra relación con Él, con base en su Palabra,
y nuestra unidad con la Iglesia,
encontremos todas las respuestas a nuestras preguntas,
sobre todo, al sentido de nuestra vida
y la misión particular y comunitaria, a la que Dios nos llama,
hasta que se cumpla en ellos y en nosotros,
la obra para la cual hemos sido creados. Amén.


Tere García, seglar agustina recoleta
Tecamachalco, Edo. México




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